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Opinión

Bajo la sombra de Trump

Donald Trump

Mucho tendrá que esforzarse el FBI para presentar pruebas lo suficientemente concluyentes para que el expresidente Donald Trump quede descartado de la vida política norteamericana. O eso o que el Partido Republicano, al que a día de hoy tiene sometido, vuelva a ser uno de los más firmes garantes de la ejemplar democracia estadounidense. 

Las últimas elecciones primarias, previas a las legislativas del próximo noviembre, han supuesto la derrota de la candidata más visible, Liz Cheney, hija del que fuera el poderoso vicepresidente Dick Cheney, y a quien se consideraba uno de los mayores valores potenciales de los republicanos. Cheney fue vapuleada en el estado de Wyoming por otra mujer, Harriet Hageman, que en la campaña de 2016 fuera una de las más activas detractoras de Trump, a quién calificó repetidamente de “racista y xenófobo”. Pero, el año pasado, apenas Joe Biden había tomado posesión de la Casa Blanca, Hageman lo calificó como “el mejor presidente de mi tiempo”, y abrazó de paso la teoría de la conspiración, según la cual no se sabe qué fuerzas ocultas le habían “robado” la reelección al republicano. 

De no haber sido por la abundancia de imágenes de que dispone la opinión pública del asalto al Capitolio en Washington, es probable que Trump y su poderosa maquinaria política hubieran podido fabricar sin mayores problemas un argumentario que demostrara que todo fue una reacción espontánea del pueblo o que aquello, simplemente, no ocurrió. Aun así, a día de hoy, diferentes estudios apuntan a que la teoría del robo sigue siendo mayoritariamente aceptada por el electorado republicano. 

Como se está comprobando a diario, todos los movimientos de Donald Trump parecen estar encaminados a un gran y único objetivo: recuperar la Casa Blanca. El Partido Republicano, el de Abraham Lincoln o Ronald Reagan, que inicialmente considerara a Trump alguien con escasas o nulas posibilidades de ganar una elección presidencial, ha virado hasta convertirse en una institución casi absolutamente en sus manos. Los pocos congresistas del partido que se resistieron a aceptar la tesis del robo electoral han ido desapareciendo de la escena política. Diez fueron los que votaron a favor del “impeachment” poselectoral, o sea la destitución que señalara a Trump como un delincuente, lo que le descartaría para siempre para volver a regir los destinos del país. De esos diez, ocho han sido eliminados en estas primarias, bien porque han preferido no presentarse, tras examinar unos sondeos previos aplastantemente desfavorables; otros por no resistir presiones y amenazas personales y familiares, y otros, como es el caso de Liz Cheney, por confirmar en las urnas la derrota que les auguraban las encuestas. Los dos únicos que sobreviven son los que han ganado gracias a que las elecciones primarias eran abiertas, lo que constituye una excepción en EEUU. 

De la polarización al guerracivilismo

El cerco policial y judicial a Trump y su entorno, en el que nombres emblemáticos como Rudolph Giuliani han visto su buena fama derrumbada con estrépito, habrá de demostrar que el expresidente violó la ley, que prohíbe expresamente llevarse a casa documentación clasificada. La veintena de cajas que el FBI se llevó de su residencia actual de Mar-a-Lago, en el estado de Florida, serán claves para finiquitar políticamente a este descendiente de la oleada migratoria europea. 

O no, porque entretanto Trump ha logrado agudizar la polarización del país. No fue él quien la provocó, ciertamente, pero sí ha sido y es quien lidera la mayor división antagónica del país desde los tiempos de la lucha racial por los derechos civiles. Las sucesivas crisis económicas y sociales que padece Estados Unidos están dejando atrás a muchas y densas capas de la población, para quién el antaño “sueño americano” se ha hecho dramáticamente imposible de conseguir. Es, pues, el mejor caldo de cultivo para esa polarización, y para el estallido guerracivilista del que ya se habla en no pocos círculos e instituciones del país. 

Más allá de las posiciones encontradas en el quehacer político, una fractura en la lealtad constitucional de uno de los dos grandes partidos norteamericanos sería una tragedia para todo el orbe. Al fin y al cabo, y a pesar de las contradicciones y de algunas aisladas conductas poco ejemplares, la democracia americana sigue siendo un ejemplo, no superado, de que la ley es igual para todos, y está por encima de las pulsiones totalitarias que, desgraciadamente, se van implantando en otras latitudes. Sería, pues, una muy terrible tragedia que quienes aspiran en todo el mundo a una sociedad conformada por personas libres e iguales, perdieran la gran referencia que siguen siendo los Estados Unidos de América. 

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