Opinión

Coronavirus y refugiados: ¿Oportunidad o condena a muerte?

Campamentos de refugiados

El martes 24 de marzo la Unión Europea llamó a la urgente evacuación de los superpoblados campos de refugiados en Grecia para salvar todas las vidas posibles, en palabras del propio comité designado por el Parlamento Europeo para supervisar e informar de esta situación. La vida de más de 42.000 refugiados está en juego (solo en esta zona) debido a la rápida expansión del coronavirus, y, sobre todo, a que estos campos de refugiados, al igual que la mayoría de los que existen en el mundo, no cumplen con los requisitos mínimos establecidos por la OMS (WHO):

  • Servicios Sanitarios mínimos (test para localizar a infectados)
  • Higiene continua
  • Aislamiento suficiente para evitar la propagación

 

En otro punto geográfico del planeta, no muy lejos de la isla de Lesbos, tenemos a un ejemplo muy claro de los indefensos: la situación de la región siria de Idlib, con unos 3 millones de habitantes, y debido a los ataques militares recibidos en los últimos meses con las instalaciones sanitarias reducidas a escombros por los bombardeos y sin apenas productos médicos de primera necesidad. Estos ataques del régimen sirio y Rusia en la región han desplazado de forma precipitada alrededor de 1 millón de personas, llevando a esta multitud a campos eventuales sin estructuras de ningún tipo y de condiciones sanitarias indescriptibles. Idlib tiene 1.4 doctores por cada 10.000 habitantes.

Existen más de 70 millones de desplazados y refugiados en el mundo viviendo en su mayoría en campos y espacios superpoblados (algunos miles no tienen actualmente ni un techo, como es el caso de los recién desplazados por el conflicto de Idlib en la frontera con Turquía). Pero las actuales restricciones de movimiento (y por lo tanto de comida y medios sanitarios, humanos y económicos) impuestas por los diferentes Estados para tratar de contener los contagios de este virus están incrementando las carencias y empeorando notablemente las condiciones de la mayoría de estas personas, y, por lo tanto, aumentando las posibilidades de catástrofes sanitarias sin parangón, de las que además no sería fácil salir por el contexto donde tendrían lugar.

Si la primera ola de contagio del COVID-19 fue China, y la segunda ola está siendo lo que conocemos como los países de Occidente, no cabe duda de que la tercera ola, y quizás la más devastadora, será la de los más vulnerables e indefensos, entre los que se encuentran sin duda los desplazados y refugiados.

Un contagio, miles de problemas

El Moria Camp, en la isla de Lesbos, donde hay unos 20.000 refugiados, habiéndose construido para albergar a unos 3.000, es un claro ejemplo de lo complicado que se presenta seguir las pautas de higiene y aislamiento que actualmente llevan a cabo la mayoría de Estados donde el virus ya ha aparecido. En este campo, el simple hecho de lavarse las manos es una odisea por la falta de grifos y jabón, si sumamos la convivencia en casetas de campaña (o estructuras semi-permanentes) de familias muy numerosas, y en algunos casos de varias familias compartiendo techo, hacen imposible mantener la distancia mínima necesaria para evitar el contagio.

Si la sola prevención del contagio ya es difícil en este contexto, tenemos que pensar que ocurriría si se produjeran contagios en estos campos atestados de refugiados y desplazados. Los recursos sanitarios son muy limitados y más aún si hablamos a nivel urgencias (en la isla de Lesbos solo hay 6 camas para cuidados intensivos para compartir entre residentes y todos los solicitantes de asilo, y este sería el caso de Grecia, en el caso de Siria, Yemen, Irak… la situación sanitaria es aún bastante más complicada). La propagación sería muy rápida y para cuando salte la alarma ya se habrán contagiado cientos sino miles.

La solución a este problema que se nos avecina es muy complicada, más si tenemos en cuenta que apenas la encontramos para nuestros propios Estados, donde gozamos de una razonable sanidad, medios económicos e información. Pero habría que empezar con soluciones de campo. Aumentar el número de máscaras y guantes que actualmente se están repartiendo en los campos es un aspecto fundamental para evitar contagios masivos además de realizar controles de temperatura a los habitantes de los campos (y por supuesto para las llegadas de nuevos refugiados), para descartar personas ya contagiadas y hacer todos los test de COVID-19 posibles para poner en cuarentena a todos los contagiados, por lo que habría que aumentar de manera importante los medios humanos y técnicos sin más dilación. El traslado de los mayores de 60 años a lugares menos expuestos y donde se les pueda atender mejor en caso de contagio sería otra necesidad, junto a medidas especiales para los menores no acompañados, que suponen un problema muy importante por la falta de control que estos casos conllevan y porque representan también un número importante dentro de estos campos (De los 7.500 refugiados que viven en el campo de la isla de Samos, 400 son menores no acompañados).

