Jara Atienza/Ethic

Pie de foto: Agricultor.

En 2018, las ventas en España de productos responsables social y medioambientalmente aumentaron en un 8,3% pero, ¿sabemos cómo viven los que cultivan el café o el té que bebemos?

Edson Maotchedwe vive donde nació: en Malawi, uno de los países más pobres del mundo que en 2018 ocupó el puesto 171 de 179 de la clasificación según el índice de Desarrollo Humano de Naciones Unidas. “Durante nuestra vida nos enfrentamos a muchas cosas, nos ponemos enfermos y la comida escasea”, reconoce. Por eso, cada mañana se sube a su motocicleta y se dirige a la plantación de té donde trabaja para poder alimentar y ofrecer educación a sus siete hijos. Antes Edson cobraba inmerecidamente por su esfuerzo. Ahora, forma parte de los más de un millón de pequeños agricultores que trabajan bajo los estandartes de Comercio Justo de la certificación con mayor reconocimiento a nivel internacional, Fairtrade.

“El Comercio Justo es un sistema comercial alternativo que prioriza garantizar que los productores de países en vías de desarrollo tengan unas condiciones laborales justas y unos salarios adecuados, que se respete el entorno natural y se erradiquen factores como la explotación laboral infantil y la desigualdad”. Con esta explicación, María Granero, responsable de desarrollo de negocio de Fairtrade Ibérica, ha abierto el ECOencuentro sobre Comercio Justo organizado por El Corte Inglés y celebrado en la Sala de Conferencias Ámbito Cultural de Callao en Madrid, como un espacio para impulsar el debate en torno a una manera responsable de producir y consumir.

Fairtrade es la organización que otorga el sello a aquellos productos que entienden las relaciones comerciales como un mecanismo justo y responsable con todos los miembros de la cadena de producción. O, lo que es lo mismo, a todas las empresas que se aseguran de que agricultores como Edson tengan un salario estable y un trabajo digno, y que sus comunidades tengan acceso a servicios básicos. En la actualidad, ya hay más de 30.000 productos que se venden con este identificativo que es también un toque de atención para el consumidor. “Elegimos productos que cambian vida, pero debemos plantearnos: ¿sabemos cómo viven los productores de todo lo que compramos?”, pregunta Granero.

Como respuesta, Luis Salguero, responsable de Grandes Cuentas en CMR INFINITA da un voto de confianza a los consumidores. “La industria alimentaria está cambiando: la gente cada vez es más consciente de que lo que compramos afecta directamente a las personas”, sostiene. Los datos lo avalan. Pero también muestran cómo a nivel global– y, sobre todo, estatal– queda todavía un largo camino por recorrer.

Según el último informe de la Coordinadora Estatal de Comercio Justo de 2018, las ventas en España de productos responsables social y medioambientalmente aumentaron en un 8,3%, lo que supone un incremento de tres millones de euros más que en 2016. “La tendencia es muy buena, no paramos de crecer”, ratifica Granero. Sin embargo, el gasto medio de compra de productos de comercio justo de los españoles es de 0,9€; una cantidad muy inferior a la media europea, que está en 15€.

Pie de foto: De izquierda a derecha: Samuel Ricardo Ruiz, Paco Juan, Delia García Gómez (moderadora), Luis Salguero y María Granero.

Para Paco Juan, responsable de Área de Comercio Justo de Oxfam Intermón, con certificar que un producto es el resultado de un proceso justo no es suficiente. “Garantizar una cobertura social, unos salarios dignos y unos recursos es solo una parte. Estamos tan lejos de erradicar la injusticia y la pobreza que debemos considerar Fairtrade, que es el requisito mínimo que debería existir, como parte de un movimiento más amplio que busca consumidores más responsables”, señala.

En busca de esta conciencia social, Samuel F. Ricardo Ruiz, director de Proyectos y Responsabilidad Social en Supercafé, relata que la compañía acercó a consumidores y productores de manera directa. Concretamente  fue durante el foro de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) celebrado en París en 2017, donde un grupo de mujeres caficultoras del Cauca (Colombia) que trabajan y reciben formación desde hace más de 20 años en las fincas naturales de la empresa, sirvieron directamente a los clientes los cafés que ellas mismas habían recolectado. De esta manera, sostiene Ricardo Ruiz, uno puede conocer la persona que está tras el producto y crear una conexión con ella. Y añade: “es una manera de crear una experiencia directa y visibilizar la importancia del Comercio Justo”.

Con todo, apostar por un acercamiento humano, ya sea a través de un producto, se presenta como una herramienta imprescindible para erradicar la pobreza y las desigualdades sociales. Porque, en palabras de Paco Juan, “un producto nunca viene solo”. Porque al final, añade, hay siempre una historia detrás que, como la de Edson, demuestra que el Comercio Justo es ya un compromiso (y una apuesta) global.