Miguel Requena, catedrático de Sociología, UNED

Observatorio Social "laCaixa"

Pie de foto: ¿Hasta qué punto una mejor educación garantiza una mejor posición social?

Debido a la crisis económica y coincidiendo con el fin de la expansión del sistema educativo, se podría pensar que, a diferencia de lo sucedido en el pasado, invertir en capital humano ya no es útil para ascender en la escala social. Sin embargo, los datos disponibles desmienten esta tesis. Incluso en la fase recesiva del ciclo económico, los títulos educativos amplían las perspectivas de mejorar la posición social, atenúan las de degradarla y protegen del desempleo.

1. El prestigio perdido de la educación

La crisis económica de los últimos años, con sus perniciosos efectos en el nivel de vida de amplios segmentos sociales, ha contribuido a enturbiar la buena imagen de que gozaban los títulos educativos como vehículos de promoción social. Al mismo tiempo que crece la preocupación por el aumento de la desigualdad social, los medios de comunicación están difundiendo la opinión de que el sistema educativo ha perdido buena parte de la capacidad que tuvo en su día para mejorar la condición social de los titulados.

Todos hemos podido ver y leer reportajes sobre universitarios que trabajan de camareros o se encargan de la limpieza en los hoteles, así como informaciones sobre licenciados y doctores jóvenes que se ven forzados a marcharse a otros países en busca de mejores oportunidades laborales que las que pueden encontrar en España. Aunque no siempre se diga de manera explícita, los casos que se presentan de sobrecualificación en el empleo y de emigración del talento dan a entender que estudiar, sobre todo en tiempos de crisis, no sirve de mucho.

Entre los españoles nacidos durante gran parte del siglo pasado, la proporción de bachilleres superiores y universitarios fue aumentando de generación en generación, pero la progresión se detuvo e incluso comenzó a descender con los nacidos a partir de los años ochenta (Requena y Bernardi, 2005). Si la proporción de titulados superiores ha dejado de expandirse –se puede pensar–, será porque la educación ya no rinde como en el pasado. Sea como fuere, según esa narrativa pesimista, el principal motor de la movilidad social se ha atascado o, cuando menos, se ha quedado sin el combustible que necesita para funcionar medianamente bien. Esta idea de la inutilidad de la educación como palanca para el ascenso social sería –en el caso de estar bien fundada– un hecho de la mayor trascendencia que exigiría atención urgente por al menos dos razones.

Primera, porque supondría un cambio radical respecto a la tesis predominante que ha venido considerando la educación como el ascensor social por excelencia de las sociedades modernas. A este respecto Carabaña (1999 y 2004) ha mostrado con abrumadora precisión que, a igualdad de título educativo, no se observa en las generaciones de españoles nacidos durante gran parte del siglo XX una influencia significativa del origen social en el acceso a las clases profesionales, las posiciones sociales más deseadas junto con las de los directivos. O, dicho de otra manera, el nivel educativo es un factor más relevante que el origen social a la hora de proporcionar acceso a las clases profesionales.

El nivel educativo es un factor más relevante que el origen social a la hora de proporcionar acceso a las clases profesionales.

Y, segunda, porque la inutilidad del sistema educativo como nivelador social implicaría, si fuera cierta, la desaparición del principal dispositivo colectivo que en las sociedades contemporáneas garantiza la igualdad de oportunidades. Quienquiera que crea en las virtudes de la meritocracia, sea por justicia distributiva o pensando en la asignación eficiente del talento, debería tomarse muy en serio la inquietante noticia de que la educación ya no cumple esa encomiable función de allanar el camino hacia la promoción social.

¿Ha perdido la educación su capacidad de actuar como ascensor social? Trataré de responder a esta pregunta examinando las evidencias disponibles y defenderé que en España los títulos educativos siguen siendo –como a lo largo del siglo pasado– un recurso eficaz para mejorar la posición socioeconómica. Pese a que los datos de que disponemos para el período más reciente son escasos y no tan completos y detallados como quisiéramos, hay como mínimo tres argumentos para sostener esta relación ahora y en el futuro: la educación (1) aumenta las probabilidades de ascender a posiciones sociales altas; (2) merma las de descender en la escala social; y (3) reduce el riesgo de caer en el desempleo.

