Eva Cifuentes

Aunque la sanidad, la educación y los derechos humanos van abriéndose paso en el país africano, todavía queda un importante núcleo de población que sigue pasándolo realmente mal y todavía están lejos de saborear estos avances: las mujeres que viven en los pueblos de Etiopía.  Es el segundo país más poblado del continente africano, pero a su vez es de los países más pobres del mundo. 

La mayoría de sus habitantes viven con menos de dos dólares al día, según destacan organizaciones como Oxfam Intermón. Pese a ello, según las estadísticas, es una de las economías cuyo PIB más crece en los últimos años y cada vez despierta más interés por parte de inversores extranjeros. 

Etiopía se va impregnando de progreso poco a poco y se van produciendo cambios importantes, como el nombramiento en el mes de octubre de Sahlework Zewde como primera presidenta del país. De hecho, la embajadora se ha convertido en la única mujer de África que ostenta tal cargo en la actualidad. Sin duda, una muestra de que en Etiopía las cosas están evolucionando no solo en materia económica, sino también política y social. 

Ser niña en los núcleos más rurales de Etiopía sigue siendo difícil. Pese a que la educación hasta los 16 años se ha vuelto obligatoria, los costes que supone, sumado al machismo cultural que impone que la mujer debe dedicarse a cuidar de los hijos y a trabajar en el campo como tareas principales, hace que ir a la escuela sea algo muy secundario para las familias. Además de una escasa educación, muchas de estas niñas siguen sufriendo prácticas prohibidas como la ablación genital femenina (AGF), ilegal desde el año 2004, pero que en el ámbito más rural se sigue practicando. La pobreza obliga a que muchas de ellas tengan que emigrar a países vecinos como Líbano o Emiratos Árabes a trabajar con el sueño de ahorrar un dinero que en su país de origen es impensable y ayudar así a sus familias a tener una mejor calidad de vida. 

Las condiciones laborales de estas jóvenes no son cómodas ya que la tónica general de las familias empleadoras es exogir a estas jóvenes al máximo. Además, según relatan los voluntarios o cooperantes que trabajan en el terreno, en muchas ocasiones bien los empleadores o bien las agencias de colocación a la que acuden las etíopes se quedan con sus pasaportes para evitar que vuelvan a su país en lo que dura el contrato. 

“Cada año más niños quieren apuntarse a las escuelas y los campamentos de verano para aprender”

Marta es una voluntaria madrileña que lleva varios años acudiendo cada verano a la región de Oromía a enseñar inglés a niños y niñas de 3 a 16 años. “Cada año hay más lista de espera y más niños y niñas que se quieren apuntar para aprender más”, señala. “La vida y mentalidad de los pueblos es muy distinta a la de las ciudades. Aquí las familias son más conservadoras y es más difícil que de verdad vean la educación de sus hijos como una forma de progresar, pero sí se nota que poco a poco se va cambiando, y ya no solo los pequeños quieren acudir a las escuelas, sino que son los propios padres y madres los que quieren, y eso es algo verdaderamente positivo”.

Tal y como explica esta voluntaria, todavía muchas familias necesitan que sus hijas adolescentes trabajen en países como Emiratos para subsistir, “así pueden aspirar a conseguir dinero que les permita ser propietarios de una pequeña casa o un pequeño negocio”, relata Marta. “Es un tema para lo que  las familias son muy reservadas y no lo hablan a la ligera. Aunque no siempre se ve como algo negativo, algunas adolescentes tienen muchas ganas de ir y poder ver más mundo mientras que ganan dinero”.

Otro punto importante para poder entender como es la vida allí es la falta de partidas de nacimientos o censos, “apenas existen, sobre todo en los pueblos”, explica. Según comenta, es muy difícil llevar un seguimiento de los niños y adolescentes que acuden o faltan a la escuela pese a que es obligatoria hasta los 16 años. Esto favorece que la tasa de desescolarización en estas zonas sea elevada. Según los datos de la UNESCO (a fecha del año 2016) la tasa de analfabetismo en Etiopía es del 42,7% en los hombres y del 59% en las mujeres. Como explica Marta, igual de importante es educar a los niños y niñas como a sus familias, “tienen que compartir la visión de que ir a la escuela es importante y beneficioso para el futuro de sus hijos e hijas”, sostiene.  

Además de la educación, la mentalidad machista también va cambiando paulatinamente. “Es una sociedad machista, pero allí también trabajamos para erradicar esto. Los niños, al ver como es el trato entre nosotros, voluntarios y voluntarias, hacen lo mismo entre ellos y se eliminan esas barreras de género. Es más fácil con los más pequeños, a medida que crecen el arraigo cultural es mayor, pero no es imposible cambiarlo. Pequeñas cosas, como que todos recojan la clase y no solo las chicas, ayudan a fomentar la igualdad, y trabajamos mucho ese aspecto también. 

Los vientos de cambio han llegado a Etiopía. Ya tienen a su primera mujer presidenta del Gobierno, un hito histórico que marca el ritmo del progreso femenino en el país. Aún queda mucho camino que recorrer, pero, relatos como el de Marta, hacen pensar que la sociedad etíope está avanzando de forma positiva.