EFE/Atalayar

Pie de foto: Cartel expuesto en una puerta que anuncia las conmemoraciones del aniversario de la "Nakba" en el campo de refugiados de al-Fawar, en la ciudad de Hebrón, en Cisjordania. AFP PHOTO/SAID KHATIB

“Ahora solo volvemos a nuestras tierras cuando estamos muertos”, cuenta Ahskar, cuya expropiación de sus propias tierras comenzó seis meses tras la proclamación del Estado de Israel un día como hoy hace 71 años. Se fueron por propia voluntad engañados por una supuesta necesidad de evacuación, bajo una orden militar con la que también se les prometió volver en dos semanas. Sin embargo, nunca regresaron, mejor dicho, nunca les dejaron volver. Todos los palestinos locales que permanecieron dentro de las fronteras que Gurrión declaró de Israel, empezaron a estar bajo el dominio militar, por lo que la población árabe en la teoría requería permisos para moverse. La realidad, sin embargo, es que el gobernador israelí militar nunca les autorizó el regreso.

“Con la destrucción de los pueblos nos convirtieron en refugiados en nuestra propia tierra y nos dejaron sin casa a la que volver, sin embargo, vivimos con la esperanza de que algún día regresaremos y no vamos a parar de luchar para que eso se haga realidad”, asevera indignado. Le expropiaron sus tierras, sus viñedos y todo lo que tenía de importante, sobre todo la larga tradición generacional que había pasado de padre a hijo y les permitía fabricar un vino propio de la zona. Su mayor legado le había sido arrebatado, no solo a él, sino a los más de 700.000 palestinos que se han tenido que exiliar por el conflicto de Palestina e Israel.

Pie de foto: El refugiado palestino Ibrahim Abu Mustaf, de 83 años, antiguo habitante de la ciudad de Beersheva, lleva la llave de su antigua casa mientras se sienta fuera de ella en el campo de refugiados de Khan Yunis, en el sur de la Franja de Gaza. AFP/ SAID KHATIB

Para recuperar la actividad bodeguera, se ve obligado hoy a pagar a los israelíes por la uva que cultiva en las tierras confiscadas que pertenecen legítimamente a los palestinos, es algo que ofende a su familia, pero ve la relación comercial con los israelíes como algo imprescindible para poder retomar el negocio que le fue arrebatado. “Después de varios meses, demandamos a la Corte Suprema y falló a favor, pero en lugar de aplicar la decisión y dejarnos regresar, el Ejército lo declaró zona militar y la destruyó en la Nochebuena de 1951”, recuerda Ashkar, a excepción del templo católico y el cementerio, donde hoy se entierra a los antiguos residentes y sus descendientes.

Todo se les fue arrebatado de la noche a la mañana, nadie esperó ni que cogieran sus pertenencias. Se quedaron en la calle por un engaño militar desalmado, que ni siquiera tuvo la consideración de explicarles la realidad de lo que ocurría. Y la justicia solo observa de lejos la dignidad que se le ha arrebatado a Palestina. Nadie sabría cómo poder devolverle a un pueblo roto lo que se le ha quitado, que no ha sido poco, pero quizás lo que está claro es que las medidas contra los que han creado el Estado de Israel a costa del sufrimiento de los palestinos son imprescindibles. Asimismo, representarían el camino hacia una justicia digna del S. XXI, que no solo repartiese veredictos desde una sala, sino que realmente estuviese movida por la necesidad de dignificar la vida de los más vulnerables y de abrir caminos para la cooperación internacional y la ayuda humanitaria.