Opinión

Cómo poner al mundo patas arriba

Cómo poner al mundo patas arriba

De ser cierta una de las teorías conspirativas que circulan por la red, Estados Unidos habría asestado un gran golpe a China, la potencia emergente que le disputa la primacía. Cuándo y dónde se originó el coronavirus, que ahora se extiende por todo el mundo, más por la histeria colectiva que por el número de víctimas que va dejando, es el interrogante que alimenta la especie de que el virus podría haber sido fabricado y esparcido como arma de guerra. 

Sea o no fruto de la fantasía, el hecho cierto es que la segunda economía del mundo lleva más de un mes parada casi por completo, contagiando de paso ese declive a todos los países con los que mantiene relaciones humanas y comerciales. El Fondo Monetario Internacional adelanta un retroceso significativo, del 6,5 al 5,6% del crecimiento de China para este mismo 2020, y eso contando con que la epidemia se controle en los próximos días. 

La denominada “fábrica del mundo” ha paralizado la producción y suministros de todo tipo de productos, desde el textil y calzado hasta coches y teléfonos móviles. China registra asimismo un fuerte descenso en la producción de electricidad, generada en gran parte, por cierto, a base de carbón. También están paralizadas sus gigantescas acerías, que se abastecen del hierro que les suministran habitualmente Brasil y Australia. Que China consuma el 40% de la producción anual de metales revienta por tanto las exportaciones africanas y latinoamericanas de tales materias primas, lo que repercute decisivamente en las economías de sus continentes, con sus brutales derivaciones en sus respectivos equilibrios sociales, ya de por sí bastante frágiles. 

La mayor parte de todos esos productos son transportados por vía marítima, y la consecuencia correspondiente es que el tráfico mundial mercante registra un frenazo considerable. El índice que refleja cada día las tasas impuestas en las 20 rutas globales de transporte a granel de materia seca, el Baltic Dry Index (BDI) registra en los últimos días de febrero sus niveles históricos más bajos, especialmente en los referidos a la categoría “capesize”, la que contiene los barcos mercantes de mayor tonelaje. China representa el 35% del total mundial de las importaciones a granel seco. Por supuesto, la práctica totalidad de los puertos chinos están paralizados, y obviamente su falta de actividad se contagia a los puertos de todo el mundo en los que se embarcan las mercancías con destino a China. 

Estrepitoso derrumbe de las Bolsas

La catástrofe económica se refleja de manera más instantánea en la virulenta realidad del derrumbe de las Bolsas de valores. Las europeas perdieron en un solo día casi un 5% (20.900 millones de euros la española) cuando aparecieron las primeras víctimas en Italia, pero el contagio fue prácticamente generalizado a todos los mercados financieros, encabezados por Londres, Nueva York, Singapur y Hong Kong. 

¿Había motivos y causas reales suficientes para semejante debacle? A tenor de las cifras de infectados y de víctimas mortales causados por el coronavirus, no lo parece: 80.000 enfermos y de momento 2.800 muertos, la mayor parte personas de edad avanzada, sufrientes además de otras dolencias. Si se tiene en cuenta que la gripe común infecta cada año a más de cien millones de personas con entre 350.000 y 600.000 muertos, de ellos unos 850.000 infectados y 6.500 fallecidos en España (cifras de 2019), parece que la histeria global desatada no tiene justificación. 

Como en toda guerra, aunque ésta sea contra un microbio, frente a los grandes perdedores económicos hay algunos que multiplican sus ganancias exponencialmente. Valgan como ejemplos simples la multiplicación por diez o veinte veces el precio de las mascarillas o de los geles desinfectantes. El laboratorio que dé con la vacuna que derrote al coronavirus, y parece que el hallazgo no está muy lejos, hará aún más multimillonarios a sus dueños a poco que logren mantener la histeria y la tensión, y fuercen por tanto a los gobiernos a que las paguen al precio que sea y se las faciliten a sus ciudadanos-votantes. Luego, pasado el trance y abonada la factura, igual no es para tanto, pero nadie lo recordará ya. ¿Dónde están aquellos cuatro millones de vacunas, adquiridos por el Gobierno de España, presidido entonces por Rodríguez Zapatero, para hacer frente a la gripe aviar, desvanecida a los pocos días como por ensalmo?

Este dramático episodio de ahora, cuyo coste económico global podría alcanzar los 25 billones de euros (el equivalente al presupuesto de la Unión Europea de casi un cuarto de siglo), sirve también para desempolvar viejos relatos de anticipación. Una colega del Club Internacional de Prensa de Madrid, Carmen Chamorro, comparte en las redes su hallazgo del relato de Dean Koontz, publicado en 1981, “Los ojos de la oscuridad”, en el que un virus, denominado casualmente Wuhan-400, se convierte en una terrorífica arma de guerra. 

En medio de todo ello, una buena noticia para el ecologismo: el frenazo de la actividad económica de China ha reducido nada menos que en casi un 30% las emisiones contaminantes diarias del gigante asiático a la atmósfera, una aportación de peso pero involuntaria a la lucha contra el cambio climático. La peor noticia, en cambio, habría que situarla en el recrudecimiento de la represión contra los disidentes chinos, especialmente en las regiones uigures, aprovechando las autoridades del régimen las draconianas medidas de confinamiento y cuarentena. 

Pero, volviendo al principio y especulando de nuevo sobre la teoría de la conspiración precitada, no cabe duda alguna de que la potencia atacante global habría ganado esta batalla sobre su gran competidor sin disparar un solo tiro, aunque eso sí, con unos daños colaterales monumentales.