Opinión

Ceuta, Sebta y una guerra religiosa 2.0

Ceuta España Marruecos

Termina una semana de crisis y son muchos los necesarios cuestionamientos respecto al accionar de Rabat y a la crisis migratoria y humanitaria generada en Ceuta que se inscribe en la retaliación marroquí a España por las actuaciones políticas y diplomáticas del Gobierno de Pedro Sánchez respecto a los intereses marroquíes. 

Mucha tinta ha corrido en estos días convulsos. El canciller marroquí Nasser Bourita explicó, hacia el final de la semana, que la ola migratoria hacia Ceuta se debió a una situación de fatiga o cansancio de los policías marroquíes tras el final de las festividades del Ramadán, una respuesta increíble para un país que se ocupa y preocupa tanto de los detalles. El ministro de Exteriores añadió que la crisis también fue generada por “la total inacción de la Policía española” que, según él, tiene desplegado un policía por cada cien agentes marroquíes en las zonas fronterizas. La crisis política y diplomática entre Rabat y Madrid puede ser explicada como lo han hecho varios analistas marroquíes y españoles. La crisis migratoria y humanitaria generada no tiene justificación alguna. Con la cínica respuesta suministrada por el jefe de la diplomacia marroquí, Rabat se ha encargado de mostrar su dimensión más brutal y cruel no con la prensa, no con Occidente, no con los extranjeros, con su gente.

Dicho esto, no comentaré la crisis, los hechos en sí, sino las cuestiones aledañas, los discursos, las interpretaciones. A las tensiones políticas y diplomáticas en la relación bilateral entre España y Marruecos se sumaron las protestas contra el Gobierno del PSOE y Unidas Podemos en Ceuta. Ciudadanos recibieron a Pedro Sánchez con abucheos y pidiendo su dimisión. Las redes sociales se inundaron de históricas reclamaciones territoriales propias del siglo XX y de una suerte de guerra religiosa 2.0. 

Manifestaciones en las calles de Ceuta, con banderas españolas y una bandera marroquí pisoteada y a punto de ser quemada, pancartas con “¡Guerra al invasor!”, “¡Alto a la invasión!”, y clamando “Moros ¡Fuera!”. Arengas que advertían “es una invasión”, “contra el islam, lucha radical”, “Viva Cristo Rey”, son algunas de las postales olvidables que dejaron la semana que acaba de pasar. Españoles molestos y ofendidos aparecieron en medios advirtiendo que los marroquíes quieren invadir España para hacer de su país ‘otro Marruecos’. Marruecos a su vez era definido con adjetivación excrementicia. 

Hace varias décadas España era un país pobre, atrasado respecto a Europa, que vivió una guerra, que sufrió una dictadura larga y cuya situación en diferentes momentos empujó a miles de españoles a emigrar a América Latina, a Marruecos y a otros países en busca de una vida mejor y más digna. Todo ello hoy parece lejano o inexistente cuando se leen articulistas que plantean que España tiene ante sí «una responsabilidad formidable, porque su frontera separa la democracia de la tiranía y la civilización de la barbarie». Usar esas expresiones en 2021 no parece muy afortunado. España no ha sido siempre ese país moderno, civilizado, democrático y con costumbres ampliamente secularizadas que a muchos nos gusta. Hace algunos siglos, mientras que el norte de Europa, la zona protestante, se modernizaba y secularizaba, el sur, la Europa cristiana, se resistía. Tampoco hay que perder de vista la importante transformación de España en las últimas cinco décadas. Todos los países, sus sistemas y sociedades pueden cambiar, transformarse, modernizarse. Es necesario apostar, promover, apoyar la modernidad para los países del sur, sin condescendencias, aunque nos aguarde todavía un largo camino para tener democracias y economías auténticamente liberales, países modernos y sociedades secularizadas. 

