Mónica Prandi/letraurbana.com

 Entrevista a José Sanmartín Esplugues

¿Qué sabemos sobre las causas del terrorismo, el bulling y la violencia de género?

José Sanmartín Esplugues, filósofo y escritor español, siempre se interesó en las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad. Dedicó más de tres décadas al estudio de la violencia en el campo escolar, familiar y terrorismo. Últimamente ha ampliado su esfera de investigación a la violencia económico-financiera.

Cómo él mismo sostiene, se habla mucho de la violencia pero, se sabe muy poco acerca de sus causas. Los debates sobre el tema suelen estancarse en una polaridad dada entre quienes le adjudican un origen biológico y quienes ponen el énfasis en los factores sociales.

La conversación con el Dr. Sanmartín Esplugues refleja su larga dedicación al estudio de estos temas desde un abordaje cuidadoso de prejuicios, especialmente sin prejuicios científicos. No es casual entonces que su libro La violencia y sus claves, publicado en el año 2000, lleve ya 6 rediciones. La manera que él encontró para generar un diálogo entre la filosofía y la ciencia abre una rica perspectiva para pensar no solamente la violencia que afronta la cultura actual, sino también interesantes tópicos en relación a las premisas científicas que rigen hoy el mundo. Seguirlo en sus desarrollos no solo es interesante sino también posible. El Dr. Sanmartín Esplugues sabe hacer funcionar esa frase que dice que “la claridad es la cortesía del filósofo”.

“hoy el terrorismo laico se ha convertido en una realidad prácticamente residual, mientras que el terrorismo islamista se ha globalizado”

¿Cómo fue su experiencia dirigiendo en Centro de Violencia Reina Sofía?

Sencillamente, extraordinaria. Conté con un excelente equipo de investigación. Creamos una red internacional de investigación sobre la violencia de género. Contribuimos a clarificar los factores de riesgo de otras formas de violencia —con graves consecuencias hoy en día— como el terrorismo de corte islamista. Y, en general, ayudamos a poner las bases de una aproximación más rigurosa a cuestiones sociales que, en muchas ocasiones, sólo habían recibido atención mediática en el capítulo de sucesos.

El único problema fue el intento de controlarnos políticamente, a lo que me opuse tan frontalmente que todavía hoy sigo padeciendo algunos problemas.

¿Qué puede decirnos del panorama actual de la violencia en el mundo? ¿Qué cambió desde que publicó la primera edición de su libro La violencia y sus claves?

Por una parte, sabemos más sobre la violencia. Tenemos estadísticas cada vez más fiables. Por otra, parece haber una mayor conciencia de lo intolerable de ciertas formas de violencia, como la padecida por las mujeres. Finalmente, ha habido otro gran cambio, relacionado esta vez con el terrorismo. Cuando escribí La violencia y sus claves nuestra preocupación tenía que ver, principalmente, con el llamado terrorismo “laico” o “terrorismo político insurgente”, paradigmáticamente representado por IRA o ETA. Nosotros estuvimos entre los primeros en llamar la atención sobre algunas formas de fanatismo religioso –nacido de una aplicación literal de determinados libros sagrados y, por lo tanto, de una lectura descontextualizada de los mismos— que podían generar nuevas modalidades de terrorismo. Me refiero al terrorismo islamista o yihadista. Repito, islamista, que no islámico. La mayor parte del mundo islámico o musulmán no es islamista y eso es algo que no debería olvidarse. Pues bien, hoy el terrorismo laico se ha convertido en una realidad prácticamente residual, mientras que el terrorismo islamista se ha globalizado.

¿Qué es lo absolutamente irreconciliable entre el ser islamista y la ideología de Occidente?

 

“El común de la gente se representa al terrorista islamista como un barbudo metido en una caverna en medio del desierto y no sabe que puede ser perfectamente el hacker simpático que le saluda cada mañana”.

