Opinión

Boris y la tentación de romper la baraja

Boris Johson

Fase decisiva para el acuerdo o la ruptura entre Reino Unido y la Unión Europea, que encaran la octava y supuestamente última ronda de negociaciones para establecer cuál será su nueva relación a partir del próximo 1 de enero. El jefe de los negociadores europeos, el francés Michel Barnier, desliza en voz baja que ha llegado hasta el límite en el que los británicos han levantado el muro de su intransigencia, dando a entender que tal vez deberían ser ya los 27 jefes de Estado o de Gobierno los que tomaran la decisión final de oponer o no la misma dureza de que hace gala Londres

Atacado por una más que deficiente gestión de la pandemia del coronavirus, y enfrentado con un Partido Laborista renacido en las encuestas, el primer ministro Boris Johnson está considerando seriamente la posibilidad de llegar efectivamente al 31 de diciembre sin acuerdo. Él mismo sabe que la pulsión nacionalista y un discurso basado en la teórica recuperación de la soberanía fueron las palancas que le auparon al poder. Por si fuera poco, parece reconocerse como un discípulo aventajado del presidente norteamericano, Donald Trump, especialmente en lo que toca a la reivindicación de los propios intereses frente e incluso por encima del resto del mundo. 

Con estos pilares ideológicos no es extraño que su negociador con Bruselas, David Frost, haya calentado aún más el ambiente este pasado fin de semana. Poco dado a conceder entrevistas, Frost ha dado al Mail on Sunday la exclusiva de su ánimo al encarar esta última ronda de negociaciones con Bruselas: Reino Unido no se convertirá en “un Estado vasallo” de la Unión Europea, afirma. “No hará concesiones sobre el principio fundamental de poseer el control sobre sus propias leyes, y no aceptaremos por tanto cláusula alguna que otorgue [a la UE] el control sobre nuestra moneda o sobre la manera de organizar las cosas aquí, en Reino Unido”, proclama con dura solemnidad. 

Atacar la esencia misma de la UE

Aunque hasta que una negociación no esté concluida nada es definitivo, parecían haberse esbozado bastantes capítulos de acuerdo. Pero, los flecos que aún quedan por concluir pueden reducir a cenizas todo lo avanzado. Los derechos de pesca en las aguas cercanas a las islas británicas; las ayudas de Estado; los estándares de protección social y medioambiental, y los mecanismos que garantizarían la aplicación del acuerdo, son las grandes cuestiones pendientes. Todas ellas tocan el corazón mismo de la esencia de la UE, desde la leal y reglada competencia hasta el mercado interior, pasando por los parámetros del estado de bienestar que, aún zarandeado por la crisis económica, sigue aspirando a que sus ciudadanos no queden desamparados y sometidos a la ley de la jungla de una libre competencia sin reglas. 

David Frost asegura en esa entrevista que Boris Johnson no tiene miedo de que se produzca una falta de acuerdo, dando a entender que si Reino Unido no consigue un tratado similar al que la UE tiene ya con Canadá, ambas partes pasarán a regirse por las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Eso se traduciría en consecuencia en la implantación de elevadas tasas aduaneras y la imposición de pesados controles en las fronteras, o sea, más ingredientes de crisis que añadir a la actual grave crisis económica

En los medios comunitarios hay quien estima que el órdago de Boris Johnson, explicitado por su negociador David Frost, trata de ocultar en el fondo su propia fragilidad, derivada de la crisis económica que la pandemia ha agravado en Reino Unido, más incluso que en los principales países de la UE. Pero, también existe bastante prevención respecto de algún movimiento imprevisible en el 10 de Downing Street. Los países de la UE ya han empezado a comprobar que la salida de Reino Unido no es el fin del mundo, aunque ciertamente ha debilitado a la Unión. Un choque frontal, consecuencia de un no-acuerdo, agravaría los efectos de la crisis económica, pero no parece probable que la mayor devastación correspondiera precisamente a los Veintisiete. Pese a su dureza, Johnson habrá de tentarse mucho la ropa antes de romper la baraja.