Opinión

Colonizar las instituciones

Imagen del Gobierno en el Palacio de la Moncloa

El gobierno sigue sin saber contar los muertos (oficiales) e invisibles. Un descuadre y un desmadre. Parece un previo ajuste de cuentas contra las estadísticas ante las denuncias por posible irresponsabilidad. Al no existir cadáveres -¿quién los ha visto?- no habrá delito. Terminarán negando que existió el virus chino que infectó nuestras vidas para siempre.

Estamos saliendo de una pandemia en la que el dolor no ha sido compartido sino evitado deliberadamente y esto, según los psicólogos, nos creará graves problemas emocionales porque el confinamiento y la falta de trasparencia amortiguada por la televisión, nos han alejado de la realidad. El encierro afectará a nuestra salud mental: estrés, falta de afecto, de besos y de abrazos; ansiedad, depresión, suicidio… Autoritarismo, cesarismo, totalitarismo.

Golpe de estado incruento

Esa ola de despotismo ya lo estamos viendo en USA, China, Hungría o España. El Estado de Alarma aún en la fase 2 nos está convirtiendo en súbditos del comandante en jefe Pedro Sánchez,- “¡Viva el 8M¡”, es su multidivisa populista, de su fiel escudero Pablo Iglesias –¡señoría cierre la puerta al salir!; de Salvador Illa –prohibió el congreso de los Evangelistas pero calló servilmente para que su pudiera celebrar el Día de la Mujer y de su ayudante Fernando Simón –“a lo sumo, uno o dos casos en nuestro país…”  Por cierto ¿por qué la vice-bonita y las ministras llevaban guantes en esa manifestación? Ya lo dijo Irene Montero: “hubo menos gente por el coronavirus, tía”. Pero el mantra es el mismo: no sabían nada. Mienten.

En esta guerra, la segunda víctima después de las víctimas y sus familias es la verdad. Este gobierno nos ha mentido desde junio de 2018 con la moción de censura, pero tras la sexta reválida del confinamiento, ha resucitado de entre los muertos para llegar al 2030. “Usted nunca llegará a ser presidente del Gobierno [de España], le vaticinó el líder de UP a Pablo Casado”.  Ya se encargará él, la madre de sus hijos y el ministro de Comercio de que los “ruidos de sables” y los “golpes de Estado de Vox” –condenan hasta los pensamientos- nos tengan entretenidos cada tres o cuatro semanas desmantelando a la “policía patriótica”, que la ministra de Defensa, Margarita Robles ha desmentido con escaso éxito. Falta un coletazo de infarto: un supuesto atentado al líder supremo para acercarse a los relatos de martirio de Chaves y Maduro. 

Y ahí tenemos para escribir esa zarzuela al más castizo de los ministros: el postinero Grande Marlasca. ¡Vaya ejemplo de gallardía honradez y nobleza¡ Un chulapa. Miente en Moncloa, en el Congreso y en el Senado para terminar embarrando la brillante hoja de servicios del coronel Diego Pérez de los Cobos por cumplir su deber. Y, además, cuando aparece el documento del cese “por no informar a la superioridad”, se parapeta en el secretario de Estado y dice, con Echenique, que pertenece a “la cloaca”. Un cobarde. Sin adjetivos. Un villano.  Leninismo puro.

¡Cómo un tipo como éste pudo llegar a ser magistrado y miembro del CGPJ!  Este incidente nos ha descubierto al juez que mendigaba altos cargos, -eso sí- al Ejecutivo de Rajoy. La ambición y la soberbia del “pequeño gran Marlaska” siempre han estado por encima de su altura moral y física. En el ministerio actúa como si fuera un juez. Ha incorporado el miedo en su agenda de trabajo, pero no el respeto.

Hasta sus compañeros de profesión se avergüenzan de su comportamiento. Ni Iglesias ni Marlaska merecen el alto honor de ser ministros del Reino de España. Ni siquiera en un gobierno del doctor presidente. Que ya es decir.

Ahora que se ha convertido en un héroe para Sánchez Pérez-Castejón, Marlaska debería desmontar una primera conspiración “patriótica” de la Guardia Civil y de la Policía [y del Ejército, ¿por qué no?] para que la propaganda y el culto al líder supremo no decaiga. Luego, los medios regados de dinero público ya se encargarán de echar la culpa directamente a Abascal. O a Casado. Sin presunción de inocencia.  Un golpe incruento, naturalmente.

Miedos a medio plazo

Hablaba antes de la salud mental y de las secuelas que nos dejará este virus. A ello hay que añadir las secuelas de este gobierno interminable donde la dedocracia y el nepotismo copan todos los resortes del poder. ¡Pedro, colócanos a todos! Y en eso está. Colonizando las instituciones. No contento con haber nombrado 28 directores generales cargándose la ley, esta semana desdobla una dirección general para enchufar a su “compañero del alma, compañero”, José Ignacio Carnicero, dotado con 90.000 euros al año. Este amigo de pupitre con otros 22 empotrados en las nóminas ministeriales sin oposición, ganan más que el propio presidente del Gobierno de la Nación.