Migrantes corren hacia la valla que separa Marruecos de España, después de que miles de migrantes cruzaran a nado la frontera, en Ceuta, España, 19 de mayo de 2021
REUTERS/JON NAZCA - Migrantes corren hacia la valla que separa Marruecos de España, después de que miles de migrantes cruzaran a nado la frontera, en Ceuta, España, 19 de mayo de 2021

Santiago Abascal, líder de la ultraderecha española agrupada en VOX, dijo que esta no fue una crisis migratoria sino una “invasión”. ¿Una “invasión” de niños y de jóvenes ‘bárbaros’, ‘incivilizados’, ‘ilegales’? ¿Una “invasión” de moros, de negros y de musulmanes? De “invasión” hablaron muchos en España, no solo la ultraderecha. Los progresistas se centraron en la exportación que hace Marruecos de la pobreza: “Marruecos, un país que mata de pobreza a su pueblo, utiliza esa miseria para enviarnos a compatriotas suyos, muchos menores, a nado como represalia por el tratamiento médico al líder del Polisario. A sus propios hijos, sí. Es acojonante. Así los trata y así los utiliza”, tuiteó un destacado columnista de opinión. Sin embargo, no parece que las interpretaciones de unos y de otros se correspondan en estricto sentido con la realidad marroquí, al menos no para una persona que, como en mi caso, ha vivido en Marruecos algunas temporadas, procedente de Colombia y conociendo la cotidianidad de diferentes países de América Latina atravesados por populismos que develan sus raíces religiosas y donde la «santa pobreza» crece exuberante, como diría un escritor italiano. 

Marruecos no mata de pobreza a su pueblo, la sentencia es efectista y exagerada. Es cierto que diferentes factores hacen difícil la vida en Marruecos, pero Marruecos no es un país donde no se pueda vivir, Venezuela es ahora mismo un país donde no se puede vivir. La pobreza no es en sí misma la mayor problemática marroquí, ni explica de manera suficiente la avalancha migratoria que ha sido un ajuste de cuentas con Madrid. El autoritarismo, la ilegalidad, la cultura mafiosa, el clientelismo, la corrupción, el patrimonialismo, las mentalidades, los comportamientos, los hábitos, la falta de una noción racional del tiempo lastran y obstruyen, sin duda, la generación de riqueza, la competitividad y el desarrollo económico del país. Pese a todo, Marruecos ha tenido avances a diferentes niveles e incluso ha tenido una gestión destacada de la crisis sanitaria a diferencia de muchos países de Europa, África o América. Hay pobreza, sí, como en muchos países africanos y latinoamericanos. A la crisis social y económica se añaden la precariedad y la marginalidad agravadas por la crisis sanitaria y el parón que impuso la pandemia del coronavirus, no solo allí, en muchos países del mundo. ¿O cuál fue el detonante para que en Colombia la gente se haya volcado a las calles durante casi un mes? 

Hasta 2019, la pobreza en Marruecos estaba alrededor del 5%, esta cifra podría decirse que era casi envidiable para cualquier país latinoamericano antes de la pandemia, donde el nivel de miseria, precariedad e indigencia ya era muy visible antes de la crisis sanitaria. El norte de Marruecos, que tiene en frente a España, bien podría llegar a competir turísticamente con la Costa del sol en España. Esa zona ha tenido una importante modernización, hay hoteles, resorts, una oferta gastronómica y de servicios en auge, así era al menos antes de la pandemia. Sin embargo, se advertía la falta de perspectiva y visión de negocios que le resta posibilidades a tan alto potencial que ostenta la región mediterránea marroquí. Marruecos precisa mayor liberalización, con mucha distancia de las interpretaciones españolas y marroquíes de marcada tendencia estatista, me permito decir que al arribar a Marruecos se advierte lo oportuno que sería disminuir el tamaño del Estado y su enorme burocracia y, en cambio, promover más mercado, más iniciativa privada, más competencia, más competitividad, mayor productividad, más empresas, empresarios, emprendedores, creativos. No todo puede o debe resolverlo el Estado. La cuestión de las mentalidades, bastante más rezagadas que la importante modernización que ha experimentado Marruecos, la falta de apertura y de decisión política y empresarial para dotar de atractivo turístico el norte del país retrasa el desarrollo de esa zona, pero incluso así el norte de Marruecos no luce, ni de lejos, comparable con la miseria que presentan muchas ciudades latinoamericanas y ni que hablar de algunos departamentos o localidades colombianas en lo que atañe a desarrollo infraestructural, humano, económico y social. Si la peor pobreza y la mayor precariedad que han visto los ciudadanos españoles es la de los marroquíes quizá deberían animarse a atravesar el Atlántico y recorrer América Latina. Adentrarse en Bolívar, Chocó o Buenaventura en Colombia puede redimensionar lo que se entiende en el viejo continente por pobreza, miseria y abandono estatal, como pueden ver, no hay que acudir a casos extremos como Venezuela, otrora un país rico. 

