Opinión

12 de septiembre

Tropas de Estados Unidos en Afganistán

El 11 de septiembre de 2021 nos reencontramos con la verdad. El fuego y las imágenes del avión chocando con el World Trade Center de Nueva York. Las víctimas pedían auxilio en las ventanas, esperando una muerte horrorosa entre las llamas, y tal vez sentían el temblor de los edificios bajo sus pies. El humo y los gritos de pánico en Manhattan transmitidos en las televisiones del mundo entero. La incertidumbre. El terror. 20 años después del mayor asesinato en masa de la historia provocado por un grupo terrorista que terminó con la vida de 2.977 personas, nos hemos por fin dado cuenta de la infranqueable distancia entre la verdad, la mentira y la historia. 

La primera verdad es que un grupo de asesinos, Al-Qaeda, utilizó como armas de guerra aviones con pasajeros pilotados por terroristas, con la intención de provocar una masacre matando a más de 50.000 civiles que trabajaban en las Torres Gemelas para representar, con el macabro ataque, el principio de un nuevo milenio fanático y el final del orden democrático occidental. Escogieron como víctimas a los ciudadanos de la ciudad más simbólica de América y atentaron contra los símbolos de ese poder militar, económico y cultural. La imagen invulnerable de Estados Unidos, la seguridad del orden mundial y el inconquistable progreso económico de Occidente se hicieron añicos, junto con las vidas de las víctimas del atentado. 

La segunda verdad es que, ante la magnitud del brutal e inimaginable ataque, Estados Unidos organizó una respuesta integral, legitimada y apoyada internacionalmente para castigar a los responsables y reducir la amenaza terrorista que se había convertido a partir del 11 de septiembre en la primera prioridad para la seguridad norteamericana y global. El comienzo de las primeras acciones militares tuvo lugar en Afganistán el 7 de octubre. Después se puso en marcha la elaboración y aprobación de la Patriot Act para dar cobertura jurídica y política a la estrategia, y se ampliaron las acciones en un segundo escenario, Irak, lo cual no contó con la unanimidad del apoyo internacional y fue contestada desde sectores sociales y algunos gobiernos. 

A partir de aquel momento, la verdad fue sustituida por la historia. La justificación de la posible existencia de armas de destrucción masiva en Irak resultó ser inconsistente y falsa y Estados Unidos redefinió una estrategia renovada para impulsar el despliegue militar. Políticamente consistía en proyectar un cambio en la región de Oriente Medio y Asia Central mediante la promoción de la democracia y el apoyo a la presión sobre algunos regímenes y líderes. La proliferación de grupos terroristas y de mercenarios asesinos y los atentados indiscriminados en distintos países y ciudades relevantes de países aliados de Estados Unidos, internacionalizó el conflicto. Y la progresiva implicación de regímenes rivales como el iraní, derivó en una guerra entre guerrillas en Irak, que a su vez desató las enemistades y enfrentamientos entre facciones religiosas islámicas e intereses políticos diversos. 

La llegada de Obama a la Presidencia intentó mantener los objetivos estratégicos, pero incrementando la acción política sobre el terreno de los países de Oriente Medio. La Primavera Árabe puso en marcha una sucesión de fenómenos de protesta violentos contra los dictadores de algunos países, reclamando un avance de las libertades en aquellos. Finalmente desencadenó el inicio del conflicto de Siria y la represión por parte de los regímenes mejor protegidos por su relevancia económica o por su capacidad de recibir ayuda exterior de terceros. Osama bin Laden, identificado por la inteligencia americana en Pakistán, fue abatido como lo fueron decenas y centenares de líderes terroristas y colaboradores, así como miles de víctimas, combatientes y civiles, en el marco de las acciones armadas que ya tenían lugar en tres escenarios al mismo tiempo. En 2014, el presidente anunció el cambio de estrategia para iniciar un lento y progresivo repliegue, alterado y dificultado por distintas circunstancias históricas. 

En 2017, con Donald Trump en la Casa Blanca, Estados Unidos modifica definitivamente su estrategia de seguridad nacional con nuevas visiones y objetivos y sitúa otras prioridades antes de la lucha contra el terrorismo. La rivalidad con China, la primera de ellas, una vez que la emergencia de la potencia económica asiática había fortalecido su aspiración de convertirse en una potencia política, aprovechando el desgaste de Estados Unidos. La catástrofe de Siria pone de manifiesto en este largo final, el fracaso del orden multilateral internacional, incrementado por el paréntesis neo aislacionista de la Administración Trump, que finalmente opta por la revisión de alianzas con determinados países de Oriente Medio y confirma la retirada americana del terreno afgano. 

Una guerra justa requiere una causa justa, justa proporción y el objetivo de reestablecer la paz. Los objetivos de la guerra contra el terrorismo fueron desvirtuados por la mentira y por los acontecimientos históricos que en un conflicto varían y pervierten el camino hacia la paz. La proporción de los medios utilizados fue desigual. Estados Unidos bajó al terreno apestoso de los terroristas para vencerles y advertirles sobre las consecuencias que tiene caer en el fanatismo criminal. No lo hizo siempre con proporción. Pero nunca hubiera sido justo responder a un ataque masivo con aviones suicidas de pasajeros utilizando la Policía y el cuerpo de Bomberos. Y finalmente, los ataques a las Torres Gemelas que hemos visto en las televisiones 20 años después. Y que nos han confirmado de nuevo que la causa fue justa. España así lo entendió y trasladó nuestro apoyo y nuestros soldados, hasta el último momento presentes en Afganistán, para perseguir a los terroristas y reestablecer la seguridad internacional y la paz.