Opinión

China toma posiciones en el Golfo Pérsico

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Los contactos formales en Tashkent, entre el ministro de Relaciones Exteriores de China, Wang Yi, con su homónimo saudí, el príncipe Faisal bin Farhan, a poco más de un mes de la debacle occidental en Afganistán, fueron la antesala de la cumbre sini-árabe celebrada el pasado mes de agosto en Ningxia Hui, y ameritan más atención de la que se la ha prestado. El encuentro, parte de una ambiciosa gira diplomática china en la región que incluye a Turquía, Irán, Emiratos Árabes Unidos, Bahrein, y Omán,  se produce además en un momento en el que las relaciones entre Riad y Washington podrían ser mejores, y cuando la guerra civil en Siria se ha convertido ya en un enfrentamiento entre Irán e Israel, de cuya participación Arabia Saudita ha desistido para centrarse en el avispero yemení, conflicto este que sigue drenando los recursos del Reino, precisamente cuando los ingresos provenientes del petróleo se han reducido sensiblemente.

No es de extrañar pues que entre las prioridades del príncipe heredero Mohammed Bin Salman se encuentre el refuerzo de las relaciones estratégicas con China, sobre la base de la oposición a la interferencia en sus respectivos asuntos internos. A diferencia de EEUU, China no necesita dar justificaciones éticas para consumo interno para vende armas a terceros países, porque le resulta indiferente cómo se gobiernen a sí mismos los países con los que tratos, pero sí que defiende con un celo especial la salvaguarda de su soberanía nacional, seguridad y estabilidad social.

Esto es algo que se recibe bien en los países cuyos marcos políticos difieren de los occidentales, y perciben como injerencia externa los discursos que se enarbolan con la bandera de los derechos humanos y los valores democráticos. Estando de acuerdo en esto, alcanzar compromisos estratégicos integrales con China en materia de seguridad y estabilidad compatibles con la Visión 2030 de la Casa de Saúd es casi un mero trámite. Tanto es sí, que los medios oficiales chinos han comunicado que China otorga una gran importancia a su asociación estratégica integral y estable con sus nuevos amigos árabes, con los que ha acordado dar apoyo a las iniciativas Arabia Saudita Verde y Medio Oriente Verde, fortaleciendo su cooperación en materia de energía, inversión y finanzas para Arabia Saudita alcance una economía diversificada.

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Con un alcance más amplio, el canciller chino Wang propuso una iniciativa de cinco puntos para lograr la paz y la estabilidad en el Medio Oriente, postulando a su país para protagonizar la promoción de la paz y la estabilidad a largo plazo en la región, a través de un conjunto de iniciativas en las que el Consejo de Cooperación del Golfo tendrá un papel central, negociando un acuerdo de libre comercio con China, que abre la puerta a una colaboración más estrecha y profunda en materia de hidrocarburos, nuevos suministros de energía, corredores comerciales por tierra, así como a la transferencia de tecnología, incluyendo la militar. Esto es algo particularmente interesante para la voluntad que Arabia Saudí tiene de alcanzar la soberanía estratégica, destinando al menos el 50% del gasto militar a producción en territorio nacional y desarrollar una industria bélica propia. La lucrativa oportunidad comercial que la probabilidad de que la administración Biden proceda a cancelar o limitar  la venta de armas a Arabia Saudita no ha pasado desapercibida en China, sabedora de que Riad ocupa el primer lugar entre los importadores globales de armas, representando un cuota de mercado del 12%, cuyos principales suministradores son EEUU y el Reino Unido, con un 73% y un 13% respectivos del total de la procuración de armas a Riad.

China ha demostrado no sólo agilidad comercial, sino también una notable sagacidad para la diplomacia de geometría variable de la que hoy por hoy adolece Norteamérica, que 20 años después del 11-S continua dando muestras de aturdimiento. La ventaja que Beijing tiene sobre Washington es que, como las maniobras de Wang Yi confirman, es capaz de llegar a acuerdos con actores antitéticos y hasta hostiles entre sí. De este modo, China brinda a Turquía y a los países del Golfo la oportunidad de disminuir su dependencia de los EEUU, mientras que ofrece a Irán apoyo material para contrarrestar las sanciones occidentales. Todo esto, mientras las monarquías del Golfo confrontan los avances estratégicos de Erdoğan en territorios que antaño formaron parte del Imperio Otomano, e Irán mantiene un pulso interpuesto con Arabia Saudí en Yemen. Ello sugiere que entre los cálculos de la diplomacia china esté facilitar un cierto grado de reconciliación entre Ankara y Riad, que tanto el acuerdo para que empresas armamentísticas saudíes fabriquen drones turcos bajo licencia, como el acercamiento de Doha y Riad demuestran posible. Máxime si la opinión de que admiten sottovoce que la guerra en Yemen ya está perdida se hace prevalente y Bin Salman opta por limitar sus pérdidas, tal y como hicieron los Emiratos Árabes Unidos en 2019.

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Esta sería ciertamente la opción preferida por China, que hace de la ausencia de conflicto un elemento crítico en su estrategia para el establecimiento de su presencia económica, la misma razón por la que se afana en convencer a Turquía de que se integre en la Organización de Cooperación de Shanghai junto a un grupo de países de Asia Central, y se ponga en marcha la plataforma de la seis naciones a la que nos referimos en un artículo anterior. En cualquier caso, el planteamiento diplomático chino, que su canciller Wang Yi articula mediante la expresión –que sea sincera y perdurable queda por ver- de una actitud persuasiva, antes que conminativa, ofrece a sus nuevos socios en la región una dialéctica de poder diferenciada, que, lejos de causar un rechazo frontal, parece estar esbozando  el nuevo mapa de alianzas tanto en el Medio Oriente como en Asia Central.