2. La escalera educativa a la promoción social

Como veremos, en España, los títulos educativos promueven también ahora el ascenso de los hijos desde las posiciones que ocupaban sus padres a estratos sociales superiores. Es decir, fomentan la llamada movilidad intergeneracional ascendente, que es precisamente lo que ha venido ocurriendo en las generaciones nacidas en las primeras siete décadas del siglo XX. Cabe, en este punto, apelar de nuevo a la autoridad de Carabaña, quien señala que «los estudios en general, y la universidad en particular, son un eficacísimo cauce de movilidad social ascendente […] La eficacia de los estudios como canal de acceso a las clases profesionales universitarias ha sido históricamente la misma para todas las clases sociales» (2004). No habiendo duda sobre lo sucedido en el pasado, la pregunta interesante es, por tanto, si la educación sigue siendo para las generaciones más jóvenes ese canal privilegiado que lleva a las posiciones sociales más deseadas.

En España los títulos educativos siguen siendo, como a lo largo del siglo pasado, un recurso eficaz para mejorar la posición socioeconómica.

Se puede responder a esa cuestión recurriendo a la Encuesta de Condiciones de Vida, del Instituto Nacional de Estadística, que en el año 2011 dispuso de un módulo dedicado a la transmisión intergeneracional de la pobreza que contiene información sobre la ocupación de padres e hijos. Dicho módulo, que de momento no se ha vuelto a incluir en la encuesta, se aplicó a los entrevistados nacidos entre 1951 y 1985, los más jóvenes de los cuales se han enfrentado ya, en los inicios de sus carreras laborales, a un mercado de trabajo gravemente deteriorado desde 2008 por la recesión. Debido al tamaño relativamente reducido de la parte de la muestra a la que se aplicó el referido módulo y al poco nivel de detalle con que se recoge en la encuesta la ocupación del padre, es aconsejable considerar solo tres grandes clases sociales: clases trabajadoras (trabajadores manuales cualificados y no cualificados), clases intermedias (pequeños propietarios y trabajadores no manuales de rutina) y clases de profesionales y directivos. Asimismo, los distintos niveles educativos se agrupan en tres grandes categorías: educación inferior a secundaria, educación secundaria de primera y segunda etapa, y educación universitaria.

Para ilustrar la tesis de que la educación sigue siendo un buen canal de movilidad ascendente, observaremos primero las tasas de movilidad de las clases profesionales y directivas. Estas tasas representan a los individuos de diferentes clases de origen que han llegado a ser directivos o profesionales. Y miden las probabilidades que tienen los hijos cuyos padres pertenecen a cada una de esas tres clases sociales de llegar a ser profesionales o directivos en función de la clase social a la que pertenecen sus padres. Como es obvio, para evaluar el impacto de la educación en la movilidad hay que comparar las tasas de acceso a las ocupaciones directivas y profesionales de los tres niveles educativos seleccionados.

La evidencia muestra (gráfico 1) que los titulados superiores registran tasas más altas –es decir, tienen más probabilidades– de acceso a las clases profesionales y directivas que los que carecen de título superior. La educación es tan importante que las probabilidades de ejercer las ocupaciones más deseadas con un nivel educativo alto superan con creces a las de los niveles de enseñanza más bajos, cualquiera que sea la clase social de origen.

Al comparar la movilidad de unas clases con otras, se puede decir que, entre los que proceden de los orígenes sociales más bajos, los universitarios tienen catorce veces más probabilidades de acceder a las ocupaciones profesionales y directivas que quienes no completaron la educación secundaria. Los universitarios hijos de padres de clases intermedias tienen tres veces más probabilidades de convertirse en directivos o profesionales que quienes no llegaron a secundaria. Y aquellos con estudios universitarios procedentes de familias con padres profesionales o directivos tienen el doble de probabilidades de mantenerse en su clase de origen que los que tienen un nivel inferior a secundaria. Por otro lado, las probabilidades de situarse o mantenerse como profesionales y directivos de los titulados universitarios con respecto a los titulados en secundaria son de 5 a 1 para quienes proceden de clases trabajadoras y de 3 a 1 para los que tienen su origen en las clases intermedias o en las profesionales.

