Antonio Regalado

Pie de foto: Imagen de un grupo de presos en el campo de concentración de Auschwitz.

Auschwitz nos recuerda que los nacionalismos necesitan siempre un enemigo común, crear un victimismo permanente, y ampliar su espacio vital mediante el terror.

Tenía una asignatura pendiente conmigo mismo desde comienzos de año: ver la exposición sobre AUSCHWITZ, en el Centro de Arte Canal, próximo a la Plaza de Castilla en Madrid. Y hoy, con 70 años y un día he querido aprobarla. 

NO HACE MUCHO... NO MUY LEJOS.  Un eslogan reconciliador. Sucedió hace 68 años y en el corazón del Viejo Continente. Las heridas abiertas de la I Guerra Mundial que dejó 18 millones de muertos y 23 millones de heridos fue el preludio de lo que vino después. La República de Weimar no pudo soportar la presión interior de descontento y el nacionalsocialismo a partir de 1920, con una Alemania rota y destruida, se encargó de buscar un enemigo común para expiar la herida abierta en canal de 1918. Y lo encontró enseguida: el pueblo judío. 

El acceso al poder del austríaco Adolf Hitler marca el antes y el después de la escalada civil y militar: heridos en su honor los alemanes enloquecen con Mi Lucha. Y el líder sin complejos y sin medida rompió todas las fronteras interiores y exteriores tras la muerte del presidente Hindemburg. Se erige en presidente y en canciller con poderes absolutos tras la proclamación de La Ley Habilitante de 1933.

La invasión de Polonia solo fue una excusa basada en lo que hoy consideraríamos una fake news“los polacos acaban de invadir Alemania”, se escuchó desde el III Reich. Una mentira prefabricada. El victimismo como necesidad, La batalla por el espacio vital contra los seres “inferiores” había comenzado después del pacto del dictador austríaco con Stalin para engullirse ambos Polonia. 

La locura colectiva duró casi 13 años. La muerte y la destrucción se expandieron hasta el Báltico. Stalingrado, Moscú y San Petesburgo fueron ciudades sitiadas, saqueadas y calcinadas. Hitler no era una gran estratega ni aprendió nada de Napoleón en su intento de someter a la gran Rusia. El orgullo de los nuevos revolucionarios, con el Ejército Rojo al frente, comenzó la reconquista que terminaría el 8 de mayo del 45 con la capitulación alemana tras el suicidio de Hitler el 30 de abril. La respuesta de Inglaterra fue decisiva para rearmar al llamado mundo libre y comenzar la ofensiva en África y en Dunkerque. 

Odio y terror

La maldad del III Reich no conocía límites. La exterminación de los judíos fue anunciada por el propio Adolf Hitler mucho antes de llegar al poder cuando profetizó que “serían borrados de Europa si comenzaba una segunda gran guerra” como él se encargó de provocar. Hizo partícipe al pueblo alemán de la superioridad de la raza aria, una raza que dominaría el mundo –el Reich de los mil años—y desencadenó un terror interno y externo justificando, como todo imperialismo, su expansión en todas direcciones. Se mataba –decían vilmente- para sobrevivir. Y se apeló a la unidad de la patria –una nación de camaradas-  y a la mentira y la propaganda constantes para vengar el honor mancillado en Versalles. El populismo militarista se convirtió en una enfermedad contagiosa. 

Memoria y esperanza

La exposición es eminentemente fotográfica, con una decena de videos de apoyo que ya hemos visto en todos los formatos televisivos.  Es como si el mundo se hubiera parado en Auschwitz para siempre. Y nosotros nos viéramos obligados a respirar de nuevo el aire de la Gestapo y de las SS. Auschwitz fue el principal de los 60 campos de concentración en el que se gaseó a millones de personas, invitándolas a ducharse previamente para poder ser reasignadas a nuevos trabajos. Ninguno de los supervivientes que traspasaron las puertas de acero con el consejo de inhalar lo más profundo posible para despiojarse ha podido contarlo. Sabemos que los niños y las personas mayores eran las primeras víctimas. Los ancianos porque no eran ya aptos para los trabajos forzados; los pequeños para evitar que esos niños engendraran más niños judíos en el futuro. 

Un holocausto en toda regla. Toda la dignidad del ser humana calcinada.  Gasear no era el problema porque el ácido cianhídrico acababa con los 20.000 asesinados diarios en unos 20 minutos. Lo más grave era arrastrarlos por los propios judíos hasta los hornos crematorios, retirar las cenizas y arrojarlas al río Vistula, para seguir el proceso sin interrupción. 

Nunca tanta maldad contó con la anuencia de tanta gente. No puede alegarse ignorancia. Tampoco había posibilidad de rebelión en los campos porque los vigilantes en muchos casos eran delincuentes “liberados” para defender el nazismo. Cuesta creer que los dogmatismos nacionalistas sean tan inhumanos. El infierno tiene que ser más compasiva.

Los trenes de la muerte nunca regresaban vacíos, no; retornaban con todo lo robado a los prisioneros, con el pelo para consumirlo en fábricas militares y con los lingotes de oro (de 5 a 10 kilos diarios) de las prótesis dentales de los deportados. 