El ministro marroquí de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional, Nasser Bourita
PHOTO/AP - El ministro marroquí de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional, Nasser Bourita

Véanse las estadísticas. La pobreza en América Latina aumentó 3% en 2020, pero en Colombia aumentó un 7%. Según el organismo oficial de las estadísticas en Colombia (DANE), como consecuencia de la crisis económica y social generada por la crisis sanitaria, la miseria hoy alcanza al 15% de la población, es decir, la pobreza extrema aumentó drásticamente en 2020 y hay en Colombia 2.800.000 personas que sufren penalidades para alimentarse, familias que no pueden comer tres veces al día. Este grupo hace parte de otro grupo más amplio que alcanza a 21 millones de ciudadanos que representan el 42% de la población en un país de 50 millones de habitantes. Este grupo, el de la pobreza monetaria, comprende a las familias que no pueden satisfacer sus necesidades básicas. Una parte considerable de la clase media vulnerable volvió a la condición de pobreza de la que es y será muy difícil salir. Sin los paliativos gubernamentales el impacto habría sido mucho peor y el retroceso en la lucha contra la pobreza no sería ya de 10 a 12 años como ocurrió, sino que habría sido de dos décadas. Vista la realidad marroquí, las capacidades y las potencialidades de desarrollo y de crecimiento económico del país, la situación luce más esperanzadora del lado marroquí que del latinoamericano, claro, las potencialidades pueden seguir siendo eso, potencialidades, nada más. Marruecos hoy promete más en términos de desarrollo económico y modernización que la mayoría de los países de América Latina. No así en su panorama de derechos, libertades y modernidad.

Por otra parte, Colombia, un país que tradicionalmente ha sido emisor de emigrantes, un día por razones de geografía y vecindad con Venezuela, se descubrió receptor de inmigrantes y enfrenta como ningún otro país de las Américas los efectos de derrame de las crisis (humanitaria, política, económica y social) ocasionadas por el régimen chavista. Entre 70 mil y 80 mil venezolanos han llegado a cruzar en un solo día desde Venezuela hacia Colombia. De Venezuela han estado saliendo unos cinco mil ciudadanos diariamente en los momentos más críticos. Unos tres mil se quedan en Colombia, otros dos mil siguen hacia los países del sur del continente. Colombia ya acoge, acoge es un decir, en muy precarias condiciones, a más de dos millones de venezolanos y decidió regularizar a 1,7 millones. Sin ser un país rico ha tenido una política migratoria más generosa que otros países de Asia, África, Europa o las Américas. 

En estos años, amigos marroquíes han dicho un poco en serio, un poco en broma, que los latinoamericanos no somos percibidos en España de la misma forma que ellos. Seríamos, en ese orden de ideas, como los primos pobres (la mayoría) o los nuevos ricos (la minoría representada, por ejemplo, en los mafiosos ‘boliburgueses’, otrora militantes del chavismo, hoy instalados en lujosos pisos de Salamanca en Madrid), pero parientes de sangre, al fin de cuentas, mientras que ellos siguen siendo percibidos ya no sólo como diferentes, sino directamente como ‘invasores’. Siempre me pareció que había algo de victimismo y exageración en esa apreciación, pero a la luz de los recientes eventos y de las reacciones suscitadas, puede que tengan algo de razón, también cuando hablan del racismo institucionalizado en España. 

