Sebastián Ruiz/mundonegro.es

Como las calles se presentan desmanteladas de exotismo en la estación de autobuses de Arusha (Tanzania), es fácil que una furgoneta descapotable, con cuatro blancos arremolinados en las barandillas de la parte superior, y ataviados con ropa de safari haciendo fotos –como si tuvieran un resorte automático en el dedo–, llame la atención. Es el reverso publicitario que se vende en Europa. Los locales son los que asisten asombrados a una parafernalia divertida que saben que repercutirá económicamente en sus bolsillos.

El turismo es una de las industrias de más rápido crecimiento en África convirtiéndose en un sector que conlleva desafíos y oportunidades para las grandes empresas pero, también, para las comunidades locales. Lo sabe Yusuf, quien conduce y zigzaguea la NISAN mientras comprueba que no está loco, que hay método en su locura de guía autónomo. El turista medio interesado en el continente es atraído por una mezcla de imaginario construido a base de documentales de flora y fauna, películas hollywoodienses, grandes reportajes fotográficos, y una semana de vacaciones a pleno sol. El Banco Mundial lo confirma: “la observación de especies silvestres representa el 80% del total de las ventas anuales de viajes a África, siendo el safari el producto más popular”. Algo chic para las urbes occidentales.

Según el Africa Tourism Monitor 2015 un total de 65,3 millones de turistas internacionales visitaron el continente en 2014, alrededor de 200.000 más que en 2013. En 1990 África, que se encontraba en los márgenes internacionales, daba la bienvenida a solo 17,4 millones por lo que el sector ha cuadruplicado su tamaño en menos de 15 años. Los principales turistas que llegan lo hacen desde Estados Unidos, Reino Unido y Francia representado casi el 60% de la demanda en 2015.

De acuerdo con la Organización Mundial del Turismo (OMT), el buen desempeño en 2014 (un incremento del 4 por ciento respecto al año anterior) lo convierte en uno de los destinos turísticos de más rápido crecimiento del mundo, solo superado por el sudeste asiático (6 por ciento). Seguramente por esta razón Yusuf tiene una pegatina en la parte trasera de su furgoneta que reza en suahili: “Sencillamente pon tus labios juntos y sopla”. Es decir, la materia prima está ahí, al alcance más o menos de cualquiera con el virus de la emprendeduría. Algo parecido, una tendencia perversa, es la de los denominados tours de la pobreza en los slums (guetos) de Nairobi, Johannesburgo o Lagos. Después de tomar el chai con leche, y a la salida del sol, un guía te adentra en las profundidades de la desgracia humana como si de un parque de atracciones se tratara.

A la cabeza, dos países del norte de África encabezan la lista de los más visitados del continente: Marruecos con más de diez millones se consolida como el destino preferido por los turistas seguido de cerca por Egipto, que experimentó el mayor crecimiento en el sector en 2014, con un aumento del 5% en solo un año. En el tercer puesto se encuentra el primer país productor de cacao del mundo, Costa de Marfil. Precisamente, en su capital económica, Abiyán, se reunieron el pasado abril representantes del sector turístico africano así como 18 ministros de turismo para reflexionar sobre las dinámicas a las que se enfrenta esta industria.

Y más turistas también significa más puestos de trabajo. En todo el continente hay alrededor de 20 millones de personas que trabajan directa o indirectamente para la industria del turismo. Esto significa que el sector representa el 7,1 por ciento de todos los puestos de trabajo en África, entre guías, personal de hoteles, intérpretes, personal de aviación, conductores o empresas de alimentación.

Vuelos a bajo coste y visados comunes

África, ese océano inabarcable que describía Kapuscinsky en Ébano, conserva lugares emblemáticos como las pirámides de Sudán, la gran mezquita de Djenné (Malí), cuyas paredes están construidas con ladrillos de barro cocido, o las iglesias talladas en piedra en la ciudad de Lalibela, en el norte de Etiopía. Las pinturas de Tassili N’Ajjer (Argelia), uno de los mayores museos del mundo de arte rupestre al aire libre, o las de Tsodilo (Botsuana), denominado el “Louvre del desierto”. Paisajes con atractivos como las cataratas Victoria (Zambia-Zimbabue), el desierto del Kalahari (Namibia) o montañas nevadas como el Monte Kenia o el Kilimanjaro. Pero llegar a ellos forma parte, en la mayoría de ocasiones, de una aventura en sí mismo.

“El transporte por carretera es notoriamente deficiente en muchos países africanos y con el aumento de las compañías aéreas nacionales así como la frecuencia de vuelos de las operadoras internacionales llegar a lugares antes casi inaccesibles es una realidad”. Quien habla es Lissa, una piloto nacida en Namibia y desde hace cuatro años una de las encargadas de los vuelos internos en el parque nacional del Serengueti. Según la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA), la industria de la aviación de África está creciendo a un ritmo de un 4,7 por ciento, y se espera que el número de pasajeros se duplique a 300 millones en las próximas dos décadas.

Buena parte de culpa de este fenómeno tiene que ver con las compañías de bajo coste: Kulula y Mango (sudafricanas); Fly540 y Jambojet (kenianas); Fastjet(tanzana); o Dana Air (nigeriana) son algunas de las aerolíneas que se están consolidando en toda la región adaptándose a la demanda de la creciente clase media del continente. La firma aeronáutica brasileña Embraer corrobora esta información al subrayar que las compañías aéreas de África y Oriente Medio necesitarán unos 530 nuevos aviones en los próximos 20 años.

