Opinión

Buenos días, Líbano

Protestas en Líbano

Después de dos años de calma tensa, Líbano vive un estallido social reflejo del ocurrido en 2015,  en el que las protestas que desde el 17 de octubre, que se han venido a llamar Revolución de Octubre han desencadenado multitudinarias manifestaciones, según datos de Middle East Eye 1,2 millones de personas, en las principales ciudades del país, incluyendo cortes de carreteras, huelgas y otras medidas de presión, que han obligado a emplearse a fondo a la policía, llegando a tener que utilizar medios como gases lacrimógenos y cañones de agua para sofocar las manifestaciones y planteando la movilización militar para atajar la masiva presencia de ciudadanos en las calles y la violencia sectaria promovida desde organizaciones políticas contrarias a las movilizaciones.

Las protestas, lideradas por las clases trabajadoras de la sociedad libanesa, desempleados, ciudadanos en un régimen laboral precario o que desarrollan su actividad económica dentro del amplio mundo que es la economía sumergida en Líbano se han rebelado, provocando un movimiento de masas, sin una organización, aparentemente definida, más allá de un esbozo de transversalidad, en el que por primera vez parece que las divisiones sectarias que dividen la sociedad libanesa, se diluyen en movimientos solidarios en post de un objetivo superior, que demanda una amplio espectro de reformas. Estas reformas están centradas básicamente en una regeneración socio economica en todo el país, basada, a nivel económico, en los siguientes puntos: eliminar los sueldos vitalicios de expresidentes, ex ministros y ex altos cargos del estado, condonación de la deuda que el estado tiene con la banca privada y que lastra desde hace 30 años el crecimiento del país, imposición de un sistema progresivo de impuestos que elimine los benéficos fiscales del 10% de la población mas rica, solventar los cortes de agua y electricidad que regularmente se dan en todo el país y que dependen de las empresas privadas que generan y suministran electricidad y agua y a las que acusan de provocar estos cortes en el suministro como elemento de presión ante el gobierno, que las subvenciona. Finalmente, la creación de un plan sostenible para la gestión y tratamiento de los residuos urbanos, uno de los caballos de batalla de la sociedad libanesa en los últimos años, y que fue el detonante de las protestas antigubernamentales del año 2015. 

A nivel político las demandas de la población se centran en una sola, la reprobación de todo el gobierno comenzando por el presidente Michel Aoun.

Finalmente un segundo hecho que ha contribuido a aumentar la intensidad de los disturbios ha sido la situación de emergencia nacional creada por la repentina ola de incendios que ha sacudido el país, que el gobierno no ha podido atajar por falta de medios y fondos, y que ha precisado de la asistencia de países vecinos como Jordania, Chipre o Grecia, y que paradójicamente han necesitado de los cañones de agua de los vehículos de control de masas de la policía para atajar los fuegos ante la alarmante falta de medios aéreos y terrestres, El gobierno se ha visto obligado a movilizar además de a las fuerzas de defensa civil, al ejército y a grupos de voluntarios para labores de reparto de agua y alimento en las zonas mas afectadas. Se calcula que en 48 horas han ardido mas de 1500 hectáreas en todo el país.

Indefectiblemente, esta catástrofe ha servido como detonante de un nuevo conflicto entre la clase dirigente libanesa, sirviendo como pretexto para que la minoría cristiana lance la acusación de que solamente han ardido zonas habitadas por cristianos, llevando a un cruce de acusaciones con chiíes y suníes, que también han visto como las regiones al norte y al sur del pañis, donde son mayoría, han ardido con igual virulencia.

Después una fase de austeridad económica encuadrada dentro de los últimos 30 años de políticas neoliberales, el desencadenante de esta ola de protestas es un nuevo paquete de medidas de austeridad económica y una nueva subida de impuestos consecuencia de la emergencia económica, decretada por el gobierno a principios de septiembre, lo que ha obligado a acelerar una serie de reformas, incluyendo tasas impositivas que gravan las comunicaciones vía internet, como pueden ser aplicaciones tan populares como WhatsApp, en un país en el que los usuarios pagan los precios mas altos del mundo por el uso de la telefonía móvil. 