¿Dónde quedó la regeneración democrática y el reconocimiento a los funcionarios de carrera? Que se lo pregunten a Edmundo Bal, equidistante en funciones. El asalto a los cielos era eso: colocar a su mentor, Pepiño Blanco, al incombustible José Montilla que se aferra como clavo ardiendo a sus privilegios de ex presidente de la Generalidad y al miembro de Podemos Cristóbal Gallego, un antigasista hasta anteayer. El trinque no está mal: 160.000 euros anuales, 10.000 por sesión, más cuotas pensionadas secretas.

He aquí la nueva normalidad para los elegidos a la mesa del nuevo sanedrín social-comunista. Otro sí sucederá en la CNMC (Comisión Nacional de Mercados y Competencia) donde el gurú Iván Redondo colocará de presidenta a Cani Fernández, asesora en La Moncloa e Iglesias instalará al ex candidato de Podems Carlos Aguilar, íntimo amigo del multimillonario Jaume Roures. Control asegurado en las grandes operaciones de empresa, en especial en las de RTV.

Es lo que hay. La inestabilidad laboral tendrá que gestionar nuevos modelos de protección en las empresas. Todo será nuevo.

Mis amigos de Llorente y Cuenca están elaborando claves para esta Transición a lo que se le ha dado en llamar (con poco acierto) la nueva normalidad. ¿Puede existir una nueva normalidad sin aceptar el luto y el duelo de la pérdida de miles de compatriotas y de millones de trabajadores sin futuro? ¿Qué nueva normalidad emergerá de las cenizas del coronavirus cuando millones de pensionistas veamos reducida sustancialmente la paga mensual mientras la crisis no roza a ningún político?

En septiembre, con un alumnado aprobado sin esfuerzo, con una universidad endogámica y desconectada de las empresas y con un paro galopando hacia los seis millones de personas sin empleo, habrá que reformular todos los parámetros del cambio que van de la globalización al localismo.

La reforma del bienestar (solidaridad y cooperación) necesitará, con urgencia de la protección del sistema público de salud para que no nos pille el coronavirus sin defensas.
El nuevo estado de bienestar deberá incorporar nuevos modelos de higiene, de cuidadores físicos y de seguridad. Una economía en verde y sostenible, que apoye al campo y al turismo.

En este sentido, la colaboración público-privada resultará decisiva para evitar la precariedad colectiva. Las quiebras en la educación, el teletrabajo, los conocimientos digitales y la ruptura de la igualdad tendrán que implementarse para que todo el edificio del estado del bienestar no se venga abajo.

Tregua para la reconstrucción

Entramos en tiempos difíciles. La estabilidad ha terminado. Nos hemos convertido de la noche a la mañana en una sociedad liquida con nuevas incertidumbres. La primera de ellas, la de sobrevivir. Aunque el Ingreso Mínimo Vital (IMV) viene  a socorrer a casi un millón de familias, no será suficiente para ahuyentar los miedos inmediatos: ERTES, ERES, autónomos, cierre empresas  incierto empuje hacia el futuro. Lo progresista es crear empleo.

El impuso europeo regará de millones a los países del sur de Europa pero al final esa factura habrá que pagarla antes de 2038. ¿Quiénes pagarán la deuda? Nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Una mala herencia tras haber derrochado una década de oportunidades. Solo desde la ética y la austeridad podremos cumplir el mensaje solidario: que nadie se quede en el camino.

Las obscenas subidas de salarios a los altos cargos de la Generalidad –incluidos los expresidentes y ex consejeros-, la subida de sueldo del alcalde socialista de Alcalá de Henares, Javier Rodriguez, un 25 por 100 mientras dejaba en la calle a 27 personas discapacitadas y la exponencial ampliación de las Administraciones, no son el mejor ejemplo en tiempos de hambre y de paro.

Necesitamos una tregua política para que la Comisión de la Reconstrucción alumbre nuevos acuerdos que eviten la crisis humanitaria que nos acecha. dCIDE (el centro izquierda de España) que lidera Antonio Robles, ha propuesto un documento que deberían suscribir todos los partidos que crean en la Carta Magna.

Destacamos este decálogo de urgencia: 1) Valoración objetiva de los efectos humanos y sanitarios producidos por la pandemia. 2) Establecer sistemas de detección temprana. 3) Conocer a los expertos e información completa sobre las contrataciones. 4) Control parlamentario y responsabilidades políticas y ciudadanas. 5) Coordinación  a nivel nacional. 6) Blindar en la Constitución el sistema nacional de Salud y crear un protocolo sobre las pandemias. 7) Plan de Reconstrucción nacional con incentivos a la inversión y a la creación de empleo. 8) Profunda reforma del Estado empezando por el recorte del Gobierno. 9) Revisión de todas las subvenciones públicas y supresión de asesores y organismos políticos.  Y 10) Reducción del gasto público, empezando por el sistema de jubilación de los políticos.
 
Objetivo: evitar la espira autoritaria, el control de la opinión pública mediante la manipulación y, en definitiva, impedir la colonización de las Instituciones.

Antonio Regalado dirige BAHIA DE ÍTACA alojada en: aregaladorodriguez.blogspot.com