Pero, sobre todo, la herramienta fundamental para este caso es la información. Al igual que cuando en el caso de las migraciones los refugiados y migrantes necesitan tener toda la información posible para tomar la mejor decisión en cuanto a ruta, climatología, leyes de asilo en el país de acogida…etc., en el caso del COVID-19 deben de conocer todo lo posible sobre el virus; modos de contagio, como prevenirlo, donde acudir en caso de duda.

Sin una información en el momento necesario y por los medios adecuados a la situación, migrantes y refugiados pueden tomar decisiones que pongan en peligro a todo el mundo, debido a que el sentimiento de miedo que se está apoderando de muchos de ellos y les lleva a pensar que es mucho mejor escapar de los campos y morir en el intento que quedarse y morir a causa de la pandemia, porque saben que en caso de un contagio incontrolado, un tanto por ciento muy elevado de los habitantes de los campos de refugiados y desplazados estará condenado a muerte. Estas huidas desesperadas supondrían una entrada no controlada de personas que podrían ser portadoras del COVID-19 a otros Estados, abriendo nuevos focos de contagio y comenzando de nuevo, en esos Estados de recepción, el proceso de aislamiento y cuarentena de posibles nuevos casos. Son interesantes las iniciativas para mantener informados a los refugiados como las aplicaciones móviles Singpost o Miggapp, diseñadas en principio para dar información a los migrantes y refugiados sobre rutas de migración, normativas países de asilo etc., y que se han adaptado para en parte para mantener informados a los desplazados sobre todo lo concerniente al COVID-19.

Refugiados

NRC.no o Norwegian Refugee Council nos da una serie de pistas en forma de datos sobre la realidad de los desplazados y refugiados en el mundo y que debemos tener en cuenta cuando nos vamos a formar una opinión de cómo tratar la situación de este colectivo con respecto a la pandemia del COVID-19:

  • De algo más de 70 millones de desplazados en el mundo, 29 millones son refugiados y el 84% viven en países de economías bajas o medias.
  • El sistema sanitario de estos países de acogida es ya de por si débil para los residentes, a los que habría que sumar los refugiados. Esto debilita automáticamente a los países que acogen desplazados.
  • Estos países de acogida suelen tener unas fronteras porosas o de difícil control, lo que complica el control de quien entra y sale del país. En un caso como este de pandemia, el control de fronteras se hace muy importante para controlar todos los focos del virus.
  • Los refugiados son un colectivo especialmente vulnerable al Covid19, por su inestabilidad, movilidad geográfica, condiciones de hacinamiento, falta de sanidad, salubridad...
  • No se suele contar con este colectivo en los planes gubernamentales para pandemias, por lo que a priori no reciben mucha información. 
  • Son los primeros a los que se acusa de expandir cualquier virus o enfermedad. Este colectivo es un recurso muy usado por políticos y grupos populistas para ganar adeptos.

 

Coronavirus

Pero, ¿cómo combatir una pandemia como esta en lugares como Irak, Afganistán o Siria donde la guerra y los conflictos has destruido la mayor parte de los hospitales y la estructura sanitaria? Las zonas donde existen grandes concentraciones de refugiados son varias y están dispersas en el globo terráqueo, Bangladesh con unos 900.000 refugiados Rohingya de la vecina Myanmar, Grecia con una parte importante de los refugiados afganos y sirios que intentaron cruzar el mediterráneo en 2015 y 2016. En Yemen sobreviven alrededor de 3,6 millones de desplazados en campos mayormente temporales y en condiciones higiénicas prácticamente inexistentes. En Colombia tenemos a unos 1.6 millones de refugiados venezolanos que han huido de su país…Siria, Líbano, Bosnia, etc.

Es especialmente dramática la situación en la frontera entre Turquía y Siria, donde se calcula que existen ya unos 4 millones de desplazados y ha superado a Gaza en la región más densamente poblada de Oriente Medio. Aquí ya no se trata de que las trabas burocráticas de la pandemia estén limitando la ayuda humanitaria, sino que en muchas zonas de esta región siria la ayuda no llega directamente debido al conflicto congelado que se vive desde hace unos meses, y a la falta de determinación de Occidente para mejorar la situación de estos desplazados.

El papel de las ONGs  ha sido siempre el pilar principal sobre el que refugiados y desplazados se han apoyado para vivir lo más dignamente en los campos y mantener la mayor parte de las infraestructuras en torno a este colectivo, ya fueran tareas administrativas, de rescate, de información, de facilitación de asilo…etc. Los gobiernos, por otra parte, y a pesar de que la mayoría de estas organizaciones son de carácter privado, también han “delegado” muchas de  sus funciones con respecto a los refugiados y migrantes a las Organizaciones No Gubernamentales, confiando en ellas para la mayoría de tareas de apoyo y gestión de recursos gubernamentales para este caso, pero lo cierto es que al igual que está pasando con los médicos y sanitarios de todo el mundo, el número de voluntarios está bajando por miedo al contagio, y por otro lado, una parte de los que todavía realizan tareas con este colectivo se está contagiando, con lo cual la asistencia a estas personas está reduciéndose en todos los sentidos. Algunas ONGs están pidiendo voluntarios de manera desesperada ante en el empeoramiento de la situación de los campos de acogida en general, donde están llegando menos comida y suministros en general, además de tener que intentar mejorar las rutinas de higiene y sanitarias de los desplazados. 

