Ramón Lobo

Pie de foto: Portada del nuevo libro del periodista Ramón Lobo

"Este es un libro de personas y aromas, de un Kabul a pie de calle que fluye paralelo a la política y a la guerra. Un Kabul a menudo invisible para la mayoría de los diplomáticos y contratistas extranjeros que se mueven en vehículos blindados y viven en hoteles de lujo o en casas amuralladas protegidos por ejércitos de guardas privados. Periodismo es mancharse de polvo los zapatos, pisar calle, escuchar, emocionarse para conectar con la emoción del otro, la única que importa".

Cuadernos de Kabul nos sumerge en la otra cara de la guerra, la de las pequeñas o grandes historias de las verdaderas víctimas del conflicto: aquellos que casi protagonizan su propia noticia. Ramón Lobo nos recuerda la lucha anónima de los civiles, el peso de la vida en la retaguardia, el dolor de las personas que tratan de vivir un día más en medio de un enfrentamiento bélico. No como explicación de lo que allí sucede, sino como muestra de una realidad repleta de colores, olores y sabores, de gentes sin derecho a un nombre y a una voz. 

ALGUNOS EXTRACTOS DE LA OBRA

«A veces la seguridad condiciona los movimientos, como sucede en Siria; otras, son los recortes económicos de las empresas los que impiden coberturas largas. Quedan los freelance, decenas de jóvenes periodistas que luchan por contar lo que sucede, que se niegan a izar la bandera blanca aunque los ingresos no cubran los gastos.

El periodista que va a conflictos debe desnudarse de prejuicios, salir a la búsqueda del otro lo más libre posible de sí mismo para poder entenderle; al menos, captarle. En la guerra (y en la paz) interpretamos personajes para sobrevivir. Un amigo dice antes de salir de casa: “Se levanta el telón”. Nuestro trabajo es ese, desvelar los mecanismos que mueven la tramoya. Y tener paciencia».

«Estos cuadernos de Kabul fueron publicados en la web del diario El País en dos periodos, agosto y noviembre de 2009. En ambos casos, este periodista escribió también crónicas y reportajes sobre las elecciones presidenciales que se difundieron tanto en la edición digital como en la edición en papel. Los cuadernos, una mirada literaria, personal y humana de la misma realidad, fueron un complemento novedoso, al menos para mí, a una información más clásica.

Ésta es la primera vez que los cuadernos se publican en papel. Los he retocado, pulido, eliminado reiteraciones y añadido descripciones y algunos aspectos políticos sobre Afganistán para que puedan navegar solos, sin el acompañamiento de las crónicas periodísticas. En algunos, como “T engo un problema: me quieren matar”, he recuperado párrafos y datos para contextualizar mejor la situación de la mujer afgana. Estos cuadernos no pretenden ser la explicación de lo que sucede en Afganistán, sólo buscan narrar la vida cotidiana de algunas personas que padecen la guerra, que son las víctimas de la ausencia de paz y meras gotas que explican el universo».

«Un periodista que va a guerras es incapaz de abarcar toda la guerra, de explicarla, debe buscar pequeñas historias que conecten con la historia general. El libro que tiene entre sus manos es un texto de pinceladas, de civiles afganos que les tocó vivir en un país sin futuro. Es posible que ninguna de las 35 historias nos conecte con un todo mucho más complejo, pero todas juntas logran trasladarnos a un Afganistán atrapado en una Edad Media sin salida torturado con las armas más modernas».

«Mi misión era cubrir unas elecciones presidenciales en un país destruido y analfabeto.

Los comicios eran un artificio, y para mí una excusa de viaje; un acto propagandístico dentro de una mentira mayor: mostrar un Afganistán en paz, casi en vías de ser una democracia, y poder decir a las madres de los soldados muertos que el sacrificio mereció la pena».

«No era verdad, Estados Unidos y sus aliados habían perdido la iniciativa militar y política dos años antes. Los talibanes no estaban derrotados. Como no lo está el Estado Islámico de Irak y el Levante. Si pierde Siria se moverá a otro país. Las guerras no terminan cuando lo dicen los invasores ni sus medios de comunicación.

En esos viajes a Kabul solo entrevisté a un político: Ramazan Bashardost, uno de los candidatos. Quedó tercero. Él me dio las claves de los errores occidentales. Titulé su pieza “Obama debería escuchar a este hombre”. Me dijo que habíamos mandado todo lo que les sobraba, armas y soldados, y que se nos olvidó la educación y la cultura. Cuando contamos los muertos que nos duelen solo existen los nuestros, los que tienen nombre y apellido, y una historia detrás. Nunca buscamos en las vidas de los muertos del otro. Son estadística. Los llamamos daños colaterales, sea de Afganistán, Siria, Irak o Somalia. Sucede también en cada atentado yihadista.

Cuando aterricé en Kabul en agosto de aquel año sentí el polvo como un discurso de bienvenida. Flotaba en el aeropuerto, en las calles, en el hotel en el que me hospedé, uno discreto y sin lujo. Parecía un país envuelto en una neblina arenosa que entraba en los pulmones. No solo era el polvo, también nos contaminaba la propaganda.

