Opinión

Condenados a entenderse, aunque no quieran

Palestina Israel

Son varias las conclusiones que se pueden extraer en torno al actual clima de violencia que se extiende estos días en Israel, en Gaza y en Cisjordania.

La primera es que se equivocaron los firmantes de la Acuerdos Abraham si pensaban que podían prescindir del problema palestino para normalizar relaciones diplomáticas. Su firma envió inicialmente al mundo la señal de que los árabes, cansados del bloqueo del proceso de paz, preocupados por problemas más acuciantes como el que presentaba Irán, y escarmentados tras varias derrotas militares a manos de Israel, podían prescindir de los palestinos que hasta entonces habían tenido un derecho de veto sobre la aceptación diplomática del Estado de Israel. Lo que ahora sucede coloca en una situación muy incómoda a los Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Sudán y Marruecos, que no pueden mirar a otra parte como si los heridos en la mezquita de Al-Aksa y los muertos por los bombardeos israelíes no fueran con ellos.

La segunda es que se equivocó también Israel al interpretar el silencio palestino desde el último estallido de violencia en 2014 como una especie de resignación tácita a vivir indefinidamente bajo la ocupación. Tel Aviv se preocupó entonces de Irán y dejó de prestar atención al problema palestino. La prueba es que en las tres últimas elecciones israelíes no se ha hablado del tema, mientras no solo continuaba, sino que se aceleraba la política de asentamientos en los territorios ocupados. A este error probablemente contribuyó también el apoyo sin límites de Donald Trump a Israel, manifestado en el reconocimiento de Jerusalén como capital única e indivisible del Estado hebreo, el traslado allí de su Embajada, la aceptación de la soberanía israelí sobre el Golán ocupado, el apoyo a la política de asentamientos y quizás también a la anexión de otras partes de Cisjordania, mientras cerraba el fondo de las ayudas a los refugiados palestinos. Todo esto creó en Jerusalén una sensación de invulnerabilidad tan real como falsa.

La tercera es que no se puede construir con solidez cuando los cimientos son débiles y esto es lo que ha ocurrido ahora cuando un trueno ha desatado una tormenta al coincidir en el tiempo los israelíes que celebraban la conquista y reunificación de Jerusalén, con los palestinos festejando la Noche del Poder, la más sagrada del Ramadán y del islam en general. Ha bastado una chispa sobre rescoldos de provocaciones del grupo radical israelí Levada y de desahucios en el barrio oriental de la ciudad para desatar la tragedia que luego han contribuido a ampliar los cohetes de Hamás sobre ciudades israelíes y los bombardeos de Israel sobre la Franja de Gaza. Al igual que ocurrió con las dos Intifadas de 1987 y 2000 un incendió repentino como el actual solo se explica cuando hay mucho rescoldo humeante que nadie se ha ocupado de apagar.

La cuarta es que la situación en la que viven los palestinos tanto de Israel como de los territorios ocupados dista mucho de ser buena y es peor si se la compara con la de los israelíes en libertades, renta, servicios sociales etc. Son ciudadanos de segunda clase hasta el punto de que la ONG Human Rights Watch ha comparado hace un par de meses su situación con el apartheid. Es muy fuerte. Es una situación que alimenta el resentimiento y el odio y que explica que el conflicto se esté extendiendo con características de confrontación civil a ciudades donde conviven palestinos e israelíes.

La quinta conclusión es que la política israelí de ocupación tiene un precio muy alto para Israel porque la demografía juega a favor de los palestinos y se puede llevar por delante la democracia si sus derechos no reciben la debida atención. Además, su revuelta impide que países árabes que se estaban acercando cautamente a Israel, como es el caso de Arabia Saudí, puedan seguir haciéndolo mientras que otros musulmanes, como Turquía, con ansias de dominio regional, aumenten sus críticas y condenas al Estado hebreo. Nos coloca a todos los demás en una situación muy incómoda porque no dudamos del derecho de Israel a defenderse, pero también pensamos que los palestinos merecen nuestra atención. Y finalmente porque el tiempo corre en contra de Israel mientras no cambie de actitud porque cada vez ganarán más terreno acusaciones como las de Human Rights Watch o el mismo Tribunal Penal Internacional que habla de crímenes de guerra en los territorios ocupados.

La sexta conclusión es que el actual estallido de violencia se produce entre dos contendientes en situación de debilidad. Israel parece encaminado a una quinta elección tras cuatro en los últimos dos años, el Parlamento (Knesset) está muy dividido y no logra formar Gobierno y su actual primer ministro se enfrenta a acusaciones de corrupción. Por parte palestina el presidente Abbas no parece controlar mucho y las divisiones entre OLP y Hamás le han llevado a no convocar elecciones en 15 años. Unos están hartos de votar y otros están faltos y como consecuencia los respectivos liderazgos son débiles. El resultado es peligroso porque los lideres débiles son más impredecibles y tienden a tener agendas propias por encima de los intereses nacionales.

La séptima es que ha quedado en evidencia la enorme incomodidad con la que la Administración Biden contempla lo que ocurre. Su actitud con Israel no es la de Donald Trump, sin por ello poner en duda el firme compromiso con su seguridad y su derecho a defenderse. Pero también busca más atención y respeto para los palestinos. Mientras el Partido Republicano le acusa de débil en su defensa de Israel, Biden da la impresión de que le gustaría evitar verse arrastrado a este problema porque sabe que ninguno de sus predecesores logró solucionarlo y porque su preocupación verdadera está en China, muy lejos de Oriente Medio. Sus dudas han impedido hasta el momento que el Consejo de Seguridad de la ONU pueda tomar cartas en el asunto. Y alguien tiene que hacerlo para parar una violencia que no arreglará nada y que solo aumentará el dolor de israelíes y palestinos, palestinos e israelíes, llamados a entenderse, aunque no lo quieran ver.

Jorge Dezcallar, embajador de España