Opinión

75 aniversario de Naciones Unidas

ONU

El nacimiento de las Naciones Unidas marca como pocos otros acontecimientos el nacimiento del orden liberal. Una organización que tenía como objetivo el establecimiento de un sistema internacional donde los Estados independientes y soberanos se sentaran en pie de igualdad en una Asamblea, representando al conjunto de las naciones y pueblos no sujetos a ningún tipo de atadura de carácter colonial, con el objetivo de armonizar su desarrollo y promover procesos ordenados de independencia.

Desde ella, los bancos internacionales y los instrumentos y programas de cooperación fueron impulsados para la construcción de un mundo más justo y la consecución de unas relaciones más dinámicas en su capacidad de crecimiento y sus actividades comerciales. Y con un Consejo de Seguridad, liderado por las potencias vencedoras en la Segunda Guerra Mundial, con derecho de veto, como tutela de un marco de seguridad colectiva, el cuál debería de ser observado por los actores estatales, alianzas de defensa o grupos no estatales revisionistas, para afrontar sus decisiones políticas y sus proyectos de acción militar.

Pocos años después de aquel ilusionante nacimiento, posible gracias al recuerdo espantoso del horror, el violento proceso descolonizador y la envolvente Guerra Fría se convirtieron en los fenómenos que, durante 40 años, oscurecieron el futuro de la organización y también de los países y dirigentes con impasible memoria. 

Así podía haber comenzado su discurso en el 75º aniversario de la ONU el presidente Donald Trump, pero prefirió dejarse de monsergas e ir al grano de la actualidad: China es responsable de la pandemia del coronavirus y representa una amenaza para el orden internacional, el cual, por cierto, no he tenido tiempo de describir en estos siete minutos. Contamina más que nadie y no es fiable a la vista del desdén con el que trata las relaciones comerciales y tecnológicas que ahora son civiles y políticas, pero que pueden ser en poco tiempo, igualmente tecnológicas, pero fundamentalmente militares y estratégicas. 

En siete minutos de campaña electoral con argumentos de política exterior, no pudo explicar los logros de las Naciones Unidas en materia de intervencionismo humanitario ni recordar que, en el seno de ese mismo Consejo de Seguridad, se dio el visto bueno a la intervención de Estados Unidos en respuesta a los ataques del 11S en 2001. Después de que la ONU hubiera servido como marco de negociación para la pacífica desmembración de las Unión Soviética y la adaptación del orden global a la era postcomunista. Ni tampoco para plantear alguna acción multilateral para combatir la pandemia, la cual, vaticinó, finalizará felizmente en 2021. 

Xi Jinping no respondió a los comentarios de Trump con contra mensajes encontrados, sino que recuperó el discurso buenista sobre que China no tiene la intención de provocar ningún deterioro del orden mundial, cada vez más incoloro e insípido.

Y Putin no hizo referencia a su obstinado propósito de hacer presente un sistema multipolar de potencias, con zonas de influencia definidas y no sometidas a los dictámenes de una organización que a él le sirve para destacar maldades de sus rivales y lo bueno de sus proyectos.

Macron habló largo y tendido de Europa y de Francia como una simbiosis de multilateralismo y de media potencia, para advertir sobre las nuevas amenazas que cambian de contexto y escenario, Mediterráneo oriental y norte de África, pero no de fundamento, terrorismo y fortalecimiento de grupos e intereses complejos, en un mundo cuyo rumbo, la escasa potencia y el genio europeo y francés no puede siquiera orientar.  

En el escaparate, ahora virtual, del estrado de la Asamblea de Naciones Unidas en donde Yaser Arafat acudió un día con pistola y vestido de guerrillero, como lo hiciera el triste revolucionario Guevara, afortunadamente desarmado, los líderes de las grandes potencias no han sabido ponerse de acuerdo sobre cómo enderezar el mundo en esta década. Los infelices años 20. Aquellos en los que la organización inventada por Roosevelt perdió su memoria y su artificio.