Antonio Broto. EFE

La Organización Internacional del Trabajo (OIT), nacida de los acuerdos de paz de la Primera Guerra Mundial, cumple cien años con el reto de seguir protegiendo al trabajador del difícil futuro que traen la globalización y la robotización.

El 11 de abril de 1919, la Conferencia de Paz de París en la que se negociaban las condiciones de la rendición alemana tras la Gran Guerra aprobó una serie de derechos universales para los trabajadores que se convertiría en la base de los estatutos de la OIT y también formaría parte del Tratado de Versalles.

En octubre y noviembre de ese año se celebraría en Washington la primera conferencia del nuevo organismo internacional, que elegiría al francés Albert Thomas como director general. Constituiría un consejo de administración en el que, entre otros, estaba el histórico líder socialista español Francisco Largo Caballero.

Junto a la guerra mundial, fue un punto central de la creación la Revolución Rusa de 1917, "tras la que empleadores, gobiernos y dueños del capital vieron que el movimiento revolucionario era posible y se hizo más urgente hacer algo para buscar otras soluciones", destacó la subdirectora general de la OIT para Políticas, Deborah Greenfield.

La OIT estableció su sede en Ginebra, junto a la Sociedad de Naciones también nacida durante los años de entreguerra, pero a diferencia de ésta sobrevivió la Segunda Guerra Mundial y se reubicó en el nuevo orden internacional nacido tras 1945 con las Naciones Unidas, por lo que es uno de los organismos transnacionales más veteranos.

"Se planeó cuidadosamente trasladar durante esa guerra la OIT a Montreal (Canadá), lo que permitió a la organización desarrollar una relación más fuerte con Estados Unidos", país que no entró en la Sociedad de Naciones pero sí lo haría en la ONU, explicó Greenfield.

Enfocada en objetivos como la mejora de las condiciones de trabajo, el refuerzo de la negociación colectiva o la eliminación de la explotación infantil, la OIT atravesó periodos complicados durante la Guerra Fría, como cuando EEUU abandonó la organización en 1977, aunque se reincorporó tres años después.

Un siglo después de su nacimiento, el organismo sigue afrontando fuertes desafíos a consecuencia de la recesión de 2008 y la globalización, unidos a los profundos cambios que prometen traer la inteligencia artificial y la robotización, lo que ha dibujado un panorama sombrío para los trabajadores de todo el planeta.

"Muchos problemas que afrontábamos en 1919 siguen allí y quizá el de la desigualdad es el más apremiante", destaca la "número dos" de la OIT, cuya organización pide cambios en el contrato social global para afrontar los nuevos retos que trae el siglo XXI.

"Estamos ante un mundo en el que los trabajadores estarán toda su vida en transición, en el que tendrán que formarse una y otra vez, y necesitamos una mayor protección social para darles esa posibilidad y los fondos necesarios para que lo hagan", analizó.

Las predicciones de algunos expertos vaticinan que hasta dos tercios de los puestos de trabajo en el mundo actual podrían quedar parcial o totalmente automatizados en pocas décadas a medida que progresa el desarrollo de los robots y las máquinas inteligentes, aunque la OIT señala que también llegarán otras fuentes de empleo.

Así, la eliminación de industrias más contaminantes en el curso de la lucha contra el cambio climático puede generar unos 25 millones de empleos en el mundo, que compensarían con creces los seis millones que podrían perderse en esta transición.

Otra fuente de nuevos puestos de trabajo podría darse en el sector de la asistencia social, ya que en un mundo desarrollado marcado por el envejecimiento de la pirámide de población se considera que harían falta 475 millones más de trabajadores encargados de cuidar a las personas mayores.