Blanca Gisbert/Lavanguardia.com

Pie de foto: Una joven iraquí en un campo de desplazados el pasado 24 de abril (Ahmad Al-rubaye / AFP)

El 56% de los jóvenes de 16 países árabes creen que las ‘primaveras’ han tenido consecuencias negativas.

Es un privilegiado. Tiene 28 años y trabaja en una agencia de marketing online. Pero, sobre todo, tiene suerte porque no ha tenido que huir de Gaza, la ciudad donde nació y estudió. Fadel Wajid espera no tener que hacerlo nunca, pero si las cosas se pusieran aún peor se marcharía a Europa, cuenta en una entrevista a este diario. Este joven palestino forma parte de los dos tercios de población joven que viven en el mundo árabe. Una región mucho más joven que la europea, que sólo cuenta con un tercio de la población por debajo de 30 años. La opinión de Wajid y la de tantos otros jóvenes árabes determinarán en gran medida el futuro de esta región, compleja e históricamente conflictiva.

Por eso es relevante que, según el Arab Youth Survey 2018, una encuesta elaborada por la consultora Burson-Marsteller a 3.500 jóvenes de entre 18 y 24 años de 16 estados árabes, más de la mitad piense que las primaveras árabes fue un fiasco. Precisamente ellos y ellas, que en el 2011 tuvieron un papel clave en las protestas en las calles de Túnez, Egipto, Marruecos, Yemen, Siria o Irak.

Los jóvenes siguen reclamando empleos de calidad, algo que nadie ha solucionado

¿Las movilizaciones no lograron nada? ¿Ni siquiera dejaron un legado cultural positivo? ¿O es que los jóvenes han cambiado de opinión? El estudio apunta que la decepción ha inundado la mayoría de ellos. “Ha llovido mucho desde los días emocionantes en la plaza Tahrir, cuando un nuevo mundo parecía que estaba por venir. El gran cambio que prometían las primaveras árabes ha resultado llevarlos a una gran deriva”, reflexiona Afshin Molavi, un investigador que ha colaborado con el estudio, que salva, como excepción, a los jóvenes tunecinos. “Las guerras en Siria, Libia, Yemen o la deriva autoritaria en Egipto son solo ejemplos. Las cosas están peor ahora que antes. Las revueltas desencadenaron humillaciones, opresiones y desplazamientos de millares de ciudadanos”, añade Wajid.

Musa Burekba, investigador especializado en Oriente Medio del think tank Cidob, apunta que los resultados del estudio –que advierte que hay que tomar con cuidado porque los encuestados pueden haber respondido sin plena libertad de expresión– solo reflejan la percepción de la vida diaria de los jóvenes. “A efectos prácticos, su situación actual es peor que la anterior en muchos casos. O bien su país está en guerra o sus libertades civiles y políticas se han reducido o directamente eliminado. Por no hablar de las posibilidades de prosperar en su vida profesional. La tasa media de paro juvenil lleva años por encima del 25%”.

 

Las revueltas sientan precedente y mantienen a los gobiernos en alerta

Así que no es de extrañar que el 55% de los jóvenes considere que su país ha ido a peor en los últimos diez años (en la región de Levante el porcentaje sube al 85%), con la excepción de aquellos que viven en el Golfo, que en el 57% de los casos piensan que ha ido a mejor. Sin embargo, Burekba considera que estos resultados no tienen que llevar a hacer caso omiso del legado histórico de la primavera árabe. “Los mandatarios están ahora mucho más en alerta: tienen en cuenta la fuerza de la población joven, la revolución digital, el poder de movilización de las redes sociales. Lo que sucedió en las calles en el 2011 ha sentado precedente, queda en la memoria colectiva de estos países y esto tiene valor”.

Además, Burekba dice que, a raíz de las protestas, los jóvenes han impulsado iniciativas cívicas que van más allá de la política convencional, en la que han dejado de confiar (la abstención en las municipales de Túnez, por ejemplo, fue muy elevada pese a ser el país donde más ha triunfado la primavera árabe).

Según Ferran Izquierdo, profesor de relaciones internacionales en la UAB especializado en la conflictividad en Oriente Medio, otro símbolo del relativo éxito de las revueltas es que las necesidades de la población joven siguen siendo, en general, las mismas. Según el Arab Youth Survey, sus prioridades son por este orden: el fin del terrorismo, la creación de nuevo empleo bien remunerado, la modernización del sistema educativo y el fin de la corrupción.

En cuanto a la primera, provocada especialmente por el auge del Estado Islámico, lo relevante es que su rechazo es compartido por la gran mayoría. El 88% dice que el grupo terrorista ha perjudicado sus vidas y la mayoría (ver gráfico) cree que desaparecerá por completo. Sin embargo, Hasan Hasan, investigador del Tahrir Institute que ha colaborado con el estudio, añade que este optimismo puede verse truncado por el “poco interés de los gobiernos, Estados Unidos y sus aliados en reconstruir países como Irak o Siria”. Precisamente, otra conclusión del estudio es la pérdida de popularidad de Estados Unidos entre los jóvenes. Cada vez, más de ellos consideran a este país como un enemigo. Según los resultados, en 2016, lo hacían un 32% mientras que en 2018 un 57%. Esto beneficia a Rusia, que detrás de varios estados árabes del Golfo (Emiratos, Arabia Saudí, Kuwait) es el primer país que consideran como aliado. Los autores del estudio apuntan que ello se debe a dos factores: el primero es el cambio de presidente. Trump no es Obama: su islamofobia y el apoyo con los ojos cerrados a Israel son los factores determinantes. El otro motivo, apuntan, es el perfil bajo que ha mantenido Rusia en la mayoría de países (excepto en Siria) algo que se suma a que Moscú es, simplemente, la alternativa a Washington.