Opinión

Balas o votos en cinco estados cruciales

Elecciones Estados Unidos

Terminar una jornada electoral en la primera potencia mundial sin conocer el resultado va a terminar siendo una costumbre. Aunque por diferentes motivos, en 2016 y 2000 ya ocurrió y la analogía respecto a la tormentosa elección de George W. Bush resulta esta vez premonitoria. El presidente ha amagado otra vez con denunciar los resultados si no le son favorables en los estados en los que se está jugando la reelección: Pensilvania, Michigan, Wisconsin, Georgia y Carolina del Norte. Tiene el comodín de la nueva jueza Barrett ya instalada en el Palacio de Justicia, así que está dispuesto a llegar hasta el final en esta contienda tensa y crispada. 

A la espera de saber quién será presidente hay cosas que ya pueden concluirse. Biden no ha enamorado a los americanos como lo hizo Obama. Ha mejorado a Hillary, pero no le ha dado para ganar con autoridad en la noche de autos. Que un candidato demócrata no conecte claramente con los votantes del cinturón de Pittsburgh, la ciudad del acero, o con los obreros de las industrias de Grand Rapids, Lansing o Detroit, define su magro resultado. Tras el fracaso de Clinton, el partido no ha sabido crear un proyecto con la potencia de convicción suficiente, ni siquiera integrando a los más radicales Kamala y Sanders. 

El republicano en cambio ha demostrado gran capacidad de resistencia contra el ‘frente anti-Trump’ que todas las facciones demócratas trazaron a su alrededor. Y ha derrotado a las encuestas que ni por asomo apuntaban a un final tan explosivo en un puñado de estados. La demoscopia es, por ahora, la primera gran reforma que el país necesita para no equivocar a la ciudadanía durante meses como lo ha hecho. Pero estábamos con Trump, el hombre que sabe movilizar a los suyos contra virus y mareas. Cada mitin de sus últimos ‘rallies’ en Florida, en Ohio, en Pensilvania, fue una demostración de fe de su electorado; en los dos primeros ha ganado, en el tercero lleva una ventaja amplia a su adversario que sólo se enjugará si el voto por correo y anticipado supera en miles de papeletas al presencial. Su victoria en Florida demuestra que no sólo la Calle Ocho de Pequeña Habana en Miami apoya al presidente en su estado fetiche, hay muchos cientos de miles de sureños a los que ha inflamado la vena patriota y el orgullo de pertenecer a un país que cuida sus empleos. 

Lo peor de Donald Trump es que ha salido a hablar bien entrada la madrugada en la costa este, como lo hacían los gánsteres en aquella película de William Keighley, prometiendo balas o votos: o gana él, o derechos a la Corte Suprema, en una de las expresiones más lamentables de erosión de las instituciones democráticas que se recuerdan no sólo en Estados Unidos. Los gobernadores de los estados señalados han dado réplica al candidato republicano defendiendo la limpieza del recuento, aunque deberían haber garantizado que continuara hasta que se contara el último sufragio en lugar de detenerlo para ir a dormir. Pero el llamamiento a sus filas para que protesten en las calles es una invitación a los disturbios en un país que ha agotado las existencias de munición de armas de fuego en la última semana. Balas o votos, como Edward G. Robinson, en Michigan, Wisconsin, Pensilvania, Georgia y Carolina del Norte.