Por lo tanto, la situación de los refugiados y desplazados va a tender a empeorar de manera notable en todos los sentidos, ya que los gobiernos tendrán que “hacerse cargo”, al menos parcialmente, de la situación de los campos y de su normal funcionamiento además de la prevención de contagio del COVID-19. Evidentemente la situación en el que el Gobierno de Grecia y la Unión Europea tienen que tomar medidas, que ya las están tomando, es muy diferente a la situación de Irak, Siria o Yemen donde además de no existir apenas infraestructuras, los refugiados y desplazados suponen un problema añadido a la situación de crisis.

También los populismos están pidiendo su dosis de protagonismo; “Esta pandemia está pidiendo fronteras” decía Laura Huhtasaari, la candidata a las presidenciales de Finlandia por el partido de extrema derecha Finns Party en 2018, y es que como pudimos ver antes, el colectivo de migrantes y refugiados es caldo de cultivo para partidos de extrema derecha y movimientos antiinmigración. El presidente italiano también ha vinculado a los migrantes ilegales que cruzan el mediterráneo con la expansión del virus y por supuesto, el presidente americano Donald Trump, ha llamado al cierre total de fronteras para que los migrantes no puedan contagiar el Covid19 a ciudadanos norteamericanos.

Las lecciones aprendidas de la crisis migratoria del 2015, que nos dejó con un Schengen bastante tocado con controles permanentes en varios de los países de la Unión Europea, un Brexit que se acaba de hacer realidad, y un fuerte incremento de los europeos a los partidos de la extrema derecha, nos dice que una parte de lo que ocurra en los países de Occidente a raíz de la pandemia se lo vamos a achacar al colectivo de los más vulnerables y de los refugiados y desplazados. 

La situación en estos momentos de los más vulnerables y de los refugiados y desplazados es, cuanto menos, muy grave. A la imposibilidad de las comunidades donde viven las personas más vulnerables y los campos de refugiados y desplazados de llevar a cabo las normas mínimas de higiene y convivencia para evitar el contagio del COVID-19, se le está sumando la falta de suministros necesarios, ya no solo para prevenir y luchar contra la pandemia, si no de los productos básicos para sobrevivir, debido al cierre de fronteras y las restricciones para mover mercancías y ayuda humanitaria que se está viviendo en  casi todos los países del mundo. 

Además, la falta de voluntarios, en parte por miedo al contagio, en parte porque ya se han contagiado y no pueden seguir ayudando a este colectivo, está empeorando la situación general de los campos, llevando esta situación extrema a que algunos confinados se planteen escapar de los recintos y arriesgarse a llegar a otras regiones o países, con el consiguiente riesgo para ellos y para los residentes de las comunidades receptoras. 

El contagio del COVID-19 en algunos de estos campos supondría un verdadero drama debido a la dificultad, por la falta general de medios, de parar la sangría que supondría esta enfermedad en un lugar superpoblado y sin el apoyo sanitario necesario. La pregunta que nadie se quiere hacer es qué haremos cuando el virus llegue a un campo de refugiados superpoblado y sin posibilidad de atención médica suficiente; ¿lo cerraremos y los dejaremos morir para evitar la expansión del virus, o encontraremos la manera se salvar el mayor número de vidas posible? Ciertamente, esta pregunta se puede extrapolar hoy en día a ciudades y regiones del mundo que están actualmente viviendo una situación crítica por el número de contagiados, como podría ser la Lombardía italiana., aunque la diferencia principal seria la propagación, además del virus, del pánico, y de todas las situaciones que este miedo exacerbado podría producir en los recintos.

Podremos hablar de OPORTUNIDAD para refugiados y desplazados si los gobiernos y organizaciones supranacionales tratan a estas comunidades como parte integral de los Estados y se cuenta con ellos para desarrollar cualquier tipo de plan nacional o internacional para la pandemia, ya sea de prevención, o de atención médica a los infectados, además de promover la integración de todos los desplazados en esta situación en  países de acogida y actuar de forma determinada en las zonas de conflictos donde no se permite la intervención de la ayuda humanitaria. O podremos hablar de CONDENA A MUERTE si nos desentendemos completamente del problema y no incluimos a este colectivo entre los planes de contingencia para luchar contra la pandemia que se están llevando a cabo en la mayoría de los Estados del mundo.