Opinión

¿Crepúsculo ruso de los dioses?

Rusia

La condena de Alexei Navalny a tres años y medio en una colonia penal se supone que es un castigo por no cumplir las condiciones de su fianza y presentarse ante la Policía rusa, habiendo sido envenenado en su momento con Novichok por el servicio secreto ruso (FSB) y estando en coma. Se encontraba en un avión de camino al hospital en Alemania para salvar su vida.  

La absurda sentencia que se le impone sugiere que la Rusia de Vladimir Putin está en una imparable marcha atrás hacia las viejas formas autoritarias de la Unión Soviética, en la que Putin comenzó su carrera en el KGB, trabajando con la Stasi en sus primeros días en Dresde. 

Esto es cada vez más evidente: el asesinato de Anna Politkovskaya en 2006, la manipulación de la Constitución después de 2008 para cimentar a Putin en el poder para toda la eternidad, el encarcelamiento de las activistas de Pussy Riot, la anexión de Crimea, el asesinato de Boris Nemtsov en 2015, las misteriosas muertes de activistas y el envenenamiento de figuras de la oposición, y ahora el caso de Navalny - con pruebas irrefutables de un escuadrón de sicarios del FSB implicado en más asesinatos de activistas de derechos humanos, según los periodistas de investigación de Bellingcat.  

Al mismo tiempo, cada vez se sabe más sobre el mayor escándalo de corrupción de Rusia hasta la fecha, el "Palacio del Mar Negro" de Putin, que costó 1.000 millones de dólares. 70 millones de rusos, la mitad de la población, han visto ya el documental de dos horas. Se extiende un sentimiento inconfundible de "ya basta", mientras los ciudadanos indignados agitan escobillas de inodoro doradas en referencia a los 700 euros que cuestan dichas escobillas en el palacio "Aquadisco", el cual incluye un club nocturno y su propio estadio subterráneo de hockey sobre hielo. Mientras tanto, los pensionistas tienen dificultades para pagar el alquiler.

Al encarcelar a Navalny, Putin se arriesga a convertir al líder de la oposición en un mártir, un Nelson Mandela ruso. 

No obstante, los índices de aprobación de Putin han superado el 50% gracias a los medios de comunicación estatales controlados. El intento de asesinato (dos veces) de Navalny, las oleadas de detenciones arbitrarias y la exhibición de niveles insanos de corrupción han cambiado todo eso: hay más gente en contra de Putin que a favor de él. Lo que llama la atención es que, a pesar de la increíble oleada de detenciones y de la brutalidad policial, la gente sigue manifestándose: incluso los conductores de los trenes y de los coches que pasan señalan su solidaridad tocando el claxon y haciendo señales. 

Con cada detención, Putin se parece más al difunto líder de la República Democrática Alemana Erich Honecker: se aproxima al abismo e inicia su propia condena. Cuando Gorbachov abrió la puerta a la democracia y la libertad en Rusia por primera vez en 1.000 años, la vieja ‘nomenklatura’ soviética intentó deshacerlo todo en el golpe de Estado de 1991. Pero los rusos habían probado las libertades a las que no querían renunciar: se enfrentaron a los tanques con sus propias manos para defender su Casa Blanca. 

El gasoducto Nordstream 2 ya no puede justificarse a conciencia y ocho personas cercanas a Putin ("los 8 de Navalny") se enfrentan ahora a sanciones: Alemania, Francia, Estados Unidos y otros países han denunciado a Putin por el caso Navalny. ¿Se sumará pronto todo el pueblo ruso? Como dijo Alexei en su encendido discurso ante el tribunal: "No se puede encarcelar a millones ni a cientos de miles de personas. Espero que la gente se dé cuenta de esto. Y lo harán". 

Jaka Bizilj, fundador de la Fundación Cine para la Paz, Berlín