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Opinión

Bosnia-Herzegovina en peligro

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Parece como si de repente los hados se pusieran de acuerdo para calentar el ambiente despertando crisis dormidas y sin aparente conexión entre ellas, aunque quizás la haya. Es lo que ahora sucede con Bielorrusia, Ucrania, Kazajistán y Bosnia-Herzegovina (B-H). Todas ellas un día inmersas si no dentro de las fronteras de la vieja Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas a la que pertenecían las tres primeras, sí al menos situadas en su zona de influencia como es el caso de la última, desgajada de la Yugoslavia del mariscal Tito.

En Bielorrusia y Kazajistán la gente da muestras de cansancio ante la falta de libertad treinta años después de alcanzar la independencia porque el poder sigue en manos de autócratas herederos de la vieja nomenclatura soviética, hombres ajenos por completo a los cambios que el mundo ha experimentado a lo largo de los tres últimos decenios y de los que Akeksandr Lukashenko, “el último dictador de Europa”, y Kassim-Jomart Tokayev son indignos representantes. En Ucrania ese cansancio se manifestó hace ya algunos años, en 2013, con la revolución del Euromaidán que echó del poder a Viktor Yanukovich cuando a instancias del Kremlin vetó un acuerdo de asociación con la Unión Europea. El deslizamiento hacia Occidente del Gobierno de Kiev y la agobiante sensación de cerco por parte de la OTAN que siente el Kremlin explican la reacción de Rusia que amenaza estos días las fronteras de Ucrania con un imponente despliegue militar. Lo cierto es que los nervios de Putin son comprensibles por aquello de que “cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. La población de Rusia no es inmune a estos deseos de mayores cotas de participación y de democracia que son implacablemente reprimidas, como bien sabe Aléksei Navalny. La pregunta es ¿hasta cuándo?

Y ahora se añade Bosnia-Herzegovina a esta ceremonia de confusión por culpa de un líder nacionalista de la minoría serbia, Milovad Dodic, sobre el que pesan acusaciones de corrupción, y que parece haberse echado al monte poniendo en jaque la complicadísima arquitectura constitucional de ese Estado, lograda en la base militar de Dayton (Ohio) por los Estados Unidos (Richard Holbrooke) con mucho esfuerzo, mucha imaginación y mucho retorcer de brazos de Milosevic (Serbia), Tudman (Croacia) e Izetbegovic (bosnios musulmanes), los líderes de las tres comunidades étnicas que había en el país. Lo sé porque estuve allí como parte de una delegación europea que presidía Carl Bildt. El objetivo del ejercicio era acabar con tres años de guerra inmisericorde y brutal en el corazón de Europa, una contienda que había visto barbaridades cometidas por los nacionalistas de uno y otro signo y en particular por Ratko Mladic, condenado por el Tribunal de La Haya por genocidio tras la terrible matanza de bosnio-musulmanes en Srebrenica ante la vergonzosa pasividad de las tropas holandesas de la ONU.

En Dayton se creó una estructura política multiétnica, absolutamente disfuncional y única entre la República SRPSKA, que lo que quería era unirse a Serbia, y una Federación entre croatas y bosnio-musulmanes, a su vez dividida en diez cantones, cada uno con su gobierno. El poder Ejecutivo lo desempeñan tres presidentes, uno por cada comunidad que se reúnen cada 15 días, o deberían reunirse porque no lo hacen desde el pasado mes de octubre. Y ahora Dodic amenaza con no reconocer al Poder Judicial ni a la autoridad fiscal, y con sacar a los serbios del Ejército común pluriétnico y también del servicio de Inteligencia. O sea, se propone dinamitar el Estado de Bosnia-Herzegovina, iniciando un camino “peligroso y resbaladizo”, como ha dicho el Alto Representante de la ONU para ese problema, Christian Schmidt, que ha añadido que estamos sin duda ante “la mayor amenaza existencial” para Bosnia-Herzegovina. Porque si tiene éxito el país podría  romperse.

Mientras la Unión Europea piensa si le impone sanciones de algún tipo, el presidente de Hungría, Viktor Orban, conocido por sus posturas claramente iliberales, ha viajado a Banja Luka, la capital de la República Srpska, para prestar apoyo a Dodic, que dice que también lo tiene de Serbia, aunque sin mucho entusiasmo (por las consecuencias que le puede reportar), y de la propia Rusia adónde viajó para encontrarse con Putin, que no debe ver con desagrado otro motivo de preocupación para Europa y que en todo caso no debe ver lo que ocurre con malos ojos porque pone piedras en el camino de una futura y todavía lejana eventual incorporación de Bosnia-Herzegovina la UE y a la OTAN.

Jorge Dezcallar, embajador de España