La resistencia al omnipotente poder nazi fue prácticamente nula, aunque para sobrevivir era necesario tener al menos un amigo con quien compartir el sufrimiento y la escasa comida. En la orilla de la desesperación alguien tuvo coraje para crear un doble corazón en madera que hoy se reconoce como “el corazón de Auschwitz”.

Algunos hombres buenos

Algunos valientes intentaron escapar del circuito electrificado reforzado con   ametralladoras y enviar fotos fuera del recinto para denunciar al mundo el genocidio. Alberto Errera (“Alex el griego”, un sefardí de origen español como prueba su apellido) tomó 4 instantáneas del crematorio 5. Descubierto saltó a las frías aguas del rio y fue capturado con ayuda de perros amaestrados cinco días después. Un oficial de las SS le mató tras sufrir torturas y su cadáver fue exhibido en la entrada del campo como escarmiento y advertencia. Una entrada con una bienvenida macabra: “el trabajo os hará libres”. 

El ejemplo del sacerdote franciscano Maximilian Kolbe –hoy en los altares- es el ejemplo de la fuerza de la fe católica frente a la crueldad. No falta una reseña generosa para el diplomático español Angel Sanz-Briz quien desde la Embajada de España en Budapest repartió decenas de pasaportes españoles salvando miles de vidas. El Estado de Israel le declaró “Justo entre las Naciones” como hiciera con el empresario Oskar Schindler, mundialmente reconocido a raíz de la película de Steven Spielberg La Lista de Schindler (1993) protagonizada por Lean Neeson y Ben Kistley.

Campos de la muerte

Es bueno recordar aquellos horrores para que no vuelvan a repetirse. Una pesadilla maldita dentro de un volcán de odio y de miedo. “Aún hoy, cuarenta años después, no puedo soportar los lloros de un pequeño en la calle”, denunciaba un superviviente croata; me recuerda los gritos de los niños camino de la “ducha” en Auschwitz”. 

Se van a cumplir 73 años del final de la II GUERA MUNDIAL.  ¡Qué inmenso dolor acumulado por el hecho de ser judío, romaní, polaco, ruso, partisano u homosexual! Toda la compasión les pertenece. Lo mismo sucedía en el resto de campos de exterminio desde Arbeitsdorf, Dachau y Buchenwald (Alemania) al de Banjica(Serbia), Bardufuus en Noruega o Bolzano (Italia). Pero recordemos que la distribución de los casi 60 principales centros de internamiento especial se extendía por LetoniaUcraniaEstoniaAustriaMoldavia, Chequia, FranciaRumanía y Países Bajos. Total: más de 5 millones de muertos, gaseados, incinerados o enterrados como ganado en fosas comunes después de haberles sometido a una hambruna bíblica y premeditada. 

Pacto de carbón y acero

Adolf Hitler era un miserable pero su legado sigue ahí, con nacionalismos excluyentes buscando espacio vital, sin respetar ningún derecho. Para ellos todos somos enemigos. Y ellos, superiores, siempre las víctimas.

Resulta emocionante escuchar a algunos supervivientes hablando de no construir el futuro sobre el odio. Y llamando a la paz, a la piedad y al perdón como lo hiciera en el 39 el presidente de la República Manuel Azañaal partir al exilio.  Auschwitz es un tiempo para la eternidad de la memoria. Recuérdalo tú y recuérdalo a otros. 

La mejor lección de todo ese pasado tan horrible, tan inhumano, tan predecible por otra parte es que, doce años después de aquella tragedia que costó más de 62 millones de muertos, -demasiada sangre, demasiado sudor y demasiadas lágrimas-, media docena de hombres buenos como AdenauerChurchillSchuman, MonnetDe GasperiSpaak y  Spinnelli, pusieron en marcha el Tratado de Roma (1957),  para compartir el carbón y el   acero y levantar un  mundo mundo sobre las ruinas. 

Medio siglo después de aquel acuerdo hemos llegado a una EUROPA UNIDA (28 miembros, 508 millones de personas), que ha terminado con 2000 años de guerras interminables entre pueblos vecinos. Solo por este hecho, por esta integración, por este Estado solidario del Bienestar, ha merecido la pena construir la Unión Europea para poder vivir en el mayor espacio de libertad y de democracia del planeta.

La exposición AUSCHWITZ –que recorrerá 20 países más y que finaliza el 17 de junio- es una crónica también de la voluntad y de la esperanza frente al fanatismo y la barbarie. Son tres horas de aprendizaje y de amor a la vida para apostar de una vez y para siempre por la paz y la reconciliación 

El Holocausto no fue hace mucho, ni fue lejano: sucedió en el corazón de Europa. Y no quisimos enterarnos hasta el final. Al mal hay que combatirlo desde el minuto uno. Esta vez rusos y americanos –que ya desembarcaron éstos en 1917 para liberar a Europa- nos salvaron de una solución final. Aunque hoy no hablamos ni de vencedores ni de vencidos, ¡nunca más espacios para el odio, el horror y el miedo! Todos libres, todos iguales. Todos ciudadanos europeos.