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Opinión

Colonizando el Este de Europa

Vladimir Putin

Las tensiones entre Rusia y Ucrania, y, por ende, la OTAN y la Unión Europea no han hecho sino incrementar en los últimos meses. A la hora de analizar la eventual escalada del conflicto entre estas dos repúblicas exsoviéticas, lo primero que debemos tener en cuenta es que este conflicto lleva años activo en la región fronteriza del Donbass, al este del país, tal y como lo documenta el filme ‘Donbass, Manual de Supervivencia en 12 lecciones’ o ‘La Vida de Oleg’. Por otro lado, es preciso hacer una lectura más amplia de esta contienda y no reducirla a cuestiones de tipo étnico, pues este conflicto tiene una trastienda geopolítica de mayor envergadura, que no es otra que la lucha por el ‘Lebensraum’ de Rusia. Esta, a fuerza de verse cada vez más presionada por la OTAN y debido a su proyecto regeneracionista e imperial, busca recuperar sus antiguas áreas de influencia. A su vez, la principal perjudicada, Ucrania, se convierte, por estar en tierra de nadie, en un mero soporte físico donde se concentran todos los esfuerzos negociadores, sin contar siquiera con el presidente del país, Volodímir Zelinsky, lo cual es bastante desafortunado para los ucranianos.

Sin embargo, hay un elemento que no suele mencionarse a la hora de tratar este conflicto y este no es otro que el elemento colonial que subyace bajo el proyecto neoimperial de Vladimir Putin. Rusia, sobre la base de la necesidad de tener un cinturón de seguridad formado por repúblicas aliadas y, en base a una serie de argumentos basados en la etnicidad o en ciertas afinidades culturales -lengua o un más que viciado pasado común- se erige como portavoz último de los intereses de aquellos ciudadanos que, siendo rusos, se encuentran bajo la soberanía de Estados occidentales hostiles. De esta manera, a través de una retórica emocional que utiliza términos relacionados con la hermandad, pureza de sangre o la existencia de un proyecto común eslavo, el nacionalismo ruso crea una masa homogénea de ciudadanos rusos dispersos por Europa y por el Cáucaso con los mismos intereses y que enfrentan la misma amenaza: Occidente. No importa si estamos hablando de la República de Osetia del Sur en Georgia, de la Península de Crimea o de las zonas fronterizas de las tres Repúblicas bálticas.

Se observa aquí el pernicioso mecanismo de la colonialidad, el cual no es otro que la negación de la voz de los otros, en este caso, los habitantes de todas las repúblicas resultantes de la disolución de la Unión Soviética. En definitiva, el Estado ruso dirigido por Vladimir Putin se erige como el representante de estos pueblos, los define negativamente en contraposición con Occidente y moviliza a los sectores más nacionalistas para desestabilizar estas repúblicas. El esquema de dominación y negación se repite, y lo que es peor, que este se reproduce en instancias occidentales al ser percibidos de la misma manera, lo cual permite continuar con un diálogo a escala geopolítica que justifica la cosificación de todos estos individuos y les priva de su particularidad, lo que permite poder resolver este tipo de tensiones sin que exista una implicación verdaderamente comprometida con los ciudadanos de estas repúblicas. 

El punto al que quiero llegar sería el siguiente, ¿en nombre de quién se están llevando a cabo las negociaciones? ¿Quiénes son los realmente perjudicados por encontrarse fuera de las fronteras rusas? ¿Son estos los verdaderos interesados en que se desarrollen toda esta clase de conflictos? ¿Son estas repúblicas afines a Rusia o no son nada más que colonias, actuando Moscú como metrópoli? ¿Qué orden se tratará de imponer en Kazajistán tras las protestas que se están llevando a cabo en la actualidad? ¿A quién se le dará voz? La respuesta a estas preguntas nos lleva a considerar que la postcolonialidad, si bien distinta de su predecesora, continúa jugando un papel fundamental dentro de las relaciones internacionales, lo que hace que una mirada dirigida a esta sea más que necesaria en la actualidad. A su vez, el ejemplo ruso rompe con la deshonrosa exclusividad que las potencias occidentales gozaban a este respecto, pues si bien tienen su origen en ellas, la postcolonialidad se ha expandido por todo el globo, y buen ejemplo de ello es la forma en la que China ha penetrado en África.

En definitiva, la postcolonialidad representa un mal -el de la dominación y la negación del otro- que no es inherente a la naturaleza humana, sino que más bien se corresponde con la forma en la que se estructura la política internacional, tanto en su aspecto jurídico como económico. A pesar de todo, estas lógicas se siguen reproduciendo y siguen afectando a millones de personas por todo el mundo, con la salvedad de que los polos de poder se han distribuido y ahora encontramos nuevos actores y nuevas fórmulas de postcolonialidad que se despliegan sobre territorios noveles a este respecto. Nos encontramos pues, como acuñó en su momento el escritor Frantz Fanon, con unos nuevos condenados de la tierra, pero esta vez en Europa del Este.

rafaelarjonasoria@gmail.com