Alejandro Martín Iglesias

Arabia Saudí, país popularmente conocido como “el reino del desierto”, se seca. Según el profesor Radwan al-Weshah, de la UNESCO, sufre la peor crisis acuífera del mundo, una sequía que amenaza con el agotamiento de sus principales reservas de agua, ya muy afectadas. La rápida disminución de las aguas subterráneas, compensadas débilmente por la escasa lluvia, y la tendencia al consumo irresponsable, que dobla la media europea por persona y crece en las zonas de más alto nivel económico, son algunas de las causas diagnosticadas.

Para el periodista Kieran Cooke, la gestión saudí del agua ha sido un grave error, concediendo ayudas económicas a la extracción del agua subterránea, por una parte, y generando una enorme producción agraria de manera artificial, por otra. Hay que decir que Arabia Saudí es, además, el país que más tecnología de desalinización consume, con más de 30 plantas abiertas a lo largo del litoral costero. Son caras de mantener, generan problemas medioambientales en el Golfo Pérsico, y su consumo de energía se deriva del petróleo.

Fue a principios de la década de los ochenta cuando el país emprendió una política de auto-abastecimiento alimentario. Se importaron cereales, que constituyen una importante fuente de alimentación ganadera, y trigo, para ser cultivado en el árido suelo saudí bajo el paraguas de la ayuda económica estatal. Dicha política está llegando a su fin, ya que comienza a resultar inviable económicamente y el sector de la agricultura requiere profundas modificaciones, tales como nuevos métodos de irrigación, como el goteo, que reduzcan el gasto de agua, en lugar del habitual y mucho más costoso, consistente en la inundación del terreno.

De la autosuficiencia a la proyección exterior

La denominada “Iniciativa rey Abdullah para la inversión en agricultura en el exterior” ha supuesto un verdadero giro a las políticas tradicionales y una reestructuración de la burocracia gubernamental en torno a las competencias de medio ambiente, agua y agricultura. Se trata de un proyecto que implica la adquisición de tierras en zonas de Etiopía y Sudán, bajo promesas de creación de empleo y crecimiento del sector en estos países. Lo cierto es que las críticas no se han hecho esperar, siendo esta la práctica conocida como acaparamiento de tierras, cuyas consecuencias suelen ser el desplazamiento de la población local debido a las grandes obras, la creación de un empleo meramente estacional y el exacerbamiento de tensiones sociales latentes.

La región etíope de Gambella puede considerarse paradigmática de esta situación. El cultivo de arroz allí implantado no es sino una muestra del expansionismo económico saudí, tanto público como privado, localizado especialmente en África y en competición directa con otras potencias deseosas de obtener los mismos beneficios con la misma estrategia. Los principales competidores en este campo son los países asiáticos, especialmente China, India y Corea del Sur. Pero el reino Saudí no extiende sus influencias únicamente al África oriental, habiendo arrendado hasta un millón de hectáreas en Marruecos, Senegal, Mali y Mauritania.

Mohammed Al-Amoudi, el multimillonario dueño de la corporación Saudi Star, ha recibido la concesión de 10.000 hectáreas de terreno por 60 años en Gambella, donde están llevándose a cabo obras de gran magnitud como la de la presa de Alwero; unas obras que progresan lentamente y destruyen el ecosistema, con consecuencias humanas tales como la deportación, la movilización de población, las revueltas acontecidas entre 2012 y 2013 y el final de los medios de vida tradicionales.

Hablar de agua es hablar de alimentos. Hablar de Arabia Saudí es hablar de petróleo

La carencia del líquido elemento implica también una crisis alimentaria. El rápido crecimiento poblacional, la especulación y la fuerte expansión económica de ciertos países son factores a tener en cuenta, y Arabia Saudí no es una excepción. A causa de la subida del precio de los alimentos en 2008, sus gobernantes han temido que las exportaciones disminuyan por culpa de los problemas económicos de los países exportadores. Sin embargo, éstas les permitieron amortiguar las convulsiones sociales de 2011 en el mundo árabe, causadas en buena medida por la escasez.

Por otra parte, es muy difícil no ver la sombra del petróleo tras cada nuevo problema del reino saudí. Como explica F. Márquez de la Rubia en el artículo “Arabia Saudita: Nuevos tiempos, viejos problemas”, los ingresos recibidos de la extracción han decaído como consecuencia de mantener intencionadamente bajo el precio medio del oro líquido, incrementando para ello la producción de barriles diarios. Algo que repercute, como es natural, en todos los sectores de la economía y en la gestión de los recursos naturales.

La dependencia del petróleo es uno de los mayores obstáculos a los que se enfrenta la monarquía saudí de cara al futuro. La enorme capacidad productiva del país ha funcionado como herramienta estratégica, expulsando del ámbito mercantil a los competidores que se han beneficiado de la técnica del fracking, perjudicando además al ahora débil rival iraní, cuyo crudo se ha reincoporado hace poco al mercado. Sin embargo, esta estrategia de bajos precios y alta producción no puede alargarse indefinidamente y no mitiga el problema. De ahí que Arabia Saudí haya decidido poner en marcha un ambicioso y radical programa de diversificación económica, Vision Saudi 2030, que le permita reequilibrar la economía durante las dos próximas décadas.

Problemas como el de la sequía y problemas de largo recorrido son, por lo tanto, lo que ha llevado al reino a probar suerte más allá de sus fronteras, todo sea por mantener la desorbitada prosperidad que hasta hace unos años fluía cómodamente de las rentas del petróleo.

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