Soldados españoles y miembros de la Guardia Civil patrullan en la valla fronteriza entre España y Marruecos en el enclave español de Ceuta, el 19 de mayo de 2021
AFP/ANTONIO SEMPERE - Soldados españoles y miembros de la Guardia Civil patrullan en la valla fronteriza entre España y Marruecos en el enclave español de Ceuta, el 19 de mayo de 2021

Unos pocos marroquíes me han indicado en el pasado su preferencia porque Ceuta y Melilla sigan siendo españolas, no porque estimen que geográfica o históricamente estas son europeas, sino por una cuestión práctica, algo así como un salvavidas: si la situación en Marruecos se hace difícil, esto es, si el panorama de libertades se cierra más en el país, tener una ciudad europea relativamente cerca les resulta tranquilizador. Otros han sugerido que España se resiste a que Marruecos recupere el Sahara porque una vez lo tenga y salga de ese problema irá por Ceuta y Melilla, sin embargo, nadie desmiente que esto no será de esa manera. Las declaraciones masivas de marroquíes, desde el jefe de Gobierno, hace unos meses, pasando por diferentes analistas y académicos, llegando a las manifestaciones de ciudadanos marroquíes, brindan elementos suficientes que apuntan al interés de reivindicar esos enclaves españoles situados en territorio africano. La reclamación, no obstante, sería sumamente costosa en tiempo y recursos para Marruecos, sin necesariamente salir airoso y victorioso en su reclamación puesto que Ceuta y Melilla, lo han dicho ya sus ciudadanos y hasta la Unión Europea, son ciudades europeas en África. Es decir, Ceuta y Melilla no son el territorio disputado por un movimiento subversivo y de corte totalitario auspiciado por Argelia como sí ocurre con el Sahara.

Las tensiones diplomáticas entre Marruecos y España, a causa del Sáhara, desembocaron además de las crisis política, migratoria y humanitaria en Ceuta, en una suerte de guerra religiosa que se estuvo librando sin fronteras y en formato virtual. Las tendencias en Twitter, los trending topic globales, del 18 de mayo fueron #EspañaInvadida, #MarruecosInvadeEspaña, #CeutaSeDefiende, #CeutaEspaña, #CeutaInvadida, #Ceuta_Es _Marroquí, entre muchos otros. El malestar ciudadano con el alud migratorio procedente de Marruecos se manifestó con protestas. Ceutíes se movilizaron en contra del Gobierno del PSOE y de Unidas Podemos, pidieron la dimisión de Pedro Sánchez, hubo banderas españolas, pancartas y arengas. Las redes sociales ardieron con insultos, comentarios, tuits, y post de ciudadanos españoles y marroquíes que se lanzaron ataques verbales de considerable calibre. 

En las palabras traslucieron resentimientos heredados de generación en generación, no de hoy, ni de ayer, de muchos siglos atrás. Académicos e intelectuales españoles y marroquíes acudieron a interpretaciones geográficas, políticas, históricas, con raíces religiosas y miradas maniqueas y binarias con carga populista para reivindicar, entre otras cosas, la pertenencia de Ceuta o de Sebta y también de Melilla. Se habló de Al-Ándalus, la Reconquista, alguna eminencia española esbozó que “los alauitas”, la dinastía a la cual pertenece el actual monarca marroquí, “han vuelto a sembrar el odio y el racismo entre españoles y marroquíes” y aprovechó para promocionar su libro en el que prueba y demuestra las creencias y las afirmaciones vertidas. “Décadas de buenas relaciones tiradas por la borda por el capricho de un sátrapa y su corte”, zanjó. Estas palabras le valieron la respuesta de un intelectual marroquí que le hizo un listado de las afrentas cometidas por España contra Marruecos desde el siglo XVIII hasta la fecha, así como las deudas históricas de España para con Marruecos. “El odio al moro está arraigado en el imaginario colectivo” de los españoles, por más ilustrados que sean, apuntó su interlocutor y contraparte marroquí. 

