Noor Ammar Lamarty 

“La historia del estigma y la condena internacional a los descendientes del Daesh..”

Alrededor de 40.000 niños han nacido en la laguna identitaria internacional que existe aún y que viene a traducirse en ser “apátridas”. No tienen nacionalidad, no tienen país, no pertenecen a ningún lado. Pero lo que si sabemos de ellos es que son hijos de Daesh, o lo mismo, El Estado Islámico / ISIS. Sus padres eran militantes y formaban parte activa del desarrollo de dicho estado, sus madres engañadas o voluntarias para participar en la supuesta “yihad” de sus maridos, se trasladaron solteras o embarazadas o junto con sus hijos, hasta dicho territorio.

La mayoría de ellas tuvieron una media de 4 o 5 hijos en total, la mayoría nacidos ahí. Adolescentes, niños, pero sobretodo, bebés. Muchos bebés. Estigmatizados por ser claros descendientes del Daesh, son el punto de inflexión para el tema de repatriación de los países de origen y nacionalidad de sus padres. A ojos de todos, son la semilla del terror y el desastre sembrado por ISIS estos últimos años. Son el rostro de la segunda generación del enemigo. Pero sobretodo, son niños, que en sus cunas, no declaran ni una guerra, ni una matanza, ni ninguna aberración que quizás sus padres si apoyaron. Desde esas cunas, desde esos hospitales, y aldeas desprovistas de los recursos más imprescindibles son sólo víctimas de la desnutrición, la hipotermia, la falta de higiene y el aire contaminado por las armas de destrucción masiva. 

Los menores, víctimas inocentes

Lo único que vemos en ellos son sus ojos, sus cicatrices, sus heridas, sus espasmos, sus estados de shock, sus caras demacradas, muchas con quemaduras, con puntos de sutura, en estados irreversibles con la pérdida de alguna parte del cuerpo. Sólo podemos ver el resultado exterior de como la guerra se ha cobrado con ellos el precio más alto. No podemos tocar las vidas infernales que tienen, ni los episodios traumáticos que han presenciado, ni siquiera sabemos con exactitud como sobrevivió cada uno de ellos a las matanzas, a los bombardeos, a la guerra. Pero lo que ellos no saben, es que son víctimas en primer grado de sus propios progenitores. Lo que no entienden aún y es mejor que nunca lo hagan es que, están donde están porque sus padres decidieron darles vida en un estado de incertidumbre y de desprotección total. 

“Cualquiera que sea el crimen que han cometido sus padres, los más de 3.500 niños extranjeros que languidecen en los diferentes campos del noreste de Siria son claramente víctimas inocentes del conflicto y deberían ser repatriados a sus países de origen para garantizar su seguridad y bienestar”,señala Paul Donohoe al país, portavoz de la ONG Comité Internacional de Rescate (CIR) que trabaja en los campos de acogida en el noreste de Siria. 

Los niños apátridas son invisibles. No tienen ninguna tipo de existencia legal y tienen en su mayoría que hacer frente a la exclusión y la discriminación que los marcará de por vida. No poseen ningún tipo de documentación, y por lo tanto no pueden ni demostrar su edad, ni podrán beneficiar de programas de protección de menores muchos de ellos.

Nunca podrán beneficiarse de la protección de sus derechos fundamentales y estarán expuestos a los peligros de la prostitución, el abuso, el trabajo forzado y en el peor de los casos serán blancos fáciles para los supervivientes del Daesh que quieran perpetuar la violencia y sus ideologías extremistas. 

Las consecuencias de la falta de reconocimiento internacional

La falta de reconocimiento internacional no es sólo un problema político humanitario de todos los países implicados en esta causa, se trata sobre todo de una lacra social que va a arrasar con la vida de estos niños destinados a vivir al margen de la sociedad, en entornos hostiles, sin oportunidades de desarrollo, integración o realización. La infancia y adolescencia de estos menores en su mayoría huérfanos, la alimentarán el resentimiento, la rebeldía y el odio en un entorno en el que predominarán la violencia como educación, el odio como ideología y como resultado, tendremos adultos blancos fáciles para ser casi todos “los nuevos soldados del Estado Islámico”. Como mundo nos enfrentaríamos a la segunda generación del Estado Islámico, con una formación propia de quienes han sido educados para exterminar, de quienes han crecido entre la destrucción, la guerra, las armas, la miseria y  el “nada que perder” tan común de los mártires. Los ideales de demencia de sus predecesores y el olvido que el mundo les habrá profesado durante toda su infancia y su adolescencia, les convertirá en la mayor amenaza existente.  

Muchos de los familiares de los niños extranjeros quieren repatriarlos y acogerlos de vuelta, no sólo temen porque están en zonas de peligro, sino que su mayor inquietud es la posible retirada de EEUU de Siria y la caída del apoyo internacional que podría llevar a los Kurdo-sirios a hacer entrega de presos a Irak o al Gobierno de Damasco, donde si es legal la sentencia de muerte, y donde ya se está sentenciando y torturando a menores sólo por una posible prueba de “relación con el Daesh” sin atender a sus Derechos Humanos fundamentales .  

Así es como una de las encargadas kurdas del campamento al Roj explica:” Los años van pasando y estos niños están creciendo en un entorno propicio para la radicalización yihadista,, es de interés internacional y nacional de los países llevárselos de vuelta cuanto antes. No es una solución para nadie condenarlos al exilio, se forjarán como los soldados más salvajes que hayamos nunca visto.”

Las cifras de la tragedia

Se desconoce la cantidad exacta de menores de origen extranjero que hay en los campos, sólo tenemos la información de 2018 del Centro Internacional para el Estudio de la Radicalización (ICSR), que anuncia que al menos 3.704 niños nacidos en el extranjero fueron llevados por sus padres al territorio del Daesh. A esto hay que sumarle los hijos que han tenido todos ellos desde que llegaron, dado que se promovía tener hijos entre las esposas de los militantes, con el fin de perpetuar el autoproclamado califato. Informes verificados nos acercan a cifras de alrededor de 10.000 niños. 

Muy pocos niños extranjeros han sido repatriados a día de hoy, y pese a los obstáculos para su repatriación tal como la identificación, se acusa a los gobiernos de estancamiento para evitar tener que tomar decisiones difíciles, sin tener la conciencia sobre la importancia de actuar antes de que sea demasiado tarde. 

Ya existen niños que han sido reclutados por el ISIS, la mayoría de ellos llegaron con 5 o 6 años, y empezaron a ser adoctrinados a los 9, sin embargo muchos otros han estado al margen del yihadismo sufriendo solo los daños colaterales de la violencia ejercida entre bandos. Estos últimos pese a tener traumas psicológicos que les impiden dormir bien y les han desencadenado ansiedad o incluso estados de shock que requieren ayuda clínica, presentan síntomas normales de quienes han crecido en zonas hostiles y violentas, y necesitan ayuda psicológica y humanitaria, pero sobretodo alejarse del lugar de su tragedia, en el que cuanto más tiempo pasan, más son propensos a caer en el extremismo radical. 

 

Están a tiempo de no convertirse en sus padres. Están a tiempo de no convertirse en criminales. Están a tiempo de tener un futuro. Y el mundo se está quedando cada vez más, sin tiempo para evitarlo.