Opinión

Alemania, Francia e Italia redefinen la UE

UE

El liberal Christian Lindner será el poderoso ministro de Finanzas en el nuevo Gobierno alemán del canciller socialdemócrata Olaf Scholz. Ambos conformarán la línea política de la Unión Europea tras la salida definitiva de la escena de Angela Merkel. Y su primer cometido será reponer el tren europeo sobre los raíles de la ortodoxia, después de que la pandemia de la COVID-19 obligase a relajar las medidas de control presupuestario. El 1 de enero de 2023 es la fecha fijada ya por la Comisión para restablecer los principios básicos de no sobrepasar el 3% máximo de déficit público ni el 60% del PIB de deuda.  

Lindner, el hombre que marcará la pauta europea, siempre ha sido un firme militante de la ortodoxia, lo que antes de la pandemia se calificó en los países del sur de Europa, especialmente en España, de “austericidio”. Queda, pues, apenas un año para diseñar cómo se restablecen las medidas “canónicas” de control, teniendo en cuenta que en los últimos dos años tanto el déficit como los niveles de deuda se han disparado en toda la UE, eso sí con España como el miembro más alegre de la pandilla en el sobrepaso de los límites.  

Es evidente que el nuevo Gobierno socialdemócrata-verde-liberal germano no podrá revertir de golpe la inercia de un gasto desbocado, pero no es difícil pronosticar que impondrá planes de ajuste draconianos, no exentos de márgenes cada vez más estrechos de flexibilidad, para que los europeos vayan tomando conciencia de que la fiesta del gasto toca a su fin. En todo caso, no se cuestiona el restablecimiento del Pacto de Estabilidad, que en el fondo es la clave de bóveda de la propia cohesión de la UE. La cuestión fundamental para resolver será cómo suavizar el coste social que traerá tal determinación, a fin de paliarlo y dulcificarlo, pero sin cuestionar el principio de que las cuentas han de volver a cuadrar sin trampas, enjuagues ni otros artificios de la ingeniería contable y financiera. 

El nuevo tridente del poder europeo  

Sin Merkel pero con Scholz, Alemania seguirá siendo la principal potencia económica de la UE, poder aderezado de una creciente influencia política. Un liderazgo que contará como principales socios a Francia e Italia; la quebrada de hecho España, cada vez más alejada de la cabeza, puede quedar reducida a ser un país intervenido, ensimismado en sus peleas internas y cuitas aldeanas.  

A este respecto, cabe resaltar el Tratado del Quirinal firmado en Roma por el presidente de la República francesa, Emmanuel Macron, y el presidente del Consejo de Ministros italiano Mario Draghi. Un texto profundo, dividido en once capítulos de envergadura, que abordan desde la visión común en política exterior y de defensa hasta la cooperación transfronteriza y el futuro de la administración pública. Es mucho más que una declaración de intenciones, tanto que algunos analistas lo comparan al tratado que firmaron en 1963 Charles De Gaulle y Konrad Adenauer, piedra angular del eje franco-alemán como motor de Europa.  

Macron y Draghi no ocultan así su intención de servir de contrapeso al poder germano sin discutir su liderazgo, pero conformando en última instancia el tridente decisorio de la nueva UE. De ese grupo de cabeza se ha descolgado España, tanto por el descontrol de sus finanzas como por la desconfianza que despierta su actual arquitectura política, contemplada en la Europa ahorradora y seria como un amenazante factor de desestabilización.  

Por supuesto, tanto franceses como italianos otorgan a España un papel primordial en la política mediterránea, ámbito de especial atención por su explosividad, pero unos y otros no la consideran a su mismo nivel, lo que traerá como consecuencia una menor influencia española en la conformación de la nueva UE. Europa necesita de locomotoras y desgraciadamente España parece conformarse en los últimos años con el papel de mero vagón de arrastre.