El yihadismo lo que pretende es crear un poder político teocrático que unifique territorios no por las ideologías de sus habitantes, no por sus características étnicas, etc., sino por sus creencias religiosas. A lo que aspira, dicho de forma breve, es a crear una gran comunidad de creyentes: la Umma: Los integrantes de la Umma podrán ser árabes, bereberes, persas, etc., pero todos serán musulmanes que habrán entendido, pues, que el hombre nunca debe someterse, como ocurre en Occidente, a otros hombres, sino a la voluntad de Dios. Por eso, el gran y primer enemigo del yihadismo son los falsos musulmanes – los “apóstatas”, dirán ellos-, que se dejan seducir por ideologías occidentales, como el socialismo o el nacionalismo, que, subordinando unos hombres a otros, en lugar de unirlos, bajo la voluntad de Dios, contribuyen a separarlos.

Háblenos de las diferencias entre los atentados de los terroristas laicos y de los yihadistas…

Quizá la más notable sea que el terrorista laico pretendía matar a uno para amedrentar a mil. Mientras que el islamista busca la masacre, la hecatombe. Para él, cuantas más víctimas, mejor. Lo que le importa no es la calidad de las víctimas —por ejemplo, su rango social—, sino la cantidad. Porque lo realmente importante para el terrorismo religioso es el escenario en el que se representa el atentado. Y he hablado de “representar” adrede, porque todo atentado yihadista tiene un componente teatral —trágico— muy marcado. Como en el teatro, el escenario juega un gran papel. Es más, el símbolo no es la persona a la que matan, sino el escenario en el que cometen sus atentados. Piénsese, las Torres Gemelas como el paradigma del poder económico occidental; las grandes estaciones de ferrocarriles o metro como los núcleos clave de las comunicaciones, etc.

Otra gran diferencia entre una y otra forma de terrorismo es el dominio extraordinario que el terrorismo islamista tiene de los medios de comunicación. El común de la gente se representa al terrorista islamista como un barbudo metido en una caverna en medio del desierto y no sabe que puede ser perfectamente el hacker simpático que le saluda cada mañana al cruzarse con él en la calle de una cosmopolita ciudad occidental.

Y queda una última diferencia que no quiero dejar de citar. Para un terrorista islamista perder la vida en la senda de Dios, muriendo él a la vez que da muerte a quienes están contribuyendo a la degeneración de su forma de vida —vertebrada por la ley del islam, por la sharia— no es un suicidio que nace de un alma cansada: es, por el contrario, un testimonio heroico de que contra el mal hay que luchar con lo que se tenga a mano y el propio cuerpo puede y debe ser utilizado, en ese sentido, como el arma más cercana.

 

“Las malas relaciones con los padres suelen ser el síntoma de un desencuentro mucho más profundo: del choque entre la forma de vida de dentro de casa, vertebrada por el islam, y la cultura laica del entorno”

 

¿Cómo interpreta la situación de los jóvenes que hoy eligen radicalizarse en una ideología o creencia religiosa? ¿Pudiera aproximar algunas causas?

Voy a ceñirme—si le parece bien— a los yihadistas nacidos en territorio europeo, los llamados yihadistas de dentro o insiders. El motivo es evidente, se trata de los terroristas cuya conducta nos resulta más difícil de entender.

Pues bien, estos yihadistas europeos no llegan a ser terroristas porque tengan especiales defectos psicológicos de fábrica. No tienen graves trastornos mentales o de la personalidad, en concreto psicopatías, que les lleven a cometer atentados nefandos sin arrepentimiento alguno. Lo que sí suelen tener es un recorrido parecido, en el que diversos factores sociodemográficos van configurando su mente y su comportamiento. En ese recorrido suelen identificarse varias fases.

¿Puede ser más explícito acerca de esas fases?

Sí, por supuesto. Hay una primera fase de pre-radicalización, en la que el potencial terrorista, que suele ser un joven de entre los 16 y los 30 años, es afectado a menudo por factores personales (como malas relaciones con los padres, malas relaciones con iguales, fracasos amorosos…). Las malas relaciones con los padres suelen ser el síntoma de un desencuentro mucho más profundo: del choque entre la forma de vida de dentro de casa, vertebrada por el islam, y la cultura laica del entorno.

