Opinión

Al reencuentro con nosotros mismos

Pedro Bofill

En los atribulados y confusos tiempos que vivimos, en los que impera la violencia verbal que supone la práctica de la posverdad —relato basado en la distorsión de la realidad, cuando no en la ignorancia, o en la conjunción de ambas—, considero una obligación dar a conocer sucintamente el proceso de construcción del sistema de libertades del que gozamos en España.

Sobre todo, el cómo y el porqué de que fuera posible una transformación tan formidable y vigorosa.

Trato de difundir los comportamientos políticos y sociales, así como los valores compartidos por todos, o al menos por una gran mayoría de los españoles, que nos permitieron iniciar el proceso que convertiría a España durante las últimas décadas en una de las naciones más democráticas y solidarias del contexto internacional.

España, y los españoles con su comportamiento, deslumbraron al mundo, que observaba cómo se producía un cambio político ejemplar en un entorno perturbador e incierto regido por la “Guerra Fría”.

“Aquellos fueron tiempos de incertidumbre y zozobra, tiempos difíciles, pero también de esperanza e ilusión.”

La transición democrática española fue un proceso pacífico de reforma rupturista que sentó las bases de un sistema democrático exitoso en España después de una larga dictadura, un proceso en el que se abordaron con acierto asuntos tan arduos como la forma de Estado, el sistema de gobierno y el modelo de sociedad.

Como he afirmado en otras ocasiones, fue realmente “una auténtica revolución democrática” pues no hay nada más revolucionario que subvertir un Estado totalitario de manera pacíficamente consensuada”.

La clave de la culminación de ese proceso se fraguó en dos ideas fuerza: el consenso y la reconciliación nacional, ideas compartidas por la mayoría de la sociedad española, de las fuerzas políticas, sindicales y sociales, cuyos responsables y dirigentes supieron jugar sutilmente una partida estratégica que perseguía el mismo objetivo: una España democrática avanzada e inserta en la Europa de las libertades y el bienestar.

Ciertamente el cambio fue favorecido por los deseos políticos y las transformaciones de los hábitos de los españoles producidos en el segundo lustro de los años sesenta.

Durante aquel periodo se formó una clase media, resultado del incremento económico y del bienestar de las familias; y se produjo además una profunda transformación de las relaciones laborales y de los comportamientos en los sectores intelectuales, estudiantiles e incluso empresariales, para los cuales el sistema normativo y la estructura política del franquismo suponían un corsé que constreñía las libertades y la potencialidad del crecimiento económico y cultural.

El desencadenante del proceso en el seno de la oposición democrática al franquismo fue la creación de la Junta Democrática en julio de 1974 en torno al Partido Comunista y al Partido Socialista Popular, y, posteriormente, de la Plataforma de Convergencia Democrática en junio de 1975, cuyos aglutinantes fueron el Partido Socialista Obrero Español y la organización democristiana Izquierda Democrática, entre otras fuerzas del mismo signo.

La fusión de ambas organizaciones de la oposición a la dictadura franquista en marzo de 1976 en la denominada Coordinación Democrática —conocida popularmente como la “Platajunta”— permitiría meses después articular una comisión de negociación con el presidente Suárez.

Esta comisión estuvo integrada por nueve representantes entre los que se encontraban los dirigentes nacionalistas. Los principales objetivos eran, resumidamente, la amnistía, la libertad política y la convocatoria de elecciones a unas Cortes Constituyentes.

“La España oficial había iniciado a su vez, ya antes de la muerte de Franco, un complejo y espinoso camino para transformar radicalmente las instituciones de la dictadura conforme a las exigencias de modernización democrática de la sociedad española”.

El sector más lúcido y mayoritario de la clase política franquista era consciente de la obsolescencia del entramado institucional y de la necesidad de implantación de un sistema democrático homologable internacionalmente, pero no todos compartían el procedimiento del cambio ni mucho menos la profundidad de este.

Tras la aprobación en las Cortes Generales de la Ley para la Reforma Política, la llamada Ley del Harakiri (en este caso suicidio político por razones honorables), refrendada por el pueblo español en el referéndum del 15 de diciembre de 1976 con el 94% de los votos emitidos, y la celebración de las elecciones del 15 de junio de 1977, que permitieron la formación de unas Cortes Constituyentes, éstas aprobaron la vigente Constitución Española, ratificada en el referéndum del 6 de diciembre de 1978 por el 91% de los votantes.

Pedro Bofill

A partir de la Ley para la Reforma Política se inicia un proceso político basado en el diálogo, conocido como la “transición a la democracia”.

Ésta fue la viga maestra, la gran obra colectiva de una sociedad que permitió que los españoles gozáramos del periodo de paz y bienestar más amplio de nuestra historia; una transición certeramente definida por el profesor Tomás y Valiente como una “sinfonía coral sin partitura, que se interpretó en un único concierto sin espectadores, porque nadie quedó fuera del escenario”, cuya originalidad y acierto radicó en que fue el fruto de las negociaciones impulsadas por el primer Gobierno de Suárez entre los sectores reformistas del régimen franquista y los representantes de la oposición democrática.

