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Opinión

AUKUS

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Las siglas de la nueva alianza de seguridad firmada por Australia, el Reino Unido y Estados Unidos puede convertirse en el acrónimo del nacimiento de un nuevo orden mundial en el Pacífico. La negociación entre los tres países que se ha desarrollado al margen de los aliados europeos, de la OTAN y de terceros aliados, ha puesto en marcha la prioridad estratégica norteamericana de hacer frente a la rivalidad con China a través de nuevos instrumentos multilaterales. La decisión ha provocado una dura respuesta de Francia llamando a consultas a sus embajadores en Estados Unidos y Australia, al considerar que el acuerdo atenta contra la confianza exigida entre aliados y afecta además a los intereses franceses, al romperse el contrato por el cuál Australia iba a comprar 12 submarinos nucleares cuya construcción, liderada por Francia, podría ascender a 90.000 millones de dólares. El coste del nuevo orden internacional va a ser muy alto. Pero a partir de hoy no deben de quedar dudas sobre la firmeza de su implementación.

Estados Unidos ha evidenciado lo que lleva siendo una advertencia a gran escala desde hace varios años. China y su intención de revertir los equilibrios estratégicos en el Pacífico y el Sudeste Asiático y el ‘statu quo’ de algunos territorios insulares, y de algunas soberanías como la de Taiwán, son la principal amenaza para la seguridad norteamericana y global. Y para contrarrestar la emergencia marítima china y disuadir a sus dirigentes sobre las consecuencias de una escalada militar, la AUKUS se presenta como un instrumento de cooperación naval, tecnológica y marítima que garantice la seguridad de las rutas comerciales según los criterios vigentes, y sirva de fuerza disuasoria frente a cualquier alteración o renegociación de aquellos.

En los últimos años, la fórmula para desarrollar esta estrategia no había estado clara. Algunos movimientos hicieron pensar que otros países como India o Japón iban a participar en ella. Incluso que la OTAN podría ser una pieza del entramado. Pero la decisión tomada por la Administración Biden, realista y pragmática, deja clara su nueva doctrina, que pasa por una ejecución efectiva del proyecto estratégico donde los actores implicados tengan suficiente potencia y compromiso para afrontar los pasos que se van a seguir dando. Y que, en el marco de futuras negociaciones a diferentes bandas, irá sumando a distintos actores en una carrera cuyo objetivo no es el de marginar a aliados ni derrotar a enemigos, sino construir un orden donde se reduzcan los riesgos provocados por la rivalidad entre potencias, a la vez que se desarrollan marcos de cooperación abiertos, pero regulados y fiables.

En ese inminente entorno negociador, necesariamente más trasparente, algunos principios deberían de ser observados. El primero es el del compromiso con la defensa y la seguridad que debe de mover a los europeos a asumir costes más altos de los asumidos en el pasado. Los desacuerdos en la OTAN donde los americanos llevan años reclamando incrementos presupuestarios a sus socios, no puede seguir siendo un argumento para agrandar la brecha de la desconfianza. En este sentido, las amenazas en regiones como el Mediterráneo o el Sahel, y las nuevas perspectivas para la seguridad en el Atlántico Sur, deberían de conducir a nuevos compromisos que la organización atlántica tendrá que plantear en la Cumbre de Madrid de 2022.

El segundo planteamiento pasa por la concienciación sobre la necesidad urgente de construir unas estrategias nacionales y europeas solventes y adaptadas a un mundo globalizado, digitalizado y en competencia, donde el interés nacional esté presente, pero definitivamente entendido como un interés mutuo que conduce a alianzas y acuerdos con perspectivas diferentes. La finalización del gasoducto Nord Stream II que conecta Rusia y Alemania a través del Báltico cuya aprobación depende ahora del regulador alemán, puede ser un ejemplo de esta renovada visión geopolítica o geoeconómica. La cooperación global y regional en el desarrollo de la seguridad medioambiental, representa otro ámbito muy evidente en donde las potencias, incluida China, pueden encontrar amplios espacios de entendimiento para la construcción de un nuevo orden mundial. Pero todos ellos, y otros como la inmigración, representan desafíos que no pueden afrontarse sin un planteamiento estratégico que, en países europeos como España, se ve imposibilitado por el desgaste político provocado por los localismos y la polarización política.

La tercera consideración es que, si bien el interés de las grandes potencias determinará sus acciones, tal y como ha constatado el anuncio de la creación de la AUKUS, la promoción de valores con impacto global seguirá indicando a la opinión pública, qué países y cuáles de sus líderes son dignatarios fiables para el orden internacional. Los derechos humanos, el respeto por la diversidad o la búsqueda de la equidad, han sido valores referentes en el pasado para el avance del progreso y la estabilidad. Renunciar a aliados que comparten principios idénticos sobre la persona y la sociedad, es un error que la urgencia táctica no debería olvidar. La decisión unilateral de Estados Unidos en su intervención en Irak en 2003 provocó el rechazo de algunos países europeos. Y su doctrina hegemonista liberal, nunca estuvo suficientemente contrastada por los socios de las democracias liberales, y algunos la denominaron americanismo. Estados Unidos no puede caer, tras 20 años de liderazgo global, en la osadía de construir un orden sólido y duradero, diseñándolo exclusivamente a su medida, ni Biden puede exponerse a perder a un líder fiable como el presidente Macron.