En esta fase, a esos factores de tipo personal suelen añadirse factores educativos, fracaso escolar, por ejemplo, y sobre todo, problemas laborales. No habría que perder de vista cosas como que los índices de paro entre los terroristas “de dentro” suelen ser mucho más altos que entre los jóvenes europeos de sus países respectivos. Por poner un caso, en Bélgica y en 2015 el paro era del 7,9% de la población activa; y, en el caso de los jóvenes, en torno al 20%, mientras que en Molenbeek, tristemente famoso, la tasa de paro rozaba el 31% y la de los jóvenes musulmanes superaba el 40%.

“El choque entre las palabras y la realidad en Occidente es tan fuerte que éste es uno de los aspectos más utilizados por los reclutadores de yihadistas”

¿Algún otro factor?

Desde luego. También juegan a favor del potencial terrorista algunos factores psicológicos cruciales, por ejemplo: la enorme distancia que media entre las ideas vertebradoras de la sociedad occidental y su práctica real. La democracia parece la panacea: nuestros políticos hablan de justicia igual para todos, de separación de poderes, de bienestar, de asistencia a las personas vulnerables, y luego descubrimos que esos mismos políticos roban, someten la justicia a sus intereses, protegen al financiero poderoso y hacen poco o nada por evitar la exclusión social del desfavorecido. El choque entre las palabras y la realidad en Occidente es tan fuerte que éste es uno de los aspectos más utilizados por los reclutadores de yihadistas. Ésta es, en definitiva, una de sus coartadas más eficaces.

Por cierto, una vez que el joven vulnerable entra en contacto con los reclutadores, la situación comienza a ser irreversible. Por eso, lo importante es que tal cosa no suceda porque, de lo contrario, el joven comenzará a interiorizar los principios de una lectura rigorista de los textos sagrados del islam. Empezará a asimilar que en Occidente se está viviendo una nueva barbarie, yahiliya, cuya característica clave es la desunión por razones ideológicas y, en general, por aspectos que tienen que ver más con el hombre que con quien verdaderamente une: Dios, al que hay que glorificar a través de la sumisión.

Frente a este panorama, ¿cuáles son las alternativas que vislumbra?

Mire, yo creo que lo peor es hablar de que estamos en “guerra” contra el terrorismo. Porque eso es lo que los terroristas quieren: ellos no quieren ser terroristas —que es lo que verdaderamente son—, sino soldados: guerreros de Dios. Pero los terroristas no son soldados. Son criminales, sin más.

“hay que buscar la manera de que la mayoría moderada del mundo musulmán expulse de su seno el cáncer del terrorismo que le afecta”

Para combatirlos, desde luego, lo peor sería —como está sucediendo— cercenar derechos en busca de una seguridad que nunca alcanzaremos, porque es algo intrínsecamente imposible. Hay que saber usar los servicios de inteligencia y hay que cegar las fuentes de financiación del terrorismo. Pero, sobre todo, hay que buscar la manera de que la mayoría moderada del mundo musulmán expulse de su seno el cáncer del terrorismo que le afecta. Ha de ser el mundo musulmán, ante todo, quien combata el terrorismo. El silencio no es otra cosa que una forma de complicidad. Los terroristas —escribí una vez— son como los peces de una pecera; sin agua, no pueden sobrevivir. Y el agua, para el terrorista, es tanto el silencio de los moderados, como la ayuda, explícita o implícita, que pueda estar recibiendo desde el propio mundo musulmán radicalizado. Sabemos lo que pasa pero, hipócritamente, algunos sectores sociales, políticos y económicos de Occidente no dudan en sacar provecho de la ocasión haciendo pingües negocios con quienes una mínima moral exige cortar todo tipo de lazos.

En sus trabajos usted distingue otros contextos de violencia, ¿cómo ve la situación presente en la familia y en las escuelas?

Pues creo que ha crecido espectacularmente la conciencia, primero, de que el problema existe; segundo, de que no es una cuestión privada; y, tercero, de que hay que combatirlo con todos los recursos educativos, sociales, jurídicos y policiales con que contamos.

