Opinión

COVID-19: una oportunidad para la guerra

Edificio en ruinas

Contra todo pronóstico y el deseo de millones de personas en el mundo, la COVID-19 se está revelando como una oportunidad para desatar y proseguir las guerras en todo el mundo. Intereses geopolíticos, codicia de materias primas, mercaderes de armas y disputas de liderazgo religioso, nacional o tribal, encuentran ahí un terreno propicio. 

Los llamamientos hechos por las organizaciones internacionales, la ONU en cabeza, la Unión Africana, la Unión Europea o la Organización de Estados Americanos a hacer callar las armas, a resolver pacíficamente los conflictos, caen en saco roto. Los intereses en juego son mucho más poderosos que los piadosos deseos humanistas.

El conflicto entre Palestina e Israel, con más de 70 años de antigüedad, continúa peor que nunca. La implantación de nuevas colonias sionistas en tierras hasta ayer palestinas, con el visto bueno y el paraguas protector de Estados Unidos, hacen imposible cualquier solución política. Toda la región sufre los efectos de este volcán que amenaza con erupción. Ello, unido a la guerra civil en Irak y Siria, al estallido tribal en Libia fomentado por las potencias capitalistas y sus aliados regionales, y al conflicto de agresión en Yemen, conforman un Oriente Próximo en llamas.

En África, a pesar de los esfuerzos de la Unión continental para encontrar terrenos de entendimiento político, de integración económica y de coordinación multilateral para hacer frente a la COVID-19 y a sus secuelas socioeconómicas, el terrorismo de índole religiosa o no, continúa su rosario de asesinatos en el Sahel, en África occidental y oriental y en el Magreb

Incluso conflictos en principio fáciles de resolver, como el del Sáhara occidental, se encuentran enquistados por el recurso obsesivo de los protagonistas a la utilización de “principios” ya obsoletos históricamente como “el derecho de los pueblos a la autodeterminación”, válido después de la Segunda Guerra mundial para demoler los imperios coloniales europeos en Asia y

África, pero imposible de aplicar en el siglo XXI, y mucho menos en la situación de crisis sanitaria generalizada, y de mundialización de la economía. Aferrarse a ese “derecho” solo se explica por los intereses de las élites dirigentes a mantener sus privilegios, negando el primer derecho de la gente que es “a vivir dignamente”. Aparcar las diferencias para encontrar la mejor vía de progreso común es, hoy por hoy, una tarea de Hércules. Ante la sabiduría de las palabras, se antepone la inhumanidad de las armas.