Desde hace años Líbano se encuentra sumido en una crisis económica creciente, mientras el gobierno busca vías para atajarla sin que ninguna de su medidas sea efectiva. La economía libanesa se enfrenta a un elevado endeudamiento, crecimiento estancado por el inmovilismo del sistema político, déficit de infraestructuras críticas, como pueden ser energéticas o de abastecimiento de agua,  y una nueva devaluación de la moneda nacional que han dado como resultado altas tasas de desempleo, economía sumergida, déficit energético y subida de los costes de producción, y la amenaza del desabastecimiento de agua y productos básicos, como pueden ser trigo o combustible. A este coctel añadimos unas políticas educativas deficientes con recortes continuos en el presupuesto y un descenso en los derechos civiles de la población, para que la protesta sobrepase la demanda original contra las tasas de telecomunicaciones para convertirse en una protesta general contra el gobierno y una enmienda a la totalidad de políticas económicas gubernamentales, exigiendo una renovación total de a clase política libanesa a la que la población acusa de actuar como una mafia, responsable de la degradación extrema del estado libanés. Según datos del Banco Mundial el índice GINI de Líbano de 2011, el último del que hay datos, es del 31,80%, mientras que la periodista Lara Bitar del medio libanés independiente Al Murasila, estima que actualmente el 1% mas rico en Líbano acumula el 58% de la riqueza y el 10% más rico se iría al 84% de la riqueza en un país de algo mas de 6 millones de habitantes, conocido como la Suiza de Oriente Medio. La tasa de paro juvenil es del 37% y el endeudamiento relativo del país es del 150% del PIB.

Mientras, ante la magnitud de las protestas, el gobierno ha revocado la tasa impositiva a las telecomunicaciones, y aprobado los presupuestos para el año 2020, en un movimiento que espera haga bajar drásticamente el déficit. Estos presupuestos van a aplicar una reducción en los salarios de los altos funcionarios del gobierno y en ciertos privilegios, como el mantenimiento de la flota de vehículos personales de altos cargos a costa del gobierno. Se ha instado a los mismos bancos que han crecido a la sombra de la deuda del país a reestructurar la deuda pública.  

Y se trata de transmitir desde el gobierno un mensaje de regeneración política que aplaque los ánimos de los ciudadanos, pero recalcando que de tomar las medidas exigidas en las calles, Líbano puede verse en la misma tesitura económica que Grecia en el año 2008 con la crisis de la deuda. 

Sin embargo, el gobierno no aborda el problema de raíz, la situación general que vive Líbano y los ciudadanos que protestan contra una élite política nacional, las viejas oligarquías representadas por el primer ministro Saad Hariri y el presidente Michel Aoun y las cerca de 200 familias que han detentado el poder desde 1943. 

Saad Hariri es hijo del presidente de Líbano Rafik Hariri, asesinado en 2005, y pertenece a una de las más influyentes familias pertenecientes a la oligarquía política y económica libanesa. La familia Hariri es propietaria de Saudí Oger, una de las principales compañías petrolíferas de la monarquía Saudí.

En junio de 2009, tras un proceso electoral donde no alcanza mayoría absoluta, el presidente de Líbano, Michel Suleiman le encarga formar gobierno, encargo que ante la falta de apoyos no consuma hasta noviembre de ese mismo año. Permanece en el cargo hasta 2011. En 2016, de nuevo es elegido primer ministro y forma gobierno, con el apoyo de Hezbolá, pero en una secuencia de hechos rocambolesca, un año después, noviembre de 2017, en una rueda de prensa desde Arabia Saudí, dimite como primer ministro, aduciendo entre otras razones, estar en el blanco de Hezbolá. El presidente de Líbano Michel Aoun, que se apoya precisamente en Hezbolá, es acusado de ser víctima de Irán y Hezbolá y de estar secuestrado por la organización chií. Pero la estrambótica situación no termina con la dimisión en diferido desde Arabia Saudí, cuya nacionalidad posee, además de la libanesa, ya que es nacido en este país y puede llegar a provocar un conflicto de intereses, si no que en un giro de 360º el 5 de diciembre de 2017 se desdice de su dimisión, tras mediar el Presidente francés Macron, Hariri también tiene pasaporte francés y vuelve a ocupar el cargo de primer ministro. 

