Opinión

Afganistán, un país en guerra perenne

Un soldado en Afganistán en una imagen de archivo.

El escritor británico Hugh Kingsmill decía que hay naciones que solo están en paz cuando están en guerra. Afganistán ha estado continuamente en guerra desde 1978, lo que ha causado unos dos millones de muertos en un país que tiene menos población que España. En octubre de 2001, EEUU invadió el país como respuesta inmediata a los ataques de Al Qaeda el 11 de septiembre del mismo año, orquestados por Osama Bin Laden desde su base en Afganistán, haciendo de esta intervención la más prolongada en la historia militar norteamericana.

El cruel sarcasmo es que el saudí Bin Laden fue en gran medida un producto de los servicios de inteligencia norteamericanos, por los que fue reclutado en 1980 para crear una red de apoyo a los muyahidines afganos que combatían a las tropas soviéticas, que habían invadido Afganistán en 1978 para tratar de apuntalar el tambaleante régimen comunista. Tal fue el éxito de la encubierta y cara iniciativa norteamericana de alentar a grupos islámicos de todo el mundo a combatir al comunismo en Afganistán, que el ejército soviético sufrió una suerte similar a la de las tropas británicas en sus guerras afganas de 1838-42 y 1878-80, viéndose obligado a retirarse derrotado en 1989. No obstante, los muyahidines siguieron combatiendo a los adversarios de EEUU en otros lugares, como Bosnia y Chechenia, y respaldaron las acciones militares de Pakistán en Cachemira.

En Afganistán, el Gobierno títere interpuesto por EEUU tras la desbandada soviética, había sido sobrepasado por los talibanes -apoyados por Pakistán- en 1996 después de una guerra civil que fue la antesala de un periodo de terror talibán generalizado, durante el cual nació Al Qaeda, con la meta de globalizar la yihad islámica, objetivo que lograron en 2001 al llevar a cabo el primer ataque en suelo norteamericano en la historia de EEUU, cobrándose la vida de 2.977 personas y desatando una ola de psicosis colectiva en occidente, cuyas consecuencias aún perduran.

George Bush, a la sazón presidente de EEUU, situó apresuradamente el foco de la guerra en Afganistán, ocupando el país en un intento de neutralizar a Bin Laden, quien consiguió desplazarse desde la región de Tora Bora a Pakistán, dónde gozó de santuario hasta su muerte a manos de tropas especiales estadounidenses en 2011.

Como sostuvo Mark Twain, aunque la historia no se repita, acostumbra a rimar: 30 años después de la vergonzante retirada del Ejército soviético de Afganistán; las Fuerzas Armadas estadounidenses se disponen a iniciar una salida sin pena ni gloria del país en un momento en el que la violencia sigue siendo generalizada en todo el país, y cuando los talibanes controlan más territorio que nunca desde 2001. 

El previsible vacío de poder implícito a la salida de los americanos puede llevar fácilmente a otra guerra civil, pese a los esfuerzos de la Administración Trump por domesticar a los talibanes incorporándolos al Gobierno afgano, a cambio de franquear la salida segura de las tropas americanas a tiempo para la campaña de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2020.  

Desde el punto de vista geopolítico, con su retirada, Estados Unidos deja los destinos de Afganistán a disposición de los intereses de una troika ruso-chino-pakistaní, que sin duda sabrá sacarle partido a la ocasión que les brinda Trump, cuya Administración ya ha acordado con sus contrapartes rusa y china la retirada de las tropas americanas, en el marco de un implausible proceso de paz, que presupone la colaboración de los talibanes, a los que EEUU exigen divorciarse de Al-Qaeda. 

Sin embargo, los talibanes rechazan entrar en conversaciones formales con el gobierno democrático de Kabul hasta que se haya cerrado un acuerdo bilateral para la retirada incondicional del contingente norteamericano, si bien en las últimas semanas han tenido lugar en Qatar reuniones oficiosas entre el gobierno afgano y los talibanes, a la vez que los talibanes aseguran que usaran la violencia para boicotear las elecciones presidenciales afganas de septiembre de 2019.

De hecho, y de manera semejante a cómo se desarrolló la fase final de las negociaciones entre el Vietcong y EEUU en los 70, tanto Estados Unidos como los talibanes han intensificado su respectiva actividad militar durante las conversaciones de paz. Por consiguiente, parece que el anuncio de la retirada de las tropas norteamericanas viene dictado por un calendario político artificial que responde a los intereses del actual ocupante de la Casa Blanca, y no de una mejora verificable y sostenible de la situación sobre el terreno.