Era la época dorada de los blogs. Los reporteros se duplicaban en las webs para disponer del espacio que les negaban en el papel. Internet parecía una bicoca para los que les gusta escribir piezas interminables. Cuando aterricé en ese Kabul de arena y polvo solo tenía claro lo que no quería hacer: escribir sobre nosotros.

Los cuadernos fluyeron solos. Fueron una brújula y un ancla a la vez. Me obligaron a detenerme en personajes en apariencia menores, como el niño vendedor de zumos, las mujeres que jugaban al fútbol o “El cuidador del cementerio de los ingleses”.

Situado en el barrio Qalai Mosa, aquel camposanto es un lugar mágico. En él se hallan las lápidas en las que están escritas todas nuestras derrotas, y la razón por la que no ganaremos una guerra en Afganistán. Nos falta humildad para escuchar a la gente que pretendemos liberar. Otro eufemismo, como el de las elecciones. Esconde el único motor de la guerra: expoliar la riqueza, sea mineral o petrolera, ocupar un territorio, ser el rey del universo».

HOTELES, KAPUSCINSKI Y COMPETENCIA

«Viajar es una forma de arrastrar soledades y a veces, cuando uno está demasiado solo para enfrentarlas, conviene distraerlas mediante trucos de malabarista. Desde que comencé a trabajar en el diario El País, en agosto de 1992, viajo siempre con un pequeño portadocumentos verde de tela en el que acumulo dieciocho años de fetiches: un billete raro de dos dólares, otro de un dólar, el de la suerte, firmado junto al periodista portugués Pedro Rosa Mendes, una foto de la novia, una estampita religiosa de torero por si acaso, un pin de los Seises de Sevilla...Desplegar estos objetos, alguna vela, un par de libros y otros papeles sobre la mesa donde se ubica el ordenador genera una calidez familiar extraordinaria a prueba de mobiliarios y cortinas espantosas. Necesito un campo energético especial para poder escribir sobre los demás».

«En una zona de conflicto, elegir bien el hotel es esencial. No sólo protege mejor tu integridad física, sino que ayuda a que el trabajo cotidiano sea agradable. Electricidad para el ordenador y los cargadores de las cámaras es más importante que el agua caliente y cualquier otra comodidad occidental. Comer, como dice Gervasio Sánchez, se come cuando se puede, no cuando se tiene hambre. Y en condiciones extremas, como cuando estuve empotrado con las tropas estadounidenses en Irak en diciembre de 2008, el concepto de higiene más allá de la toallita húmeda es bastante relativo».

DEMOCRACIA ES COMER COMO NOSOTROS

«En Afganistán, por ejemplo, Occidente llama democracia, y la celebra como un éxito propio, a una votación en la que no hay garantías de que el resultado de lo votado tenga algo que ver con las papeletas depositadas. En Afganistán la principal irregularidad es la pobreza y la ausencia de un derecho básico para construir cualquier proyecto colectivo: la educación. Cuando la mitad de los varones y más de dos tercios de las mujeres son analfabetos no se pueden calificar unas elecciones de libres ni de justas porque la libertad nace del conocimiento y de la capacidad de elección».

«Para tener una democracia como la nuestra no basta con guardar cola y depositar una papeleta ante las cámaras de televisión extranjeras. Para tener una democracia como la nuestra hay que comer como nosotros. O girar levemente la muñeca de la mano derecha o izquierda por las mañanas —o por las noches, que sobre gustos no hay nada escrito— y que brote de la ducha un largo, agradable y cálido chorro de agua, y no tener que andar horas por caminos de tierra roja y peligrosos en busca de un líquido marrón e insalubre, como sucede en muchas aldeas afganas y en África. Entre nuestros segundos y sus horas nace la educación, el ocio y la cultura. Y la democracia. Dos mundos separados por la cisterna de un retrete: los nuestros albergan cinco litros de agua potable que serían un manjar en Níger, uno de los países más pobres del mundo. Cinco litros es lo que tiene una familia etíope para sobrevivir todo el día».

«El Obama afgano no es negro sino de origen mongol, un problema en la tierra de los pastunes y los tayikos. Se llama Ramazan Bashardost, tiene cuarenta y cinco años y pertenece a la etnia minoritaria de los hazaras. Es posible que nunca llegue a presidente porque los hazaras están condenados a los peores trabajos, los más duros y peor pagados. Es el tercer candidato más votado en las elecciones de Afganistán, cerca de un 10% de los votos, según los datos proporcionados por la Comisión Electoral Independiente».