Desde la independencia de Francia en 1943 Líbano es un país con una historia, sobre todo la historia reciente, marcada por las guerras entre Israel y sus vecinos, el papel de estado tapón del país de los cedros, entre el estado hebreo y la ahora devastada Siria que condujo a catorce años de guerra civil, entre 1975 y 1989, acuerdos de Taëf, a la tutela del estado libanés por parte de Siria, que ocupa el país durante 30 años, hasta 2005, e Israelí en cada una de sus áreas de influencia y a la presencia en su territorio de influyentes actores no estatales, como fue la OLP y actualmente Hezbolá. Debido a estos y otros factores que confieren a Líbano unas características especiales, social y políticamente hablando, la sociedad libanesa es una sociedad tremendamente polarizada, con un sistema político muy complejo determinado por cuotas equitativas de poder para cada comunidad de las que componen la sociedad libanesa y una compleja red clientelar tejida entre la oligarquía compuesta por las familias más influyentes de la sociedad libanesa. Las comunidades que conforman la estructura social de Líbano, están formadas por los miembros de cada una de las 17 o 18 confesiones religiosas reconocidas en el país, depende de las fuentes, de estas, el 59% de la población es musulmana, dividida entre suníes y chiíes, el 39% pertenece a alguna confesión cristiana y el 2% restante a otras confesiones. El censo de la población en Líbano representa una mas de sus peculiaridades, ya que el último censo de población, en el que se incluyen los datos sobre religión, se realizó en 1932, siendo este el empleado para elaborar el sistema de cuotas. 

El sistema político libanes es multipartidista, con una asamblea legislativa denominada Asamblea de Representantes o Cámara de Diputados elegida a través de sufragio universal. La Asamblea está formada por 128 diputados repartidos en dos grupos, cristiano y musulmán, a los que corresponden 64 diputados. Estos 64 diputados se reparten proporcionalmente entre las diferentes confesiones religiosas que componen cada grupo. Las comunidades chií y suní 27 diputados cada una, ocho para los drusos y dos para los alauíes. Para los cristianos, 34 para la comunidad maronita, 14 a la comunidad ortodoxa griega, ocho para los católicos, 5 para los ortodoxos armenios y finalmente los católicos armenios, protestantes y restantes confesiones cristianas, un representante cada una de estas comunidades. 

La Asamblea de Representantes, una vez electa, elige a su vez al Presidente de la República para un mandato de seis años. El Presidente de la República detenta el poder ejecutivo en el sistema político libanés, y junto con la Asamblea de Representantes es responsable de la elección del Primer Ministro y su gobierno. En este punto, la elección de los principales cargos políticos libaneses, encontramos una de las peculiaridades del complejo sistema para conformar gobierno que rige en Líbano. Para evitar roces entre las diferentes comunidades y que cada comunidad ocupase cuotas de poder acordes a su peso en la sociedad libanesa, en el Pacto Nacional al que se llegó en 1943 con la independencia de Francia, se estableció que el Presidente de la República perteneciese a la comunidad cristiana, el Primer Ministro suní y el Presidente de la Asamblea de Representantes, chií. 

A la gran heterogeneidad religiosa unimos la política, con un gran número de fuerzas políticas diferentes con representación en el parlamento libanés. Esta heterogeneidad ha dado como resultado que nunca en la historia de Líbano se haya dado una mayoría política clara, debiendo las diferentes fuerzas políticas pactar para conformar los gobiernos y en la práctica consensuar diferentes pactos políticos. Pero en la realidad, lo que se da es un clientelismo político por el que a cambio de apoyo parlamentario las grandes familias políticas libanesas correspondían con contrapartidas económicas a los grupos políticos que los sustentasen en el gobierno. 

A esta complejísima ecuación sociopolítica añadimos un último factor determinante que termina de mostrar hasta qué punto es difícil mantener el equilibrio en el entramado político libanés. Hezbolá.

Con 13 representantes en el parlamento libanés, Hezbolá, el Partido de Dios, es una influyente formación política y una milicia armada, conocida como Resistencia Islámica, chií. Fue fundado en 1982 como respuesta a la invasión israelí de Líbano, aglutinando a diversas organizaciones chiíes y grupos armados, significándose en la guerra de guerrillas en el sur del país contra las tropas hebreas. Es ese momento Hezbolá era tolerada incluso por grupos religiosos cristianos, que se oponían tanto a la OLP como a la invasión israelí. 

