Opinión

Antisemitismo, el mal que no desaparece

Antisemitismo en tiempos de la COVID-19

El antisemitismo, entendido como el odio y la hostilidad hacia los judíos, expresada abiertamente o de forma implícita, ha estado presente a la largo de la historia de la humanidad, particularmente en Europa y en el mundo árabe. El antisemitismo ha adoptado diversas formas, pero al fin y al cabo se caracteriza por la fobia, la marginación e incluso la persecución de la población judía, que hoy en día representa menos del 0,3% de la población mundial. 

A lo largo de los últimos años varias ONGs y agencias han alertado de un repunte en las actitudes hostiles contra esta los miembros de esta comunidad, exhibidas tanto en los países con una población significativa de judíos como aquellos donde éstos conforman una diminuta minoría. El antisemitismo, sin embargo, no es nuevo, sino que se trata de una actitud que viene de lejos.

Antisemitismo ayer

Existen diversos temas recurrentes (lo que en inglés se conoce como tropes) en los discursos antisemitas a lo largo de la historia: por ejemplo, la caricaturización de la comunidad judía como un enorme pulpo extendiendo sus tentáculos sobre el mundo para controlar sus designios, una imagen constante en la prensa europea de principios del siglo XX. 

El antisemitismo suele asociar a las comunidades judías que viven en países occidentales con una élite invisible que maneja el destino del planeta: sin ir más lejos, el régimen franquista popularizó la infame expresión contubernio judeo-masónico en el léxico español, en clara referencia a una presunta conspiración global orquestada por los judíos. El panfleto de Los Protocolos de los Sabios de Sion, publicado en Rusia en 1902, buscaba señalar a los judíos como los promotores de una gran conspiración global destinada a controlar el mundo, y que fue crucial para inflamar el antisemitismo en el Este de Europa.  

Otro tema recurrente en el antisemitismo es acusar a los judíos de una doble lealtad. A lo largo de la historia los antisemitas han acusado a los judíos de renunciar a la lealtad de la nación donde viven, acusándolos de ser una comunidad separada, ignorando que tradicionalmente la mayor parte de la población judía ha estado asimilada a los países occidentales. El máximo exponente de este frecuente estereotipo fue el escándalo Dreyfus en Francia. Alfred Dreyfus, un oficial judío francés, fue injustamente condenado por traición, acusado de filtrar secretos militares a Alemania en 1894. El encarnizado debate político y legal que siguió durante la siguiente década dejó patente el antisemitismo implantado en Francia. Dreyfus fue finalmente absuelto en 1906 al ser evidente que su acusación era infundada y motivada por antisemitismo.

Antisemitismo hoy

Las actitudes antijudías siguen presentes actualmente, y algunos de sus temas recurrentes están sólidamente implantados en el imaginario colectivo. Por ejemplo, según un estudio global de la Anti-Defamation League, una de las principales organizaciones dedicadas a la concienciación sobre el antisemitismo, halló que un 44% de los españoles consideran que los judíos “tienen demasiado poder en el mundo de los negocios” y un 27% opinaba que “a los judíos no les importa lo que le pase a la gente fuera de su comunidad”. También un 22% de los franceses sostiene la segunda afirmación, así como un 13% de los alemanes. Estas afirmaciones señalan que muchos de los estereotipos negativos relacionados con los judíos a lo largo de la historia permanecen, de forma más o menos implícita, en Occidente, incluso después del exterminio de seis millones de judíos en el Holocausto.

Francia, el país europeo con la población judía más numerosa, está siendo testigo del ascenso del antisemitismo. En 2015 fueron más de 8.000 los que salieron de Francia para asentarse en Israel, una cifra récord en la historia del país. Recientemente han ocurrido sucesos de marcado carácter antisemita, como las pintadas neonazis en un centenar de tumbas en un cementerio de Estrasburgo en 2019. El periodista y escritor parisino Marc Weizmann afirma en su libro “Odio: la marea del antisemitismo en Francia” que es cada vez más frecuente que los judíos franceses escondan o disimulen su pertenencia a la comunidad, recordando que, en una manifestación en 2018, varios chalecos amarillos le lanzaron insultos antisemitas. Y es que no es casualidad que, en periodos de inestabilidad y descontento social, los judíos sean uno de los colectivos en ser utilizados como chivos expiatorios, algo que de hecho comparten con la población musulmana en Europa.

En Alemania la canciller Angela Merkel alertó en diciembre de 2019 de la “nueva ola” de antisemitismo. Anteriormente ese mismo año el comisionario encargado de investigar el antisemitismo en el país aconsejó a los judíos alemanes a no llevar señas de identidad de su religión, como la kipá, en público. Una encuesta a nivel europeo llevada a cabo en 2018 concluyó que un 89% de los judíos europeos consideran que el antisemitismo ha aumentado los últimos años. 

Antisemitismo transversal

Una característica del antisemitismo es que no está restringido en el ámbito de la derecha radical, como sí sucede con la islamofobia. 

Por ejemplo, el Partido Laborista, la principal fuerza de izquierdas en Gran Bretaña, ha sido acusado en diversas ocasiones de albergar posiciones antisemitas, especialmente durante el periodo en el que Jeremy Corbyn lideró el partido, desde 2015 hasta 2020. En los últimos años, miembros del partido cercanos a Corbyn han sido suspendidos por haber divulgado mensajes antisemitas. Un 86% de judíos británicos respondieron a una encuesta hecha en 2019 que había un alto nivel de antisemitismo en la formación laborista.

Eso no excluye que la derecha radical, que sin duda está en pleno ascenso en Europa y Estados Unidos, también ha hecho suyos algunos históricos mensajes antisemitas. Si anteriormente el antisemitismo estaba reservado a los movimientos más extremos, ahora ha entrado en el día a día de la política. La pandemia del coronavirus ha despertado en foros de Internet frecuentados por supremacistas blancos no pocas teorías conspiratorias que señalan a los judíos como los creadores del virus. 

Como se ha dicho anteriormente, muchas veces el antisemitismo se esconde bajo frases o actitudes que, acaso sin pretenderlo, contribuyen a la caricaturización de la comunidad judía como una sociedad segregada y enajenada. Por ejemplo, Donald Trump afirmó en agosto de 2019 que los judíos americanos que votaban al Partido Demócrata “tenían una ausencia de conocimiento o una gran deslealtad:” de nuevo aparecía la acusación de deslealtad a la comunidad judía, y en la boca del presidente de Estados Unidos nada menos.

En definitiva, el antisemitismo tristemente sigue formando parte del panorama político, y no exclusivamente entre los grupúsculos radicales en los márgenes de la sociedad. El antisemitismo, como otras formas de racismo, se expresa a veces de formas sutiles e incluso invisibles, pero precisamente por eso debe ser tomado en serio. Solo una oposición frontal y sin complejos a las ideas antijudías y los temas recurrentes en ellas pueden evitar que el antisemitismo vuelva a intoxicar el pensamiento político en las democracias occidentales.