Paco Soto

Pie de foto: Un grupo de manifestantes libios rasga una bandera francesa durante una protesta en Trípoli.

El Gobierno de Unión Nacional (GNA) de Trípoli dirigido por el primer ministro, Fayez al-Sarraj, que tiene el apoyo de la comunidad internacional, manifestó la semana pasada que no piensa tolerar injerencia militar extranjera en su país. Tras la muerte de tres suboficiales franceses de los servicios de información militares en Libia, el primer ministro avisó a Francia de que no puede actuar en el país magrebí sin coordinarse con el GNA. Fayez al-Sarraj agradeció “la asistencia ofrecida por los países amigos en la guerra contra Daesh”, pero recalcó: “Siempre y cuando se lleve a cabo en el marco de una demanda dirigida al GNA y en coordinación con el GNA”. Francia, que encabezó con Reino Unido una coalición de países que bombardeó Libia y derribó al régimen dictatorial de Muamar Gadafi, pero fue incapaz de ayudar a los libios a construir un estado mínimamente democrático y estable, quiere estar presente en el país magrebí. Cueste lo que cueste. Esta actitud, calificada por voces críticas de “neocolonial” y políticamente “poco inteligente”, ha provocado un enorme descontento en la población libia, que no quiere que su país se convierta en un protectorado de potencias extranjeras. Varias protestas contra Francia han tenido lugar en ciudades como Trípoli y Misrata.

Banderas pisoteadas

Cinco años después de la caída del tirano, centenares de manifestantes pisotearon y rasgaron banderas francesas en las calles de Trípoli y Misrata y condenaron “la presencia militar francesa”. En Bengasi, un Consejo Revolucionario que agrupa a diferentes milicias, algunas de ellas islamistas, hizo un llamamiento a la movilización de los libios para “expulsar” a los militares extranjeros y franceses que actúen en el país, y denunció “la invasión de los cruzados”. “Era de esperar una reacción de esta naturaleza, que es legítima, porque la soberanía del país está puesta en cuestión”, declara a la cadena de televisión France 24 la investigadora francesa en el Instituto Prospectivo y de Seguridad en Europa (IPSE) Hélène Bravin. La muerte de tres suboficiales del Ejército obligó al presidente francés, François Hollande, y al Gobierno de Manuel Valls a reconocer que Francia está en guerra contra el yihadismo en Libia.

Control de materias primas

Para muchos libios de diversas tendencias políticas, Francia está en Libia para quedarse mucho tiempo y repartirse con otras potencias occidentales, como Estados Unidos, Reino Unido, Italia y España, el pastel de los hidrocarburos. “La lucha antiterrorista, aun siendo cierta, es también una buena excusa para controlar materias primas estratégicas como el petróleo y el gas”, piensa Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes en la Universidad de Alicante y coordinador de Oriente Próximo y Magreb en la Fundación Alternativas. Cansados de tanta violencia y destrucción, muchos libios que no simpatizan con el yihadismo combatiente y el islamismo y lucharon contra el régimen de Gadafi, no quieren que su país se convierta en una colonia de Francia y otras potencias occidentales, y piden a París que trate al Gobierno de Trípoli, reconocido internacionalmente, con respeto. “Por eso salen a la calle a protestar contra Francia”, destaca el politólogo marroquí Mohamed El Amrani.

Pie de foto: El primer ministro libio reconocido por la comunidad internacional, Fayez al-Sarraj.

Comportamiento erróneo

El comportamiento de los gobernantes franceses es erróneo y patético. El pasado mes de febrero, el diario Le Monde informó de que fuerzas especiales y agentes de los servicios secretos franceses estaban en una misión en territorio libio. El ministro de Defensa, Jean-Yves Le Drian, anunció la apertura de “una investigación” para aclarar los hechos. “Es una manera de tomarle el pelo a los franceses y creer que los libios son idiotas”, lamenta El Amrani. Según fuentes citadas por la agencia Reuters, los militares franceses en Libia podrían estar asesorando las fuerzas rebeldes del general Khalifa Haftar, fuertes en el este del país, leales al Parlamento de Tobrouk y hostiles al GNA de Trípoli. Una fuente oficial francesa interrogada por la AFP reconoce que las tropas del general rebelde Haftar “fueron las primeras en combatir a Daesh”. Francia, según diversos analistas, mantiene una política pragmática y contradictoria. Por una parte, asegura que desea para Libia una solución política basada en una negociación y acuerdo entre partes enfrentadas.

Doble juego

Por otra parte, lo mismo apoya Francia al GNA que a los rebeldes del general Haftar, que defienden “una solución militar” al conflicto libio, recuerda el investigador tunecino Ezzedine Aaquila en France 24. En la misma línea, Abdeslam al-Rajihi, periodista afincado en Libia, explica que “la cólera contra París es la consecuencia de una contradicción total: la posición oficial diplomática francesa, que afirma que el GNA es el único representante legal del pueblo libio; pero por otra parte, las iniciativas militares decididas sin consultar a las autoridades libias”. El exministro de Defensa galo, Alain Richard, niega rotundamente que París “lleve a cabo un doble juego”. Así las cosas, según la web Al-Akhbar, el jefe del grupo yihadista Al-Mourabitoune, el argelino Mokhtar Belmokhtar, asegura que Francia está presente militarmente en el sur de Libia.

Terrorista argelino

El terrorista acusa a Francia de haber enviado fuerzas especiales a Sebha, a 660 kilómetros de Trípoli, para la “construcción de un aeropuerto dedicado a acoger aviones franceses de las bases de Benina en Bengasi y de Madama, situada en el norte de Níger”. El yihadista argelino, autor de numerosos crímenes en su país, hizo un llamamiento en favor de “mayores sacrificios” y abogó por la “resistencia para defender nuestra religión y nuestro país contra la basura cruzada y sus cómplices”. Mokhtar Belmokhtar, alias Khaled Abou El Abbas, El Tuerto o Monsieur Marlboro, combatió en Afganistán con los muyahidines entre 1991 y 1993, y cuando regresó a Argelia se incorporó al Grupo Islámico Armado (GIA) y después al Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), que en 2007 se convirtió en Al Qaeda del Magreb Islámico (AQMI). Este grupo se implantó en Argelia y en el Sáhara y el Sahel. En diciembre de 2012, Belmokhtar creó su propio grupo terrorista, que en agosto de 2013 se unió al Movimiento por la Unicidad y la Yihad en África del Oeste (MUYAO), que controla una parte de Malí. Finalmente, el yihadista argelino se unió a AQMI con su grupo Al-Mourabitoune el 4 de diciembre de 2015.

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