“Comenzábamos la ardua búsqueda de nosotros mismos reflejados en los otros para poner fin a los muchos años de rencor y de odio.”

Los españoles llevamos cuarenta y tres años disfrutando de democracia. Como ocurre en cualquier otra, el camino ha estado lleno de dificultades, de grandes y graves obstáculos que conseguimos afrontar y casi siempre superar de manera más o menos acertada; en ello radica justamente la fortaleza del sistema que fuimos capaces de construir.

Vivir en democracia no es fácil; la libertad se conquista todos los días; el ejercicio de los derechos y el uso del bienestar, también.

Convivir pacífica y libremente requiere de diálogo, de colaboración, de acuerdos y de mutua comprensión. Estos requerimientos estuvieron permanentemente presentes en el espíritu de la transición.

Ellos presidieron las actuaciones y actividades que permitieron que los españoles superáramos mediante el diálogo y el acuerdo las dificultades que hubo que padecer, en especial, el terrorismo, las crisis económicas, la crispación política y las desavenencias sociales, entre otras.

“Nuestra transición no fue un proceso sencillo. Fue más bien un tiempo de sobresaltos, de incertidumbres, de angustias y de tragedias.”

Fue un periodo en el que hubo grupos interesados en dilapidar la ambición de una sociedad empeñada en convivir en paz y libertad, así como en frustrar los esfuerzos de las organizaciones políticas para instaurar un sistema político abierto, donde cupiésemos todos los españoles tras décadas de baldíos enfrentamientos.

Para hacer frente a esos desafíos disponíamos de las más poderosas armas con las que cuentan las sociedades civilizadas: la palabra, el diálogo, el respeto y la voluntad de superar unidos las adversidades.

Pero éramos conscientes de que las auténticas dificultades para consolidar la democracia empezaban a partir de aquel momento.

Hubo que hacer frente al terrorismo y a la violencia política, a la vesania asesina de ETA, del Grapo y de la extrema derecha, cuyos intentos desestabilizadores propiciaron una situación realmente explosiva, que a punto estuvo de conseguir el descarrilamiento del proceso democrático en el trágico mes de enero de 1977.

“Los secuestros del presidente del Consejo de Estado, Oriol Urquijo, y del general Villaescusa cometidos por el Grapo, la terrible matanza de Atocha perpetrada por unos pistoleros de la extrema derecha —en la que asesinaron a tres abogados y dos trabajadores del PCE y CCOO—, y los asesinatos de Arturo Ruiz y Mari Luz Nájera hicieron planear sobre España en aquellas fechas el espectro de la Guerra Civil.”

Afortunadamente, esas acciones obtuvieron el efecto contrario al que buscaban los asesinos que las cometieron.

La respuesta sosegada de las organizaciones políticas a las provocaciones criminales, escenificada en el entierro de los asesinados de Atocha, que fue presidido por un sobrecogedor silencio que aún resuena en los que allí estuvimos, y la sorprendente eficacia del Gobierno al liberar a las dos personas secuestradas, reafirmaron el propósito de consensuar un modelo de convivencia democrática avanzada e integradora.

Ciertamente la lucha contra el terror fue la más dura de las batallas, por la dilación en erradicarlo y por el gran número de víctimas inocentes que se cobró, entre ellas, un número significativos de niños y adolescentes, y, aunque finalmente la sociedad española y las fuerzas de seguridad del estado lo vencieron y doblegaron, todavía hoy en día comprobamos la desafección de esos sectores hacia la libertad.

“Fue una batalla en la que los demócratas estuvimos unidos sin fisuras, aunque no recibimos el apoyo y la colaboración debida de algunos miembros de la Unión Europea hasta bien avanzada la década de los años ochenta.”

Aún recuerdo cómo siendo yo europarlamentario, Barbara Dührkop —viuda del senador Enrique Casas asesinado por ETA en su propia casa—, también parlamentaria europea, se veía obligada a explicar en reuniones con ciudadanos suecos la auténtica naturaleza de esa banda de asesinos.

En la actualidad, los herederos políticos de aquella barbarie siguen emponzoñando la convivencia con sus diatribas retadoras desde los escaños del Congreso y desacreditando las instituciones democráticas.

Con sus comportamientos y homenajes a los terroristas continúan vejando a los familiares y a las víctimas del terror. Por ello, para muchos socialistas y para muchos votantes del PSOE resulta lacerante que se produzcan acuerdos del actual Gobierno con los herederos de ETA. No es aceptable que Moncloa bien valga el olvido de tanto sufrimiento.

Pedro Bofill parte 1: al reencuentro con nosotros mismos - factores de poder. Jefe de Departamento de la Presidencia del Consejo Económico y Social de España y director de la revista de la Asociación de Exdiputados y Exsenadores.