page4image4049804608page4image4049805472page4image4049806320page4image4049807184OBAMA DEBERÍA ESCUCHAR A ESTE HOMBRE

page4image4049812128page4image4049812992«El candidato que jamás será presidente, aunque no oculta que le gustaría serlo, sostiene que Obama se ha metido en los mismos zapatos de George W. Bush, que son los de los anteriores presidentes estadounidenses, al copiar una estrategia basada en las políticas de hace treinta años y en la Guerra Fría. Según él, más tropas no traerán la paz, y Obama puede acabar mal, tan mal como Bush; o peor, como en Vietnam. “Para los talibán, Karzai es un señor de la guerra. Sucede lo mismo con Abdulá Abdulá [el principal candidato de la oposición y segundo más votado]. Son parte del mismo pasado. Lo que necesita Afganistán es alguien nuevo, alguien limpio. Pakistán interfiere en los asuntos afganos porque tiene miedo de India e Irán, y Teherán y Nueva Delhi interfieren porque tienen miedo de Pakistán. Tenemos que encontrar a alguien que no sea una amenaza para sus vecinos y que pueda trabajar para que Afganistán deje de ser un narco-Estado, un lugar pobre y en guerra, y que trabaje también por la igualdad de la mujer.”»

EL BANQUERO QUE TRABAJA EN LA CALLE

«Tiene su puesto de trabajo en una esquina de Kantai Sas, el barrio de los hazaras. Se trata de un pequeño cajón de madera de tapa abatible del que extrae billetes sujetos por una goma elástica y tarjetas para los teléfonos móviles, que en tiempos de achuche como éstos siempre es bueno diversificar el negocio. “La moneda que más se cambia es el dólar americano. A veces traen algún que otro euro. Si el billete es de 100 siempre hay una pequeña rebaja”, explica mientras no deja de atender a los clientes».

«La jornada de Amir comienza a las siete y media de la mañana y termina a las ocho de la noche. Su primera misión es acudir a la central del dinero, al barrio de Garaj Shahzada, donde se reúnen los grandes cambistas, los señores de la guerra del dinero. Allí, sin pizarras, papeles o grandes paneles electrónicos, llamadas por el móvil a no sé qué santo de las finanzas, chaquetas de colores, números indescifrables en la pechera y gritos teatrales, establecen cada día los precios, según lo determina la ley de la oferta y la demanda, que es el nombre técnico, algo más presentable, que se da al capricho de los especuladores.

Aquí, los precios de las divisas tienen un comportamiento similar al del primer mundo: no importa lo que desee el cliente, comprar o vender, su posición siempre es perdedora, la que recibe menos a cambio de algo».

JUGAR AL FÚTBOL SIN BURKA

«Tres veces por semana, un grupo de jóvenes afganas, de mujeres, se viste de corto con las piernas bien tapadas por unas polainas y entrenan un par de horas a las órdenes del seleccionador Mohamed Yasin. Calificar ese patatal de campo de fútbol sería una exageración, pero es lo que hay. Son la selección femenina de un país que carece de la costumbre de Estado y en el que la tradición, y a veces las mismas leyes aprobadas en el Parlamento, encierran a la mujer bajo un burka y en una casa de la que no pueden salir sin la autorización de su dueño, sea padre, hermano mayor o marido. Han jugado varios encuentros en el extranjero representando a su país: en Pakistán, donde quedaron segundas en una liguilla de equipos locales, Jordania y Alemania. Todas están a la última de las noticias de su deporte y parecen seguir la Liga española».

«Se dirigen al vestuario entre risas, comentan jugadas y se gastan bromas. Cierran la puerta y al cabo de un tiempo salen de él unas mujeres diferentes, el verdadero Afganistán. Cada atuendo delata un tipo de familia. Las más conservadoras visten chador hasta los pies y un hiyab prendido con alfileres que no deja escapar a la vista un solo cabello; otras, muestran el carmín de sus labios y un pañuelo menos riguroso que cubre una parte de la cabeza. Para ellas el fútbol debe de ser terapéutico, es como desenmascararse al menos tres veces por semana.

Las jugadoras reconocen que a veces entre el público hay hombres que les gritan frases sucias y desagradables. No acuden al campo para ver un balón sino las formas femeninas que condenan en casa y obligan a tapar en una cultura de doble moral».

«Ese machismo surge de la guerra, del poder y la impunidad. El gran cambio está en los detalles, en un balón que rueda o en cada uno de los personajes que poblaron estos cuadernos. Ellos son el mundo que merece la pena ser liberado».

El autor

Ramón Lobo (Lagunillas, Venezuela, 1955) empezó a colaborar como periodista en la agencia Pyresa en 1975 y desde entonces no ha parado de encadenar medios: Radio Intercontinental, El Heraldo de Aragón, la BBC, Radio 80, Expansión, Cinco Días, La Gaceta de los Negocios, El Sol y El País, en este último durante veinte años. Ha sido enviado especial a numerosos conflictos en África, Balcanes, Oriente Próximo y Asia. En la actualidad publica colaboraciones en El Periódico, InfoLibre y elDiario.es, e interviene en A vivir que son dos días, de la Cadena SER. Es autor, entre otros, de El héroe inexistente (1999), Isla África (2001), El autoestopista de Grozni y otras historias de fútbol y guerra (2012) y Todos náufragos (2015).