Opinión

¿Tienen nacionalidad las vacunas contra el virus? 

¿Tienen nacionalidad las vacunas contra el virus? 

Siguiendo las noticias de los últimos días relacionadas con la pandemia mundial y los procesos de vacunación, a muchos europeos les puede asaltar la idea de que el Reino Unido tenía razón al separarse de la Unión Europea. Vamos a acabar pensando que los euroescépticos británicos que ganaron por tan estrecho margen el referéndum de 2016 no andaban fuera de onda al votar como lo hicieron una salida traumática del proyecto común de los europeos. Lo que está ocurriendo con el reparto de las vacunas (la operación masiva de compra de un producto por una institución supranacional, mejor dicho), con la burocracia europea enredada en su propia lentitud y con alguna firma productora de vacunas aprovechando esa circunstancia,  demuestra que cuando hay que dar un puñetazo en la mesa, Bruselas no es tomada del todo en serio. El problema es que hay un contrato superior a los trescientos millones de euros que se está incumpliendo, y la Comisión quiere ahora forzar a uno de los fabricantes, AstraZeneca, a enviar los viales al continente desde sus fábricas en el Reino Unido, ante lo cual el antiguo amigo Boris Johnson no se va a callar ni va a aceptar cualquier intromisión.  

Stella Kyriakides es uno de esos altos cargos comunitarios a los que nadie conoce pero que tiene un ejército de asesores y empleados. Como comisaria europea de Salud, sabe mejor que nadie de la necesidad de envíos que empiezan a tener los 27 para seguir administrando vacunas a sus poblaciones. Ella cree que esto no es como las carnicerías de barrio, en las que el primero que llega coge el número y es el primer atendido, el que se lleva la parte sabrosa de los solomillos y el lomo alto.  Su metáfora de la cola de la carne ha sido muy reveladora, pero no resuelve el problema a las comunidades españolas que han tenido que detener el proceso porque ya sólo tienen vacunas suficientes para la segunda dosis de los ciudadanos que recibieron la primera hace un mes. La política de sanciones millonarias ejemplares de la Unión Europea podría empezar a ser una solución a este galimatías con forma de jeringuilla y fluido inmunizador.  

Llegados a este punto conviene preguntarse si las vacunas tienen o no nacionalidad. Si las que se producen en Bélgica son sólo para ese país y por extensión para la UE, o si la firma que las produce puede privilegiar sus acuerdos con terceros, como el Reino Unido o Estados Unidos. La historia se repite desgraciadamente, porque algunas cancillerías europeas ya pusieron el grito en el cielo antes de navidades cuando se retrasó la distribución de dosis en Europa para que UK y USA empezaran los primeros a administrar la inmunización a sus ciudadanos. No sirvió de nada entonces el enfado, porque mes y medio después estamos en las mismas. Igual que podemos pensar en esa idea de “vacunas belgas”, los británicos creen que las producidas en su territorio deben tener prioridad para su distribución en las islas. En Londres se envuelven en nacionalismo para clamar por la “vacuna nacionalista”, la que nace. Crece y se dispensa sólo dentro de las fronteras del país que abandonó el barco de Europa para, entre otras cosas, poder hacer lo que ahora está haciendo en esta crisis sanitaria.   

Con la guerra Bruselas- AstraZeneca quedan retratados también algunos dirigentes europeos como Pedro Sánchez, quien aseguró con la confianza que acostumbra que en verano estarán vacunados el 70 por ciento de los españoles. Entre celebración y celebración de la salida del ministro de Sanidad con destino a la campaña electoral catalana, el presidente español podría aclarar si su apuesta sigue en pie al comprobar la escasez de vacunas en una Europa de la que él es uno de los principales mandatarios.