 

En otras palabras, los títulos educativos conceden una gran ventaja para la movilidad ascendente en todas las clases sociales; además, la ventaja que otorgan es mayor cuanto más baja es la posición social de partida.

Todo esto no quiere decir que ya no exista desigualdad de oportunidades educativas vinculada a la clase de la que se procede, pues un 63% de los hijos de profesionales o directivos lograron un título universitario frente a solo un 26% de los hijos de trabajadores. Ni tampoco que las perspectivas de movilidad se hayan desvinculado del origen social, ya que en igualdad de condiciones educativas los hijos de los profesionales y directivos tienen 2,8 veces más probabilidades de llegar a ser profesionales y directivos que los hijos de trabajadores y 1,4 veces más que los hijos de las clases intermedias. Lo que en realidad significan estos datos es que el logro educativo es la vía más segura para eludir la desigualdad de oportunidades derivadas del origen social.

3. Formarse para evitar el descenso social

Los títulos educativos no solo promueven la movilidad ascendente, sino que sirven también para mitigar el riesgo de caer, dentro de la escala social, a posiciones inferiores a las de la familia de origen. Para elucidar este aspecto de la cuestión vienen muy bien, de nuevo, las tasas particulares de movilidad del epígrafe anterior, calculadas ahora para el caso del descenso a las clases trabajadoras desde, por un lado, las clases intermedias y, por otro, las clases profesionales y directivas. En primer lugar, los hijos nacidos en familias de clases intermedias tienen mucho menos riesgo de acabar en las clases trabajadoras si tienen educación universitaria (11%) que si tienen educación secundaria (49%) o inferior a secundaria (66%). En segundo lugar, de los hijos de profesionales y directivos que no alcanzaron el título de educación secundaria, una tercera parte (33%) descendió a las clases trabajadoras, una proporción equivalente a la de los que se titularon en secundaria; sin embargo, este descenso social solo lo experimentó el 8% de los individuos de los mismos orígenes (profesionales y directivos) que contaban con título universitario.

Los títulos educativos no solo promueven la movilidad ascendente, sino que sirven también para mitigar el riesgo de caer, dentro de la escala social, a posiciones inferiores a las de la familia de origen.

Todo esto se aprecia con claridad en el gráfico 2, que pone de manifiesto que el riesgo de descenso social a las clases trabajadoras está en relación inversa a la titulación educativa. Obviamente, los hijos de padres de clase trabajadora no pueden, debido al esquema utilizado, descender en la escala social, pero sí permanecer en su posición social de origen. A este respecto, no sorprende saber que la falta de educación facilita la permanencia en las clases trabajadoras: se mantienen inmóviles en ellas seis de cada diez individuos que no alcanzaron secundaria, frente al 52% de los que tienen educación secundaria y solo el 17% de los titulados superiores. A todo esto se puede añadir (aunque los datos no se muestran en el gráfico 2) que también en el descenso a las clases intermedias desde las clases profesionales o directivas de origen están sobrerrepresentados los bajos títulos educativos.

Por su parte, los hijos de las clases intermedias y de profesionales y directivos con título universitario tienen muchas menos probabilidades de descender a las clases trabajadoras que los individuos del mismo origen social pero con un nivel educativo más bajo. Es cierto, sin embargo que, incluso si no han terminado secundaria, los hijos de profesionales y directivos tienen la mitad del riesgo de moverse a posiciones inferiores que los hijos de las clases trabajadoras. En suma, la educación permite con apreciable eficacia esquivar la movilidad a posiciones sociales inferiores a las de la familia de origen y la falta de educación potencia, en cambio, los efectos de la clase de origen sobre los movimientos de descenso social.