Favorecer el tránsito de turistas en palabras de la OMT podría aumentar los ingresos y la creación de empleo entre un 5 y un 25 por ciento. Por esta razón son muchos los esfuerzos en la simplificación del sistema de visados junto a los mecanismos de cooperación regional. Algunos ejemplos son: los intentos de hacer realidad una visa común para los miembros de la Comunidad para el Desarrollo del África Austral (SADC)el visado “KAZA” (Kavango Zambeze) en una zona de conservación que comprendería a Angola, Zimbabue, Zambia, Botsuana y Namibia; o la visa común para África del Este en la que de momento se incluyen Kenia, Uganda y Ruanda.

El último impulso en esta línea se hizo público el domingo 6 de marzo. Ghana celebraba el 59 aniversario desde la independencia y su presidente, John Dramani, anunciaba desde el atril que a partir de julio, el país comenzaría a ofrecer visados en sus fronteras a todos los ciudadanos miembros de la Unión Africana (UA). El propio Banco Africano de Desarrollo informa que actualmente solo un 25 por ciento de los países ofrecen visas a la llegada a los nacionales de otros países africanos. Únicamente Seychelles mantiene una política de visas para todos los miembros de la UA. Quiere decir que no todo el mundo puede viajar libremente. O dicho de otra manera, que un norteamericano lo tiene más fácil para viajar por el continente que un africano. De momento.

El desafío de un turismo sostenible

11 grandes hogueras ardieron durante más de cuatro horas en el National Park de Nairobi el sábado 30 de abril. Alrededor de 105 toneladas de marfil de elefante y 1,5 toneladas de cuerno de rinoceronte fueron quemadas enviando un mensaje calcinado a los cazadores furtivos y traficantes. Fue una señal que apretaba la sensibilidad humana porque de acuerdo con la Born Free Foundation, alrededor de 30.000 y 50.000 elefantes fueron asesinados al año entre 2008-2013. El número era de 1.200.000 ejemplares en 1970. Hoy, apenas quedan 400.000 y la tasa de muerte está superando a la tasa de nacimientos en África.

Los elefantes y los rinocerontes son las especies más amenazadas por la caza furtiva, algunos de los animales más apreciados en los circuitos de safaris. Su desaparición además de provocar un impacto severo sobre los ecosistemas donde habitan provocan una lapidación de los ingresos en estas áreas protegidas que emplean a población local para su mantenimiento. Precisamente, la decisión de designar 2017 como el Año Internacional del Turismo Sostenible para el Desarrollo llega en un momento particularmente decisivo en África.

El pasado mes de septiembre, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaba que el turismo figurara en las metas de tres de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). El propio Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas, alertaba: “El comercio ilegal de fauna y flora silvestres socava el estado de derecho y representa una amenaza para la seguridad nacional; degrada los ecosistemas y constituye un obstáculo importante para los esfuerzos de las comunidades rurales y los pueblos indígenas que luchan por gestionar de manera sostenible sus recursos naturales”. Es una paradoja. El turismo elitista basado en la observación de la naturaleza en estado puro puede morir de éxito.

El boom hotelero pese a todo

Apoyado en el mirador de su selecto hotel de lujo en el cráter Kyaninga, muy cerca de Fort Portal (Uganda), Steve Williams, un inglés descamisado apaga el cigarrillo mirando las cancelaciones de huéspedes de los últimos meses. “El ébola no solo afecta a África del oeste. En Europa, los turistas solo ven noticias sobre enfermedades en el continente y una epidemia como esta nos perjudica mucho…”.

El desconocimiento también mata y el turismo en la denominada por Churchill “la perla de África”, a miles de kilómetros y selvas de Liberia o Sierra Leona, se ha visto resentido por el ébola. Sí. Al igual que la industria en Kenia o Etiopía mira con recelo los ataques de Al Shabab, o la de África Central las incursiones constantes que realiza Boko Haram en Nigeria y Camerún.

Sin embargo, la actividad no cesa. Todo se mueve a un ritmo frenético. Porque aunque el turismo a la carta priorice cambiar de destino frente a las amenazas, hay un sector que claudica frente a las evidencias. La vitalidad económica del ladrillo se refleja en la propia construcción de infraestructuras que está alfombrando a las grandes capitales con ofertas aptas para todos los bolsillos. El menú rebosa variedad para los inversores que pueden desembolsar en Nigeria, el país más poblado del continente, 400.000 dólares para construir una habitación de hotel, 250.000 dólares en Ghana, o escasos 2.000 dólares para aclimatar una zona de acampada en Malawi bajo el sello de ecoturismo en la montaña de Livingstonia.

Esta dinámica está fermentando un mercado donde las multinacionales hoteleras como Marriott (la que más presencia tiene en el continente), Hilton o Starwood están desarrollando nuevos proyectos. Y el apunte. El hotel más grande construido en los últimos años en el África subsahariana se encuentra en Oyala (Guinea Ecuatorial), la futura capital administrativa del país. El Grand Hotel Djibloho, concebido por el presidente Teodoro Obiang, abrió sus puertas en abril de 2015 con 452 habitaciones. Falta por corroborar si estas inversiones repercutirán en la población local y de qué forma.

 

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