Actualmente es el mayor actor no estatal del Mediterráneo y es considerado un grupo terrorista en la UE y EEUU, e Irán es el principal sostén de Hezbolá, en tanto son su mayor soporte político, económico, logístico y religioso, convirtiendo a Irán en la potencia que ha sustituido a Siria como el actor regional más influyente en la política libanesa. Aliados también de Siria, tienen un discurso profundamente antiisraelí y antiamericano. Su forma de organización es similar a otros modelos islámicos, como puede ser el de los suníes Hermanos musulmanes, basados en el proselitismo religioso, redes de asistencia social, hospitales, escuelas o programas de agricultura, entre otras acciones,  logrando un muy fuerte respaldo social. Desde el año 1992 forma parte del Parlamento de Líbano, participando de forma activa de la vida política del país, lo que ha facilitado durante estos años este trabajo de proselitismo religioso y labor social, abiertas a cualquier grupo religioso libanés, cristianos y suníes incluidos. Hezbolá está presente en todo el país, pero su tradicional zona de implantación está en el sur de país, donde ejerce como un estado dentro del estado, que además cuenta con fuerzas armadas propias. Hezbolá a nivel exterior, además de los apoyos de Siria e Irán, apoya a la insurgencia chií en Iraq y es el principal soporte de Hamás en los territorios ocupados, hecho este que provocó la intervención y derrota israelí en el sur de Líbano en 2006. Israel por su parte considera a Hezbolá su principal antagonista en la región, y actúa como elemento de presión ante el gobierno de Líbano, que se ve incapacitado para desarmar a la organización armada.  

Hezbolá, y esto, no debería sorprender a nadie a estas alturas del relato, es el principal sostén del gobierno Hariri desde 2016, a pesar de la pantomima de la dimisión de 2017, pero sobre todo, en los últimos días ha sido Hasan Nasrallah, líder del Partido de Dios, ante la situación de emergencia que se vive en el país, quien se ha manifestado a favor del gobierno con más vehemencia. Declarando estar dispuesto a desplegar a sus fuerzas por el país para detener las protestas, antes que ver caer a un gobierno al que maneja con cierta facilidad a pesar de su manifiesto antagonismo. Demostración de las palabras del líder de Hezbolá es la aquiescencia con la que el partido chií ha gestionado la presencia de miembros del Movimiento Amal reventando protestas en el sur del país, identificándolos simplemente como elementos incontrolados. 

Líbano es en este momento reflejo claro de los acontecimientos que sacuden la escena política en Oriente Medio, como ha ocurrido en los últimos días en Iraq o Jordania, dos escenarios donde se disputa el liderazgo regional entre Irán y Arabia Saudí. Cualquier acontecimiento en el país de los cedros no va a ser ajeno a este hecho. Las protestas que sacuden Líbano desde el 17 de octubre van, aparentemente, mas allá de un movimiento que se pueda aplacar con medidas fiscales de tipo técnico. Regeneración política y fin del sistema clientelar por el que se rige la sociedad libanesa, en un escenario tan enquistado, que parece que estas dos demandas sean imposibles de lograr al menos a corto plazo. A largo plazo, sería complicado pensar que se pudiera bloquear indefinidamente el país, menos con actores tan influyentes como Hezbolá alineándose de manera nítida con el gobierno.

La perenne influencia de Siria en la política libanesa, a pesar de la guerra, la ascendencia de Irán sobre Hezbolá, la dicotomía imperante en el propio el propio Hariri, dividido entre dos lealtades, Líbano, el país que gobierna y Arabia Saudí, el país que representa sus propios intereses económicos. El conflicto entre iraníes y saudíes, entre chiíes y suníes, reproducción a gran escala del conflicto religioso libanés, en el que Irán, castigada por las sanciones de EEUU, aliado saudí, se ve en serias dificultades a para abastecer de petróleo a sus aliados preferentes como Siria. 

Al mismo tiempo, la diplomacia de EEUU ataca a Hezbolá, acusando a la organización de ser un factor de ser un factor de desestabilización tanto en Líbano como en Siria, y utilizando al Partido de Dios como arma arrojadiza contra sus aliado iraní. 
Mientras que la monarquía saudí no pasa por su mejor momento, empantanada en Yemen, un autentico sumidero de recursos económicos, donde Irán y sus aliados Houtíes ganan una partida que a simple vista parecía imposible de ganar, por capacidad económica y militar, dentro de un conflicto que inevitablemente ha salpicado a toda la región. La posibilidad de que se produzcan nuevos ataques a infraestructuras críticas en Arabia Saudí o en alguno de sus aliados es algo que aterra a las monarquías del Golfo, que buscan de urgencia un plan para terminar con el cenagal yemení, y así alejar del Golfo el eje de acción del conflicto entre saudíes e iraníes.