Crisis migratoria entre Marruecos y España
AP/BERNAT ARMANGUE - Crisis migratoria entre Marruecos y España

Partidos y líderes políticos españoles salieron en defensa de la integridad territorial española, rodearon incluso expresamente al Gobierno pese a la división política que impera en el país. Analistas y periodistas, progresistas o conservadores, publicaron múltiples artículos, con expresiones insultantes y malsonantes contra Marruecos y también contra el rey Mohamed VI, ignorando u omitiendo que el rey en Marruecos es respetado y querido por la mayoría de los ciudadanos y que la Monarquía tiene la confianza de la ciudadanía al considerarla como una institución que cohesiona y garantiza las constantes vitales del reino. Sin embargo, en la prensa española el rey ha sido insultado con expresiones como “reyezuelo” o “rey holgazán”, entre otras. Samir Bennis señaló que esa es una manera inaceptable de dirigirse no sólo al país, sino principalmente al jefe de Estado, así lo expresó a periodistas y a corresponsales españoles indicando que por muchas desavenencias políticas que haya entre Marruecos y España los medios de su país jamás han insultado al rey Felipe VI. Las expresiones insultantes en la prensa española enfurecen e intoxican a los marroquíes que resienten el hecho de sentirse irrespetados, por ello agregan que recomponer una relación bilateral averiada por las afrentas y las ofensas españolas pasa necesariamente por ser tratados como iguales y no en condición de inferioridad como hasta ahora. Como cabe suponer el tratamiento a Marruecos en la prensa española ha sido mal recibido por las autoridades y por el canciller quien lamentó “la campaña de hostilidad mediática” de los medios españoles, públicos y privados, contra Marruecos a través de “la movilización de todos los medios en términos inaceptables y en ocasiones con la intervención de altos funcionarios”. 

Españoles señalaron en redes sociales que, dentro de 30 años, España habrá acogido a unos 5,7 millones de inmigrantes, que la mayoría serán musulmanes y principalmente marroquíes y que esa cantidad supondría unos 50 o 60 escaños en el Parlamento para un eventual partido de corte islamista. A ese temor se añaden otros, por ejemplo, que estos inmigrantes mantienen relaciones altamente endogámicas y tienen familias numerosas, frente a una población nativa envejecida y donde los jóvenes no están interesados en la paternidad ni apuestan a formar familias extensas. Desde esas perspectivas, España enfrenta un futuro incierto y los más alarmistas advierten el eventual sometimiento español debido a la inmigración marroquí que, según ellos, está siendo potenciada y estimulada por el actual Gobierno. Intelectuales y políticos marroquíes han advertido que diferentes tesis de conspiración circulan en España respecto a la 'amenaza marroquí'. También hay lecturas que desde España se permiten esbozar el miedo o el odio al moro, o ambas cosas y que develan una relación histórica sentimental traumática entre Marruecos y España, cuyos conflictos son de vieja data y afloran en las crisis coyunturales. El lenguaje revela ideas profundas e imaginarios muy arraigados. Observar todo aquello ha sido como un extenuante viaje en el tiempo, una marcha hacia el pasado, una situación surrealista y extravagante. 

Trascendiendo la desafección entre diplomáticos, políticos y gobernantes, hay relaciones que no admiten causales de divorcio, lo dijo un presidente de Costa Rica respecto a Nicaragua, hace unos años, pero esa referencia es extensiva a otros países que por razones de vecindad y de fronteras deben entenderse más allá del desamor, del cambio de humor, de la fatiga o de las desavenencias. Lo ilustran México y Estados Unidos, Argentina y Brasil o España y Marruecos, solo por citar algunos casos muy obvios. «Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre», sentencia para países vecinos, no así para el amor entre hombres y mujeres, desde luego.

*Clara Riveros es politóloga, analista política y consultora en temas relacionados con América Latina y Marruecos. Autora de los libros Diálogo transatlántico entre Marruecos e Iberoamérica y Diálogos transatlánticos, Marruecos hoy. Directora de la plataforma CPLATAM que promueve ideas liberales y el seguimiento de la coyuntura política en los países de América Latina y el Magreb.