Mi mayor preocupación en relación con la familia tiene que ver con la extensión de la ideología de consumo a las propias relaciones humanas que integran esta institución. Al igual que lo que importa hoy es que las cosas sean fugaces, poco duraderas, porque lo que atrae realmente es la novedad y el consumo, las relaciones humanas que integran la vida familiar parecen estar sufriendo esa misma deriva. Una deriva que yo pienso que nace de la falta de respeto al otro. Respetar es mirar al otro como un igual. Pues bien, en gran medida los problemas de violencia intrafamiliar, en particular los que afectan a la mujer, nacen de una profunda falta de respeto en ese sentido, nacen de no ver a la mujer como un igual, como una persona con capacidad para diseñar, en libertad y seguridad, su propia vida. Algo parecido sucede con el maltrato de personas mayores en el ámbito familiar.

¿Y la escuela?

El cambio que se ha producido estos últimos años en relación con la violencia escolar es terrible. Ya no me refiero a si ha crecido, o no. La cuestión es otra.

Hasta hace poco cuando definíamos el acoso escolar fijábamos una serie de características. La principal era que fuera una forma de violencia -física, psicológica, sexual o económica-, que se reiterara.

Hoy el poder, el inmenso poder, de los instrumentos de conexión –el Black Mirror, el móvil o celular— lo ha cambiado todo. Una imagen inadecuada subida a la red, un WhatsApp puede hundir la vida de cualquier escolar.

Ya no se necesita, como en la violencia presencial, que se repita el maltrato. Una sola imagen basta. Si se hace viral, el efecto podrá llegar a ser demoledor.

Y fíjese, ¿quién es el agresor, el que cuelga la imagen por vez primera o, también, los que la descargan y difunden? Las responsabilidades, en suma, se difuminan.

“el ser humano no es violento por naturaleza, sino por cultura. La violencia puede surgir cuando se inserta la agresividad, que es una reacción instintiva, en el entramado de las experiencias que hemos ido adquiriendo”

En cualquier caso, no quiero dejar pasar la ocasión para aseverar —aunque le disguste a un buen número de compañeros míos en este área de estudio— que se habla mucho y se hace poco. Hemos estado hablando demasiado del agresor y hemos hecho poco para erradicar su presencia de nuestras aulas. Hemos hablado mucho de educación familiar autoritaria. Hemos reiterado la necesidad de educar emocionalmente, y un largo etcétera. Y a pocos se nos ha ocurrido que lo que había que hacer era modificar la conducta del agresor con las técnicas a nuestro alcance. Por eso me ha parecido tan adecuada y necesaria la experiencia de Salmivalli en Finlandia: un agresor no es nadie sin la complicidad de otros. El agresor se siente héroe si tiene quien lo jalee e incluso ría sus ataques contra la víctima. Lo que hay que evitar es ese tipo de refuerzos del agresor. Lo que quiero decir es que en el acoso escolar no hay nunca un agresor y una víctima: hay un agresor que tiene el respaldo consciente o inconsciente, la complicidad consciente o inconsciente, de un grupo de compañeros. Hay que incidir sobre ese grupo quitándole al agresor todo tipo de refuerzos. Así podremos modificar su conducta, apoyándonos, desde luego, en un proceso de reeducación.

¿Se pudiera afirmar que vivimos una realidad de violencia económica?

Claro que sí. Cuando se hace uso de los recursos económicos de una persona sin su pertinente permiso, no es que se pueda, es que debe hablarse de violencia económica. Por ejemplo, los recortes para salvar la pésima gestión de la banca privada en España, en lugar de salvar a las personas afectadas por la crisis, ha sido una muestra paradigmática de este tipo de violencia que, por cierto, ha sido fuente de enriquecimiento ilícito de no pocos gobernantes. Ése es el tema de mi último libro Bancarrota moral (Barcelona, 2015), que, por desgracia, me ha causado bastantes disgustos por decir simplemente lo que parece ser una gran verdad.

