Paco Soto

Pie de foto: El primer ministro de Túnez, Youssef Chahed.

El primer ministro de Túnez, Youssef Chahed, que llegó al poder en agosto de 2016 con la promesa de reformar muchas estructuras sociopolíticas y pelear contra la corrupción, no lo tiene fácil. Desde el punto de vista político y social, Túnez es el país más avanzado del Magreb. La transición a la democracia está siendo exitosa, pero las dificultades son enormes y ponen en peligro las todavía frágiles estructuras institucionales. A pesar de grandes avances desde 2011 y de tener una Constitución democrática desde 2014, la crisis económica, las convulsiones sociales, la corrupción y el terrorismo yihadista son los principales problemas del país. Como ocurre en muchos otros países árabes, la corrupción daña a las instituciones, la actividad económica y la propia sociedad. Chahed, que es ingeniero agrónomo y ha sido profesor visitante en muchas universidades del mundo, es un político pragmático y honesto. Su lucha contra la corrupción, que le obliga a enfrentarse a poderes fácticos casi intocables, no está siendo tan efectiva como él pensó cuando llegó a la jefatura del Gobierno. Tiene el apoyo de una parte significativa de la población, pero no es suficiente para acabar con viejas prácticas corruptas y debilitar a poderosos cínicos y egoístas que jamás defendieron los intereses nacionales sino únicamente sus privilegios.

Pie de foto: Souhayr Belhassen, expresidenta de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre (FIDH).

Apoyo de diversas personalidades

En este contexto tan difícil, unas 50 personalidades de diversos ámbitos dan su apoyo a la campaña anticorrupción de Chahed a través de una petición publicada en el periódico ‘Huffpost Tunisie’. Bajo el título de ‘Túnez-Operación Manos Limpias’, los protagonistas de dicha iniciativa destacan que Chahed lleva a cabo un combate “que sin duda pone en juego su propia vida”. Entre los firmantes de la petición solidaria se encuentran personalidades relevantes como Souhayr Belhassen, antigua presidenta de la Federación Internacional de los Derechos del Hombre (FIDH); Yadh Ben Achour, jurista y universitario que dirige una instancia para la reforma política en la transición democrática; y el dirigente del movimiento islamista Ennahda Abdelfatteh Mourou. Los firmantes quieren que la campaña no solo afecte a los “intocables” del país magrebí sino al conjunto de corruptos que minan la salud democrática y la buena marcha económica de Túnez.

“Lucha por la dignidad” 

La petición pone de manifiesto que “La Revolución tunecina surgió bajo el signo de la lucha contra la pauperización y por la dignidad. Fue por ello una sublevación contra la corrupción” y también “una revolución ética”. Tanto es así que, destacan los autores del texto, “La lucha anticorrupción ha sido inscrita en la Constitución de 2014”. Desde la caída del dictador Zine El Abidine Ben Ali, en 2011, la lucha contra la corrupción ha sido un objetivo de los sucesivos gobiernos democráticos. En el marco de la transición democrática se han creado varias comisiones para combatir la lacra de la corrupción, y los medios de comunicación clásicos y digitales llevan años haciéndose eco de este grave problema. Sin embargo, los resultados obtenidos son más bien escasos, lo que crea un gran pesimismo y aleja a buena parte de la ciudadanía de la clase política y las instituciones democráticas. Existe un malestar social que solo beneficia a los populistas y demagogos. A los islamistas de Ennahda y de otros movimientos de naturaleza parecida pero también a los vendedores de humo revolucionarios en la izquierda radical.

Sospecha popular

Actualmente, ministros, diputados, líderes de partidos, dirigentes sindicales y de movimientos cívicos conectados directa o indirectamente al mundo de la política, pero también policías, aduaneros, comerciantes y hombres de negocios son sospechosos de cara a la opinión pública. Esta sospecha generalizada es un peligro para la joven y frágil democracia tunecina que únicamente beneficia a quienes la cuestionan.  La corrupción es un mal endémico que afecta incluso a los aparatos del Estado en Túnez. Por eso mismo es tan difícil poner en marcha una estrategia de lucha anticorrupción como la que se ha propuesto el primer ministro tunecino. Sin una sociedad civil más activa y comprometida y una presencia más notable de personalidades conocidas por su honradez y apego a valores éticos y democráticos, “Youssef Chahed no conseguirá ningún éxito”, opina un comentarista de la vida pública tunecina.

Pie de foto: Manifestación en Túnez contra la ley de amnistía por delitos de corrupción.

El momento es crucial para el primer ministro, que se ha propuesto cortar los numerosos tentáculos de la corrupción que se extienden incluso hasta los aparatos de seguridad y judiciales. Así las cosas, nadie se puede extrañar que en una situación tan compleja como la que vive Túnez en materia de corrupción la propia vida de Chahed esté en peligro. Y la existencia de una ley de amnistía por delitos de corrupción no facilita la labor del primer ministro.

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