Opinión

China y Estados Unidos: hegemonía condicionada o no por el virus

Donald Trump y Xi Jinping

A estas alturas, pocas voces sostienen ya que no habrá un antes y un después de la gran pandemia de 2020. Sugerir ahora cómo será ese después tiene más en común con decir la buenaventura que con calcular escenarios probables. Con esta caución preliminar, trataremos de aportar algunas consideraciones generales acerca de las posibles secuelas que el inaudito parón económico dejará a medio plazo, y sobre cómo estas alterarán las condiciones bajo las que tiene lugar la carrera de fondo entre Estados Unidos y China. 

La particularidad de la crisis económica en curso es que su causa obedece a un shock de oferta negativa, ya que las medidas sanitarias han obligado a mantener la economía mundial al ralentí, frenando en seco los motores de la actividad empresarial. Esta índole hace que las viejas recetas, como las aplicadas en la Gran Depresión o la Gran Recesión, tengan a priori un efecto modesto, porque, en esta ocasión, la caída de la producción y del empleo no tienen como causa principal la disminución de la demanda, sino que se dan por prescripción facultativa, y son, por lo tanto, dependientes de la evolución de la pandemia, y, sobre todo, de lo resilientes que sean los sistemas sanitarios. Dos datos macroeconómicos oficiales, conocidos esta semana, nos dan idea del volumen que la bola de nieva ha alcanzado en tan solo un trimestre: por un lado, 22 millones de estadounidenses se han inscrito como demandantes de empleo en los últimos 30 días, al tiempo que las autoridades chinas admiten una contracción del 7% de su economía. 

A modo de referencia, señalemos que el ritmo y el tamaño de la pérdida de empleo en EEUU es mayor que el que tuvo lugar en la Gran Depresión de 1929, y que supera ya al número total de empleos creados después de la Gran Recesión de 2008. Por lo que respecta a China, es la primera vez que su economía se contrae desde 1976, no solo rompiendo una tendencia económica, sino poniendo también en tela de juicio la comúnmente aceptada inevitabilidad del sorpasso chino al dominio occidental vigente desde el inicio de la Edad Contemporánea. La fragilidad que estas cifras implican denota que, tal vez, el tren de la Historia tenga dos sentidos, después de todo. Por mucho que la nomenclatura china pueda ordenar la reapertura de su industria -a cualquier coste- es impotente a la hora de colocar su producción en un mercado cerrado hasta nuevo aviso, por lo que no obtendrá una ventaja competitiva por haber contenido el virus antes que los demás. Porque los demás, son sus clientes. Unos clientes que han descubierto con pánico que son un mercado cautivo en amplios sectores estratégicos; una situación que el electorado de los países democráticos no tolerará después de esta pandemia; lo que obligará a los políticos occidentales a revertir la dependencia de China, y a embridar las aspiraciones de Pekín, forzando que el partido se dispute en un campo de juego nivelado.  

China no tiene mayor interés en crear un orden mundial alternativo, sino en desarticular el existente. Por eso, las decisiones de Donald Trump con relación al desmantelamiento de las instituciones de regulación y administración global actuales –con la OMC y la OMS como ejemplos más recientes- redunda en beneficio de China, que concibe el mundo en clave de dragones y ratones. Esta cosmovisión se percibe perfectamente en las actitudes geopolíticas china respecto a las naciones del Indo-Pacífico, especialmente en lo que se refiere a la transigencia de los países de la Asociación de Naciones del Sureste Asiático (ASEAN) con las acciones hostiles de Pekín a lo largo y ancho del Mar del Sur de China; que debería llevarnos a recapacitar sobre las facilidades que la Unión Europea está dando al desarrollo del “Gran sueño de China”, materializado en una “nueva ruta de la seda”,  adornada con el “collar de perlas” del que forman parte un buen número de puertos comerciales europeos, desde Algeciras hasta el Pireo. 

Tampoco EEUU sale especialmente bien parado de esta crisis. La pandemia ha tirado por la borda el mito del excepcionalísimo norteamericano, y ha puesto bajo los focos a un gigante con los zapatos tan embarrados que a duras penas puede caminar. El recurso a la epicidad o la retórica de guerra empleado por Donald Trump son solo una distracción voluntarista que no puede encubrir que las carencias de EEUU en materia de políticas de seguridad alimentaria, sanitaria y energética son fruto de decisiones políticas continuadas que primaron el precio sobre el valor, un modelo de desarrollo orientado al consumo, que es dependiente de un sistema de producción y distribución tan complejo que es vulnerable a algo tan primario como un coronavirus.

La Casa Blanca no ha tenido más remedio que desempolvar las obras completas de Keynes, y ponerse a revisar a toda prisa la Teoría Monetaria Moderna, para activar medidas que han difuminando a todos los efectos la línea que separa lo público de lo privado, al autorizar un gasto que equivale a 1/3 del PIB anual, que será seguido de inversiones monetizadas en obra pública y estímulos económicos, que rozarán en conjunto el 50% del PIB anual, por lo que EEUU pasará a ser durante algún tiempo una economía tan centralmente planificada como la china; todo ello simplemente para evitar el colapso socioeconómico de un país cuyos hogares han visto caer en un 30% su patrimonio neto desde 2007, y reducida su esperanza de vida por cuarto año consecutivo.  

Pekín, por su parte, ya no dispone del músculo económico que usó para insuflar aíre financiero a terceros, tal y como hizo durante la Gran Recesión. Tal y como apuntábamos antes, la economía de China es demasiado dependiente de la demanda externa de occidente como para ser capaz de reactivar la economía global. Tampoco podrá revertir su contracción del PIB hasta que las economías de los Estados Unidos y la Unión Europea -que suponen cerca del 50% del PIB chino- vuelvan a crecer a su vez. 

La administración china se verá con toda probabilidad obligada a posponer la parte del león de las políticas de estímulo interno activas hasta que Occidente crezca, para no malgastar recursos obteniendo unos flácidos resultados por culpa de la baja demanda externa, y ante la constatación de que los altos niveles generales de deuda de China, hacen que estimular su propia economía, emitiendo deuda como durante la crisis anterior, haría vulnerable al sistema financiero chino.  

Con todo, no parece que ni Washington ni Pekín vayan a disponer en el corto y medio plazo de la energía y voluntad necesarias para lanzarse a un sprint final por la hegemonía global. Usando un símil pugilístico, bien podríamos estar viendo a dos boxeadores extenuados y aturdidos, abrazados en medio del ring para no desplomarse. 

En los próximos años, EEUU deberá fortalecer su autosuficiencia industrial para estar en condiciones de disputar la proyección de poder de China, que se ha beneficiado del débil liderazgo global americano, y ha empezado a inclinar decididamente la balanza de poder hacía Asía. Esta restauración de la influencia estadounidense requerirá retejer el mapa de alianzas americanas, reforzando complicidades y renovando la solidaridad con sus aliados tradicionales. Solo cuando EEUU pueda contar con estas herramientas, estará en disposición de revitalizar su diplomacia hacia China, condición imprescindible para, por un lado, evitar que los desacuerdos coyunturales lleven a una volátil confrontación crónica, y, sobre todo, para contar con la fortaleza necesaria para convencer a China de que no puede permitirse el coste de no jugar con las mismas reglas de juego que las democracias.