4. Educación y desempleo

La tercera razón por la que la educación promueve el ascenso social es porque protege del desempleo, un problema que frena el desarrollo económico del país, reduce el bienestar de las personas y familias afectadas y frustra muchos proyectos vitales de quienes lo padecen. La investigación especializada en las cicatrices del desempleo (Arulampalam, 2001) ha señalado los dañinos efectos duraderos que tiene no encontrar empleo y no poder trabajar en las edades económicamente activas. Estar parado, sobre todo a edades jóvenes (Mroz y Savage, 2006), implica más probabilidades de obtener una pobre situación en el mercado de trabajo, a saber: salarios menores y peores condiciones de empleo a largo plazo.

Además de la penalización salarial, el desempleo puede redundar en ruptura de las relaciones familiares, deterioro de la autoestima personal y pérdida potencial de salud. Por todas estas razones, estar desempleado dificulta que los individuos puedan ir mejorando su trayectoria profesional con el tiempo.

En España, numerosos datos (EducaINEE, 2013; López-Bazo y Motellón, 2013; OECD, 2014) muestran que el desempleo no se distribuye por igual entre los distintos niveles educativos; antes bien, el riesgo de paro es inversamente proporcional a la titulación alcanzada. Los datos de la Encuesta de Población Activa (gráfico 3) son muy claros: a mayor nivel educativo, menor la probabilidad de caer en el desempleo; y, viceversa, a menor titulación, mayor propensión a quedar en paro

Este cometido profiláctico contra el desempleo que la educación cumple en España es muy robusto, pues funciona no solo en los períodos de crecimiento y bonanza económica, sino también en los de recesión. Generalmente, las tasas de desempleo más altas se dan entre los españoles de bajo nivel educativo, aunque en la actualidad también es elevada la desocupación de los muy educados, que multiplica por dos la de los países de la OCDE y la UE (OECD, 2014 y 2015). Poca sorpresa hay en esa distribución del desempleo si se piensa que el proceso de destrucción del trabajo durante la recesión afecta, sobre todo, a los puestos de peor calidad, esto es, los que exigen para su desempeño menor cualificación.

A mayor nivel educativo, menor la probabilidad de caer en el desempleo; y, viceversa, a menor titulación, mayor propensión a quedar en paro.

Pero la educación no solo defiende del desempleo en las distintas fases del ciclo económico. Tanto o más importante es el hecho de que protege por igual a mujeres y hombres, y además, lo hace a todas las edades. La distribución del desempleo por sexo y edad en España es bien conocida: las tasas de desempleo de las mujeres son más altas que las de los hombres mientras que el paro juvenil (jóvenes entre 20 y 24 años) dobla el del conjunto de la población y supera con mucho el de las edades maduras. ,Si se consideran hombres y mujeres por separado y examina lo que ocurre en los mismos tramos de edad, las tasas de desempleo son menores en España cuanto mayor es el nivel educativo alcanzado (gráfico 4). Esa relación inversa entre educación y desempleo es, pues, notable, visible en los dos sexos y a casi todas las edades.

En resumen, en un país con un mercado de trabajo incapaz de satisfacer las aspiraciones de un elevado número de personas, conseguir un nivel educativo alto es sin duda una de las mejores salvaguardas contra el desempleo; y lo es con independencia del sexo, la edad y la fase del ciclo económico. Por eso mismo, la educación es un instrumento óptimo para evitar las barreras que, por todo lo que sabemos, frenan el ascenso en la carrera ocupacional. Protegiendo del desempleo, la educación impulsa las carreras de las personas a lo largo de su vida laboral, esto es, favorece las perspectivas de mejora profesional.

5. Una conclusión mirando al futuro

Los datos disponibles desmienten la idea de que la educación ya no sirve como ascensor social. Lo cierto es que sí sirve, por mucho que las oportunidades de promoción social sigan ligadas, como hemos visto, a la posición de origen. La educación sigue siendo una gran avenida para la mejora de posiciones sociales tanto a lo largo de la vida como entre padres e hijos, y vale también como eficaz barrera a la hora de descender en la escala social. Después de todo, las ocupaciones profesionales y una gran parte de las directivas exigen para su desempeño la credencial de un título de educación superior. Sin estos títulos es muy difícil acceder a los estratos altos de las sociedades contemporáneas o mantenerse en ellos.

