Opinión

Biden, retórica y pragmática

Joe Biden, presidente de Estados Unidos

Para transmitir esperanza a una América dividida y angustiada y a un mundo confinado, Biden hizo todos los honores y gestos a la historia americana. Pronunció prácticamente toda la terminología política de una democracia, para que nadie se sintiera fuera de su nuevo proyecto que empieza intentando conseguir que los americanos se vuelvan a entender en vez de seguirse odiando. “Estar en desacuerdo no puede ser estar desunidos”, afirmó. Utilizó todo el listado de palabras de un discurso clásico de inauguración. Emotivo, aún más después de este año turbulento, y convencional, aunque el ambiente era frío y el proceso poco habitual, con la ausencia del presidente saliente. Entendió el momento del discurso y el ambiente en el que le había tocado pronunciarlo: crítico, angustioso y descorazonador. Echó mano del manual retórico americano y la fórmula, tantas veces experimentada, funcionó. El mundo está hoy más esperanzado, la política es más fiable y la democracia, parafraseando a William Faulkner en su referencia al ser humano cuando recogió el Premio Nóbel, no sólo perdurará, sino que prevalecerá. 

Todos los asistentes con mascarilla. 25.000 soldados de la Guardia Nacional. Una atmósfera de relajada tensión. El vicepresidente Pence, el Tribunal Supremo y los Congresistas. Todo abrigado y protegido. Pero cuando Lady Gaga empezó a entonar el himno americano, “la democracia que es hermosa pero frágil”, había vencido. Católico y liberal como es Joe Biden se refirió en su discurso de toma de posesión como el 46º presidente de los Estados Unidos al amor, a la bondad y a la justicia social. Pero la referencia a Lincoln en torno a la unidad de la nación fue la más emotiva y repetida de las citas: “Toda mi alma va en este acto de unir a la nación”. 

“Al mundo le digo que los Estados Unidos saldrán más fuertes de esta crisis”; “reforzaremos nuestras alianzas y seremos un socio fiable”; “actuaremos con el poder de nuestro ejemplo”. Aseguró el presidente Biden ante sus compatriotas y una sociedad internacional que ha celebrado la vuelta de los americanos al orden internacional. Lo primero que hizo al sentarse en su despacho de la Casa Blanca fue firmar la reincorporación de Estados Unidos al Acuerdo del Clima de París y lo segundo eliminar las limitaciones a la entrada de ciudadanos de determinados países en territorio norteamericano. 

Pero el mundo de Biden no es el mundo de ayer. Ese es el título del luminoso ensayo de Zweig sobre la pasada decadencia de Europa. El mundo de Biden, así lo manifestó, es el mundo de hoy. En el cuál China es una potencia rival y no emergente como lo fue. Rusia es una potencia activa y no pasiva como lo pareció. El Mediterráneo es una región geoestratégica y no una frontera. Y la verdad, un bien inexistente que ha sido sustituido por otro concepto plenamente vigente, la mentira. 

El mundo que el 46º presidente de Estados Unidos quiere reconstruir no alberga una creencia firme en los derechos humanos, aunque Joe Biden, sí. No apuesta por la diplomacia y la moderación, aunque Biden sí. No confía en el multilateralismo, mientras que el presidente Biden, sí. En su discurso pronunciado ante una audiencia fría, envejecida, pero aún ilusionada, el veterano político demócrata echó mano del manual de los valores de la democracia americana. Ahora con su equipo de exteriores, centrista y experimentado, tiene que trasladar esos valores a la realidad de un mundo desnortado. En el viejo baúl de la filosofía política americana seguro que aún puede encontrar el presidente un concepto aún hoy vigente: el pragmatismo.