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Opinión

Ahora Kazajistán, otra rebelión contra el totalitarismo

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Durante treinta años Kazajistán ha estado bajo el puño de hierro de Nursultán Nazarbáyev, quién tomó el poder en la última república que proclamó su independencia al certificarse la desintegración de la URSS en 1991. Cuando Nazarbáyev cede el poder en 2019 mantiene no obstante su influencia y su capacidad de mover los hilos en la sombra. Para que tampoco los kazajos se olviden de que sigue presente hace bautizar con su nombre la nueva capital del país, Nursultán, edificada enteramente durante su largo mandato y convertida en un muestrario de la opulencia de un país rico en petróleo y gas.

A su sucesor, el presidente Kassym-Jomart Tokaiev, los apenas 18 millones de kazajos no le tienen la misma veneración y respeto, de manera que las manifestaciones de protesta se suceden, especialmente en la región de Mangystau. La intensidad de las mismas ha ido creciendo a medida que los precios tanto de los combustibles como de los transportes y de los productos alimenticios han recortado paulatinamente la capacidad de la inmensa mayoría de la población para llegar a fin de mes.

A la manera de las protestas en la Bielorrusia del dictador Aleksandr Lukashenko, en Kazajistán se ha ido pasando de las protestas por el alza de los precios a las reclamaciones más políticas, que exigen libertad y democracia. Cientos de detenciones se han producido en las manifestaciones de esta misma semana, y por primera vez los enfrentamientos han sido de tal violencia que 95 policías han resultado heridos.

Para aplacar la presión, el presidente ha destituido (ha aceptado la dimisión, según el comunicado oficial) a su primer ministro, Askar Mamin, junto con la totalidad de sus ministros. Ha nombrado provisionalmente a Alijan Smailov para que pacifique los ánimos, para lo cual ha declarado el estado de emergencia en todo el país, con su correspondiente toque de queda nocturno.

Una oposición que exige libertad y democracia

Aunque Kazajistán es formalmente una democracia, los sucesivos y aplastantes triunfos electorales del anterior presidente, la existencia de una severa censura de hecho y la violencia de la represión, están alumbrando una oposición radical, que exige la dimisión del presidente y de su círculo de poder, al tiempo que preconiza el asalto y toma de los edificios en los que se albergan las principales instituciones del país. El presidente Tokaiev ya les ha advertido de que pueden ser considerados agentes del extranjero, y que se abstengan de proseguir con sus “actos delictivos”, porque serán severamente castigados.

Kazajistán se había convertido a lo largo de los últimos treinta años en la gran potencia económica de Asia Central, hasta el punto de que numerosas empresas multinacionales de todo el mundo, incluidas españolas, han realizado numerosos e importantes negocios. Con un crecimiento sostenido por encima del 10% anual, Kazajistán ha superado ampliamente a las demás repúblicas turcomanas de Asia: Azerbaiyán, Kirguistán, Turkmenistán y Uzbekistán.

La crisis económica por la que atraviesa Rusia, su principal socio económico y comercial, y la bajada de los precios del petróleo, se ha traducido en una fuerte subida de los precios al consumo, una fuerte inflación  y la consiguiente devaluación de la moneda local, el tenge.

Pese a la enorme extensión del país, 2,8 millones de km2 y su escasa población, la llama de las protestas iniciada en la localidad de Janaozen, en la región de Mangystau, se ha extendido rápidamente a la antigua capital y hoy principal centro económico, Almaty, y a Aktau, la principal ciudad junto al Mar Caspio.

Junto con los bálticos, a los que considera irredentos, Ucrania y Bielorrusia, Kazajistán es una de las joyas del fenecido imperio ruso, que Vladímir Putin quisiera resucitar. Una joya en la que la Unión Soviética realizó la mayor parte de sus ensayos nucleares a pelo, lo que ha dejado enormes y graves secuelas en el territorio y en la población kazaja que los sufrió.