Una porción importante de la movilidad social que se observa al comparar la posición de padres e hijos –sobre todo universitarios– es movilidad estructural o forzada, es decir, producida por el cambio de la estructura ocupacional, y no por la mera circulación de personas entre las distintas posiciones de una distribución de ocupaciones fija. Dicho en otros términos, en nuestro país el cambio ocupacional caracterizado por el continuo aumento de profesionales y directivos (Requena et al., 2011 y 2013) ha gobernado la movilidad social ascendente inducida por el logro educativo. Así ha ocurrido en el pasado reciente y, hasta donde permite afirmarlo la información disponible, esa ha sido también la experiencia de las últimas generaciones de españoles que se han incorporado al mercado de trabajo.

Si el cambio ocupacional continúa haciendo crecer el número de profesionales, directivos y técnicos superiores en detrimento de los empleos que exigen menos requisitos formativos, el futuro de la educación como palanca para el ascenso social está asegurado.

Con evidencia más detallada de la que aquí presentamos, se podría aplicar un argumento similar en relación con en la formación profesional, puesto que sus títulos son los idóneos para el desempeño de los empleos de carácter técnico y sus titulados tienen mejores perspectivas de empleabilidad y retribución que los niveles académicos inmediatamente inferiores (Carabaña, 2014).

A falta por ahora de datos, lo que vaya a suceder en el futuro con las generaciones más jóvenes solo puede ser objeto de conjetura. Pero si el cambio ocupacional continúa haciendo crecer el número de profesionales, directivos y técnicos superiores en detrimento de los empleos que exigen menos requisitos formativos, el futuro de la educación como palanca para el ascenso social está asegurado.

En definitiva, esto es lo que cabe esperar que ocurra en sociedades y economías que no en vano se llaman a sí mismas del conocimiento: que el peso creciente de los empleos que exigen cualificaciones altas en la estructura ocupacional impulse la movilidad ascendente. Si tal cosa ocurre, la educación seguirá suponiendo una ventaja decisiva en la contienda que dirime la promoción social.

6. Referencias

Arulampalam, W. (2001): «Is unemployment really scarring? Effects of unemployment on wages», Economic journal, 111.

Caínzos, M. (2015): «La opinión pública sobre la educación en España: entre el catastrofismo y la satisfacción», Revista Española de Sociología, 23.

Carabaña, J. (2014): «Apuntes sobre la Formación Profesional en España», en La Formación Profesional ante el desempleo, Cuadernos 13, Madrid: Círculo Cívico de Opinión.

— (2004): «Educación y movilidad social», en V. Navarro (coord.): El estado de bienestar en España, Madrid: Tecnos.

— (1999): Dos estudios sobre movilidad intergeneracional, Madrid: Fundación Argentaria-Visor.

EducaINEE (2013): «Panorama de la educación. Interim report 2015», Boletín de Educación, 40 [http://www.mecd.gob.es/inee].

Erikson, R., y J. Goldthorpe (1992): The constant flux: a study of class mobility in industrial societies, Oxford: Clarendon.

López-Bazo, E., y E. Motellón (2013): «Disparidades en los mercados de trabajo regionales. El papel de la educación», Papeles de Economía Española, 138.

Marqués, I. (2015): La movilidad social en España, Madrid: Catarata.

Mroz, T.A., y T.H. Savage (2006): «The long-term effects of youth unemployment», Journal of Human Resources, 41.

OECD (2015): Education at a Glance Interim Report: Update of employment and educational attainment indicators, París: OECD [http://www.oecd.org/edu/eag-interim-report.pdf].

— (2014): Education at a Glance 2014: OECD Indicators, París: OECD [http://dx.doi.org/10.1787/eag-2014-en].

Requena, M., y F. Bernardi (2005): «El sistema educativo», en J.J. González y M. Requena, eds., Tres décadas de cambio social en España, Madrid: Alianza.

— J. Radl y L. Salazar (2011): «Estratificación y clases sociales», en Informe España 2011. Una interpretación de su realidad social, Madrid: Fundación Encuentro.

— L. Salazar y J. Radl (2013): Estratificación social, Madrid: McGraw Hill.