Paco Soto

 

Pie de foto: Policías de Zine el Abidine Ben Ali en una protesta callejera.

Túnez, que en el seno del denominado mundo árabe es el país más democrático, está dando pasos firmes en el proceso de construcción de un Estado de derecho. A pesar de la crisis económica y social, el alejamiento de gran parte de la población de los partidos tradicionales y los ataques del terrorismo yihadista, la democracia se consolida en el pequeño país magrebí. Tanto es así que las audiciones públicas de antiguas víctimas del régimen dictatorial de Zine el Abidine Ben Ali, organizadas por la Instancia Verdad y Dignidad (IVD), han hecho mella en sectores de las fuerzas de seguridad que en el pasado martirizaron a su propio pueblo. Según publica el semanario ‘Jeune Afrique’, un tal Ridha, expolicía de 68 años de la época de Habib Bourguiba y Ben Ali, aceptó denunciar el sistema represivo del régimen anterior y sus propias miserias como torturador. Ridha, que es un nombre supuesto, prefiere ocultar su verdadera identidad, y dice que lo hace, “sin lugar a duda, por cobardía, pero es que no quiero exponerme; mi mundo se derrumbaría. Excepto mi mujer, nadie conoce esta parte de mi pasado”. El expolicía de la dictadura nació en un pueblo pequeño del Sahel, cerca de Msaken. Se hizo policía sin ser consciente –asegura- que “integraba un sistema represivo”. Al revés, Ridha, contaminado por la ideología oficial, se sentía orgulloso de pertenecer a una fuerza pública al servicio del poder autoritario, a “una élite”, recalca.

Pieza esencial del Estado

Integró la escuela de mandos policiales a mediados de los años setenta del siglo pasado, cuando el jefe supremo del país era el déspota ilustrado Habib Bourguiba. “Estábamos convencidos de que éramos un engranaje necesario del Estado. En la enseñanza que nos daban, la tortura no estaba en el programa, pero las técnicas de interrogatorio, los cursos de psicología y la formación física nos enseñaron a modelar nuestras actitudes y a ejercer presiones para romper las resistencias” de los opositores al régimen, cuenta Ridha. En 1978, el antiguo torturador fue destinado a Gabes (sur de Túnez). En aquellos años –explica Ridha-, vio que las personas que detenía “no eran asesinos”, sino seres humanos que tenían opiniones críticas con el sistema. Explica con detalles que los detenidos tenían que aguantar malos modales, gritos, golpes y coacciones por parte de la Policía. En la labor policial “nos convertimos en un monstruo”, lamenta Ridha.

Pie de foto: El exdictador Zine el Abidine Ben Ali.

“Los malos tratos siempre han existido. Mucho antes de Ben Ali y después de él”, afirma el exagente de las fuerzas de seguridad tunecinas. Ridha cuenta que la Policía tunecina asumió la herencia brutal del periodo colonial francés y de la breve ocupación que ejerció sobre Túnez la Alemania nazi. “No inventamos las corrientes eléctricas, nos decían nuestros superiores, que nos hablaban de los excesos cometidos por los torturadores como si fueran hechos heroicos”, señala el expolicía de Bourguiba y Ben Ali. Abundando en la misma línea, comenta que todos los miembros de las fuerzas de orden público hicieron parte de la Policía política. Esta Policía, según Ridha, estaba en todos los servicios: “la guardia presidencial, la DSE [la Dirección de la Seguridad del Estado], en informaciones generales o en la guardia nacional”.

Represión contra los islamistas

La represión contra la oposición durante la etapa de Ben Ali en el poder, según dice el expolicía torturador, se incrementó “a principios de los años 1990”. El régimen se dedicó a perseguir a los islamistas. “Actuábamos en granjas aisladas, en comisarías, en locales del Ministerio del Interior y también en cuarteles como los de El-Gorjani y Bouchoucha”, manifiesta Ridha. En estos lugares, la Policía torturaba y maltrataba a los detenidos durante los interrogatorios. Ridha destaca que “lo primero que teníamos que hacer era humillar [a los detenidos], vencer su resistencia; les obligábamos a desnudarse” y “les pegábamos con mangueras y látigos”. Las descargas eléctricas y otras torturas, como introducir el cuerpo de un detenido en una bañera llena de agua y de productos químicos, hacían parte de las prácticas policiales, recuerda Ridha. El antiguo policía reconoce que la tortura no se practicaba para obtener información sino para doblegar a los detenidos.

Una vida confortable

El expolicía narra que, a pesar de su triste papel de torturador, su vida ere “confortable”, porque “estaba construyendo mi casa, tenía proyectos, viajaba a Francia y a Reino Unido para formarme, participaba en intercambios intermagrebíes y trabajaba en información antiterrorista”. “Más tarde –asegura Ridha-, me di cuenta de lo que habíamos hecho: reprimir a personas por sus opiniones”. Llegó la fase del arrepentimiento para el extorturador. Dice Ridha: “Muchas veces me he dirigido a Dios, pero su perdón es más fácil de obtener que el de los hombres”. A partir de 2011, cuando una revolución popular derrocó a Ben Ali, el antiguo policía se dio cuenta que tenía que contar lo que había hecho en la etapa dictatorial. Ahora –reconoce-, “tengo miedo de ser procesado y de acabar en prisión, y de tener que vivir lo que yo impuse a otros. Quizá sea un cobarde, pero no soy un monstruo”.

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