Aproximándonos a la causa de por qué el ser humano se vuelve violento, ¿cómo considera el interjuego entre lo biológico, lo psicológico y los factores culturales?

En 2013 se reeditó mi libro La Violencia y sus claves (Barcelona) en el que expongo no sólo mis hipótesis, sino también mis experiencias en este ámbito. Mire, como allí digo, el ser humano nace agresivo, y puede volverse violento. Dicho más claramente: el ser humano es agresivo por naturaleza. Por suerte para nosotros, somos naturalmente agresivos. La agresividad es un rasgo adaptativo que ha favorecido nuestra supervivencia. Pero el ser humano no es violento por esa misma razón: el ser humano no es violento por naturaleza, sino por cultura. La violencia puede surgir cuando se inserta la agresividad, que es una reacción instintiva, en el entramado de las experiencias que hemos ido adquiriendo a lo largo de nuestra existencia. Ese entramado de ideas, creencias, etc. adquiridas, aprendidas, dotará de intencionalidad la agresividad y, en unos casos, la reducirá y en otros la potenciará. Cuando suceda lo segundo y se actúe intencionalmente causando un daño a otras personas, la agresividad habrá dejado paso a la violencia.

“La adicción al mensaje, al input que nos llega de fuera, está haciendo que se vaya reduciendo la capacidad que considero que nos hizo humanos: la concentración, el ensimismamiento que propició la reflexión”

Esas ideas, creencias, etc. adquiridas pueden tener que ver, y de hecho suelen tener mucho que ver, con el entorno familiar, escolar, y en general cultural. Nosotros no sólo aprendemos por condicionamiento, sino por modelado, aprendemos tomando como modelos a otros. Lamentablemente, en nuestro tiempo los modelos que aparecen como referentes de conducta a través de los grandes vertebradores de nuestra cultura, los medios de comunicación suelen presentar escasos valores: suelen dar muestras de creer poco en la igualdad, la solidaridad, la cooperación, etc. ¿Qué podemos aprender de ellos? ¿Qué se está aprendiendo realmente de ellos?

Desde la filosofía usted ha pensado mucho sobre la ciencia. El psicoanálisis, que tampoco es una ciencia habló – hace más de cien años-, de la interacción entre los factores dados constitucionalmente y los adquiridos. ¿Qué progreso nos trae hoy la neurociencia en relación a ésto?

La neurociencia ha venido en favor de la hipótesis de que somos seres-de-vínculo, es decir somos seres naturalmente proclives a la conexión con el otro. En concreto, inconscientemente, de forma absolutamente automática, yo puedo simular mentalmente las emociones que veo reflejadas en el otro. Los gestos del otro disparan la acción de determinadas neuronas en mi propio cerebro – las llamadas neuronas espejo-  que me hacen reproducir en mí las emociones que dichos gestos expresan. ¡Qué maravilla! Pero nosotros hemos llegado, incluso, a aprender a neutralizar culturalmente esas reacciones automáticas. Eso es algo muy común entre los terroristas o entre los golpeadores de mujeres, han aprendido a no ver a sus víctimas como un igual. Y ese aprendizaje construye una especie de muro situado delante del agresor contra el que rebotan los gestos de la víctima.

¿En que está modificándose nuestro cerebro con el uso permanente que hacemos de las nuevas tecnologías?

“El ensimismamiento propició la reflexión y la reflexión permitió concebir todo entramado cultural del que las actividades de transformación de la naturaleza formaron una parte esencial”

 Nuestro cerebro tiene una cierta plasticidad. Es cierto que cambia -no tanto como algunos dicen, desde luego-, según el tipo de experiencias que se tienen. Las nuevas tecnologías, por una parte, podrían ser extraordinariamente beneficiosas para el ser humano porque podrían permitir que la conexión —la vinculación—, que ya he dicho que es un aspecto crucial de su propia naturaleza, alcanzase límites insospechados. Pero, lamentablemente pueden tener —ya están teniendo— una consecuencia negativa: la generalización del “blackmirror” está convirtiendo la necesidad natural de conexión en una compulsión, y una creciente adicción. La adicción al mensaje, al input que nos llega de fuera, está haciendo que se vaya reduciendo la capacidad que considero que nos hizo humanos: la concentración, el ensimismamiento que propició la reflexión.

