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Opinión

Afganistán, un país de usar y tirar

Bandera de Afganistán

El ataque de Al-Qaeda a las Torres Gemelas, planificado en Afganistán, y que dio pie a la invasión de este país, coincidió en el tiempo con la puesta de largo en los pasillos del poder de los marcos teóricos del neoconservadurismo norteamericano. El elemento característico de esta nueva generación de conservadores fue la formulación de una agenda política positiva, que buscaba ocupar el lugar que antaño tuvo el catalizador del anticomunismo. Este positivismo político era, primariamente, una reivindicación de la hegemonía estadounidense, articulada mediante una primacía militar intervencionista, reflejo del nuevo orden mundial unipolar. Los arquitectos intelectuales de esta nueva visión fueron Robert Kagan, Charles Krauthammer y Bill Kristol, editor del Weekley Standard, el órgano washingtoniano del neoconservadurismo.  Estas ideas llegaron a la Casa Blanca de George W. Bush de la mano de su vicepresidente Dick Cheney, artífice del nombramiento de un núcleo duro de neoconservadores como Abrams, Armitage, Bolton, Wolfowitz y Perle, que estaba en plena sintonía con el secretario de Defensa Donald Rumsfeld.  En consecuencia, el 11 de septiembre de 2001 fue la oportunidad que los neoconservadores estaban esperando para poner en práctica su visión idealista para un nuevo siglo estadounidense, cuya piedra angular era la implantación del modelo sociopolítico norteamericano de grado o por fuerza en países como Afganistán, creyendo que era posible emplear en un país con miles de años de historia y una enorme complejidad demográfica simples soluciones voluntaristas.

Bajo esta óptica, el fiasco de Washington es la otra cara de la moneda del previo fracaso de Moscú en Afganistán: la constatación de la impotencia de las superpotencias occidentales para imponer la construcción nacional de una u otra estructura sociopolítica, a pesar de no haber en realidad sufrido, ni la una ni la otra, derrota militar estratégicamente determinante alguna. Al final, en ambos casos se impuso un cálculo de costes y beneficios: una vez que Washington  encontró en China una nueva amenaza en la que focalizar sus energías, el paradigma neoconservador se  convirtió en una rémora onerosa de la que había que desprenderse lo antes posible, siendo indiferente a este respecto que quien esté en la Casa Blanca sea Trump o Biden, y, por eso, legitimar a los talibanes convirtiéndoles en un actor central del simulacro del proceso de paz -fingiendo que eran un interlocutor creíble para formar un Gobierno razonable en Kabul- fue una hoja de parra.

En este sentido, ahora, el factor verdaderamente relevante de la situación a la que se ha precipitado Afganistán es el conjunto de dinámicas geoestratégicas que el dominio talibán en ciernes ocasionará en los países limítrofes. Los primeros que se han apercibido de los riesgos en juego han sido los rusos, quienes, lejos de dejarse distraer regodeándose con la humillación americana, han pasado a la acción, movilizando tropas rusas, tayikas y uzbekas a 20 kilómetros de la frontera de Tayikistán con Afganistán, engrasando su maquinaria militar ante una potencial expansión del empuje talibán al patio de atrás de Moscú, las diásporas que ya empiezan a salir de Afganistán, y el tráfico de opio.

Tampoco tienen ninguna razón para la complacencia en Islamabad y Nueva Delhi.  Pakistán tiene pocas dudas de que está abocado a entenderse con la mayoría pashtún que nutre a los talibanes, mientras se aprestan a detentar el control de un emirato islámico. Imran Khan sabe bien que la alternativa es la anarquía, además del riesgo de correr la suerte de su antecesora, Benazir Bhutto. Lo último que necesita Pakistán es que se repita la situación de la década de los 90, cuando los talibanes estaban en el poder y grupos terroristas vinculados a Pakistán perpetraron ataques contra intereses indios desde suelo afgano. Con Narendra Modi en el poder, y la candente situación en Jammu y Cachemira, es harto improbable que India optase por una mera política de contención frente a una nueva ola de ataques terroristas. A la postre, la intervención ‘neocon’ en Afganistán nunca pasó de ser una aventura militar en busca de una justificación plausible, algo que ahora es imposible acreditar ante la emergencia del coloso chino y el despunte de un mundo multipolar.  Estados Unidos sale de Kabul parodiando la caída de Saigón en 1975, desentendiéndose, como entonces, de los problemas que deja detrás.