Opinión

Apocalipsis: Estado de Emergencia Climática

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Va en serio. Más que el coronovirus, con toda su estela de contagios, muertes y secuelas, el gran desafío global de la humanidad es frenar el deterioro climático que desembocaría en un planeta inhabitable. Ya no hay tiempo para repliegues, remoloneos y cortoplacismos. O esta crisis mundial se ataja o la vida tal y como la conocemos en la Tierra desaparecerá. Es así de simple, y ante tan descomunal certeza todos los demás problemas son absolutamente nimios, incluida esa pandemia contra la que llevamos luchando globalmente todo este aciago 2020. 

El llamamiento con tintes de desesperación del secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, para que todas las naciones declaren el Estado de Emergencia Climática, es el último aviso antes de la caída al abismo. Lo ha pronunciado ante los apenas 70 países presentes en la telemática Cumbre sobre la Ambición Climática, coincidente con el 5º aniversario del Acuerdo de París, cuyo balance de resultados es, cuando menos, desalentador.

En aquel texto calificado con razón de histórico, 197 países se comprometieron a que el calentamiento global no superase un aumento de entre 1,5 y 2 grados. Lejos de cumplirlo, la humanidad está acelerando hasta los 3 grados, cuyas consecuencias ya se están constatando en el desaforado incremento de los fenómenos extremos: sequías pavorosas, huracanes o tifones cada vez más frecuentes y destructivos y un fuerte retroceso en la extensión de las tierras cultivables y productivas, devoradas por las dentelladas de la desertificación. Tampoco escapan a la destrucción general los océanos, crecientemente atacados por la acidificación, al tiempo que aumentan su nivel merced al formidable deshielo de sus polos, y al gigantesco aporte de golpe de masas de agua dulce, que lejos de ser beneficiosas podrían perjudicar el fitoplancton, base de la cadena alimentaria del mar. 

El efecto positivo que se derivó del confinamiento mundial a causa de la COVID-19 no ha sido suficiente a tenor de los datos, que señalan que las concentraciones atmosféricas de los gases de efecto invernadero se han seguido acumulando y registran valores de record. Ya no será tampoco noticia que el 2020 sea uno de los tres años más cálidos desde que se tienen registros porque prácticamente cada año supera al anterior en lo que llevamos de siglo XXI. 

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PHOTO/REUTERS - Presa municipal en Sudáfrica
Las alarmas se encienden en todos los indicadores

Preocupados la mayoría de los humanos por su propia subsistencia o la prosperidad de sus negocios, el cortoplacismo deriva en niveles de contaminación y destrucción del medio ambiente cada vez peores. Tierras,  aguas y bosques de Europa, América y Asia, antes abundantes, generosos y sanos, son ostensiblemente más áridos y están cada vez más preñados de fertilizantes, cuya huella venenosa es dudoso que compense el beneficio de cosechas rebosantes de química.   

Si, como ha anunciado, el presidente Joe Biden vuelve a llevar a Estados Unidos al Acuerdo de París, aún hay motivo para la esperanza. La salida decidida por Donald Trump será sin duda uno de sus peores, si no el más dramático legado, del todavía inquilino de la Casa Blanca. Su apuesta por las energías fósiles fueron decisivas para consolidar el liderazgo del país en la producción y consumo de petróleo y gas, pero siendo junto a China el país más contaminante del mundo, es indudable que ha sido el principal acelerador hacia ese universo inhabitable a largo plazo.

Celebremos en cambio el acuerdo conseguido por la Unión Europea, cuyo Consejo de jefes de Estado y de Gobierno acordó aumentar el recorte de las emisiones para 2030 del 40% previsto hasta el 55%. Seguramente no será suficiente, a la vista de la gravedad de la situación, pero hay que saludar que la UE se sacuda por fin el seguidismo y se atreva a adoptar el liderazgo en una cuestión de vida o muerte, para la propia Unión y para el planeta en general. 

Más allá de sus cuitas por atajar los efectos de la pandemia del coronavirus, en las capitales europeas deben estar tomando nota de uno de los efectos que más se van a notar: la emigración hacia la Unión Europea por causas del calentamiento climático. Además del empuje del terrorismo yihadista en el Sahel, las tierras al sur de Gibraltar están experimentando una fuerte reducción de su productividad, lo que unido a esa bomba de relojería que es la explosión demográfica africana, se traducirá con toda seguridad en un éxodo masivo huyendo de condiciones cada vez más inhóspitas, y en busca de su idealizado sueño europeo. 

El horizonte de conseguir la neutralidad en carbono para 2050 (cero emisiones contaminantes de efecto invernadero) es, pues, más acuciante que nunca. Con notables excepciones la mayoría de los países va a dejar una deuda impagable a las futuras generaciones. Solo faltaría, además, que encima heredaran un planeta inhabitable.