¿Cree que el cerebro y la subjetividad de los llamados Millennials y la Generación Z, será distinta a la de las generaciones anteriores?

Sin duda. Me remito a lo que acabo de decir. A este paso vamos a ser crecientemente seres extáticos, dependientes de los que nos llega de fuera en forma de mensaje. Y, muy probablemente, esa dependencia se va a traducir en una menor capacidad de concentración y reflexión. ¡Ojalá me equivoque! Deseo estar profundamente equivocado. Pero, miren ustedes a su alrededor y traten de contrastar lo que estoy diciendo. ¿Cuántas personas en el autobús no están al lado de ustedes en este momento con el celular en la mano? Hay adicciones sin sustancia, como las hay dependientes de ingerir determinadas sustancias en forma sólida, líquida o gaseosa.

¿Por qué es necesario reflexionar sobre la relación entre cultura y tecnología?

Ortega y Gasset dijo “sin la técnica no habría ser humano”. Yo en un artículo de este año de la revista Investigación y Ciencia, me permito hacerle una pequeña enmienda: sin ensimismamiento no habría ser humano. El ser humano nació en el momento mismo en que dejó de responder a los estímulos externos que le llevaban a satisfacer de inmediato sus necesidades biológicas básicas y, metiéndose dentro de sí mismo, fue capaz de reflexionar en cómo dejar de tener esas necesidades: cómo tener agua a disposición cuando se tiene sed. El ensimismamiento propició la reflexión y la reflexión permitió concebir todo entramado cultural del que las actividades de transformación de la naturaleza formaron una parte esencial. Esas actividades constituyen lo que propiamente puede llamarse técnica. Aunque habría que ampliar el rango de esas actividades para que abarcase asimismo las que tienen que ver con generar y modificar organizaciones sociales.

La reflexión sobre la relación entre la técnica y la cultura no es, pues, sólo conveniente, sino necesaria.

¿Es posible resumir su idea sobre qué es lo que el discurso de la ciencia deja excluido, y por qué es importante construir un diálogo más fluido con las humanidades?

Sí, creo que es fácil resumir mi posición: sin filosofía, las ciencias serían aves alicortas. La filosofía se plantea preguntas radicales; va al meollo de las cosas. Algunas preguntas pueden ser respondidas por las ciencias. Pero, incluso, en estos casos creo que las respuestas suelen ser incompletas y precisan de la filosofía. Por ejemplo, ¿de verdad la vida es sólo un complejo de procesos fisicoquímicos? Cuando el ser humano se pregunta por la vida, por su vida, ¿se está preguntando por esos procesos tan sólo o está manifestando su inquietud acerca de por qué vive, para qué vive, cuál es el sentido de su vida, etc. Sin filosofía y con sólo ciencia estaríamos más cerca de las vacas de lo que pensamos que debe ser una persona. Y que me perdonen las vacas.

¿En qué está trabajando actualmente?

Tras 35 años ininterrumpidos dedicándome casi por completo al análisis de los factores de riesgo de diversas formas de violencia, desde hace un tiempo he querido ver el otro lado de la moneda y dar mis ideas al respecto. Estoy trabajando ahora sobre ese imposible necesario que es la felicidad, según otro de nuestros grandes filósofos, D. Julián Marías. Pero, si le parece bien, dejamos el tema para una próxima entrevista.

¡Con mucho gusto!

Mónica Prandi:

Fundadora y directora de la revista digital Letra Urbana. Psicoanalista. Lic. en Psicología, Argentina. Master of Science in Psychology, USA. Licensed Mental Health Counselor, en el Estado de la Florida. Se dedica a la práctica clínica privada en la ciudad de Miami. Actualmente investiga y divulga las ideas y teorías que contribuyen a entender las transformaciones que observamos en el hombre contemporáneo, bajo los efectos de la globalización. 

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José Sanmartín Esplugues