Opinión

Desafíos y oportunidades de la COVID-19 para las monarquías del Golfo

Coronavirus Golfo

Toda crisis, incluyendo la desencadenada por la expansión de la COVID-19, representa una oportunidad para aquellos que tienen los medios y la información necesaria y saben tomar decisiones en el momento adecuado. A pesar de su dependencia del petróleo y la consiguiente vulnerabilidad a los efectos de una recesión económica mundial, las monarquías árabes del golfo Pérsico parecen haber sabido afrontar los desafíos de la pandemia global, al menos de momento.  

Si bien es cierto que cada uno de estos reinos y emiratos tiene sus particularidades, los seis países que forman el Consejo de Cooperación del Golfo ―Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos (EAU), Omán y Arabia Saudí―cuentan con una serie de características comunes que hacen que puedan ser analizados en conjunto: todos son países exportadores de hidrocarburos, algo que les hace disfrutar de abundante capital en tiempos de bonanza pero les vuelve susceptibles a los vaivenes de la economía mundial. Esta riqueza les permite dotar de servicios públicos y generosos subsidios a sus poblaciones locales, una contrapartida a la ausencia general de derechos políticos. 

Pese a su reducida población y escaso poder militar, las seis monarquías tienen un importante peso internacional gracias a sus estrategias de poder blando ―desde la influencia religiosa de Arabia Saudí hasta el poder mediático de Qatar― y su apoyo a diversas facciones en conflictos como el de Siria o Libia. Las seis monarquías son conscientes del peligro de depender únicamente del petróleo y el gas, que aún representan más de dos tercios de sus ingresos, y en los últimos años han tratado de diversificar su economía para atraer al turismo y el sector financiero. Un ejemplo es el establecimiento de aerolíneas fuertes y la construcción de puertos y aeropuertos internacionales que sirven de nodos al tráfico mundial de personas y mercancías. Finalmente, casi todos estos países cuentan con un porcentaje muy significativo de población inmigrante ―más del 80% en Emiratos.

¿Cuál ha sido el impacto de la COVID-19 en este grupo de países? Su cercanía a Irán, uno de los grandes focos de la epidemia, la importancia aeropuertos como el de Dubái ―el quinto con más tráfico del mundo― y las precarias condiciones de vida de los trabajadores inmigrantes, no cubiertos por la sanidad pública, les hizo estar expuestos a un brote. No obstante, los Gobiernos reaccionaron con rapidez, implementando medidas para prevenir la expansión de la enfermedad que combinan tecnologías avanzadas y el autoritarismo propio de la región ―en Bahréin las personas en cuarentena están permanentemente geolocalizadas y en Dubái, donde cada persona que quiera abandonar su domicilio debe rellenar un formulario online, la red de videocámaras está preparada para identificar infractores. Algunas de estas medidas serían inasumibles en las democracias occidentales, pero se han demostrado exitosas. Los fallecidos confirmados por la enfermedad en los seis países apenas superan los 300 a finales de abril. 

Aunque los gobernantes han anunciado medidas de estímulo económico y han lanzado mensajes ensalzando la unidad y el orgullo nacional, la COVID-19 ha mostrado los límites del equilibrio entre los distintos sectores de la población. Si bien al principio de la epidemia las autoridades aseguraron que la epidemia afectaba a toda la sociedad y que los gobiernos harían test y tratarían a todos los inmigrantes que la sufrieran, más tarde empezaron a forzar la repatriación de los trabajadores extranjeros. Igualmente, algunos países como Arabia Saudí y Bahréin han discriminado a los ciudadanos chiíes, bien forzando cuarentenas obligatorias o desentendiéndose de los peregrinos atrapados en Irán. Si bien algunas de estas medidas están justificadas y han permitido controlar la expansión de la epidemia, también han contribuido a aumentar la tensión sectaria. Además, casi todos los países han restringido la libertad de expresión con el pretexto de luchar contra la desinformación sobre la epidemia.

Aunque la pandemia apenas se ha cobrado víctimas mortales, los efectos de la crisis económica representan una amenaza mayor. Además de la disminución de riesgos que representa la caída de los precios del petróleo, la paralización del tráfico aéreo causará pérdidas millonarias a los aeropuertos y aerolíneas. Casi todos los países han ofrecido estímulos al sector privado y generosos subsidios a sus ciudadanos. No obstante, el aumento del gasto público en un momento de reducción de los ingresos es insostenible a largo plazo si no se recupera la economía a nivel global, de modo que es posible que se adopten medidas de austeridad que pueden amenazar el contrato social entre súbditos y gobernantes. 

Más allá de las tensiones sociales, todavía de baja intensidad, y del impacto económico, la pandemia representa una oportunidad para aumentar la influencia internacional de las monarquías del Golfo. Quizá EAU ha sido el país que más presencia ha logrado por sus significativas contribuciones. En enero, Emiratos envió suministros médicos a Wuhan y ayudaron a repatriar a ciudadanos de varias naciones atrapados en China, y desde la declaración de la pandemia global han enviado material sanitario tanto a países en vías de desarrollo como Somalia y Pakistán como a miembros de la UE como Grecia y Croacia. Esta ayuda indiscriminada ―independientemente de la religión y la situación económica del país receptor de ayuda― ha aumentado significativamente la reputación de los Emiratos, que salen reforzados de la crisis.

A pesar de sus tensiones con Irán, EAU ha enviado allí material sanitario y especialistas médicos, algo que también han hecho Qatar y Kuwait, cuya relación con Irán es más cordial. Estos esfuerzos han rebajado significativamente la tensión entre la República Islámica y las monarquías petroleras, una tendencia que parece haber comenzado en enero tras el asesinato del general iraní Qassem Soleimani por EEUU. No obstante, la crisis no ha permitido restaurar las relaciones entre los miembros del CCG, muy dañadas desde el conflicto diplomático de 2017 entre Qatar y Arabia Saudí, EAU y Bahréin. Tras la reunión de emergencia del CCG a finales de marzo para coordinar esfuerzos contra la COVID-19, este último país y Qatar se enfrentaron por causa de unos vuelos de repatriación de ciudadanos bahreiníes atrapados en Irán pagados por el Gobierno de Qatar.

Aunque los Estados con mayor capacidad económica tienen más posibilidades de controlar y gestionar una pandemia, la situación en algunos países europeos o Estados Unidos demuestra que el dinero no lo es todo. Las monarquías del Golfo han sido capaces de contener y mitigar los efectos de la epidemia con una combinación de autoritarismo, prevención y tecnologías punteras. Sin duda, parte del éxito en su gestión se debe a su experiencia previa: en 2003 la región fue golpeada por el SARS y en 2012 comenzó el brote del MERS, una enfermedad muy letal provocada por un coronavirus menos infeccioso que el que causa la COVID-19. Pero, además, los países del CCG han sabido aprovechar la oportunidad de aumentar su presencia internacional y mejorar las relaciones con Irán. Aunque el descenso de la demanda de hidrocarburos amenaza su estabilidad económica y sin duda detendrá proyectos como la construcción de NEOM en Arabia Saudí ―también ha paralizado la Expo 2020 de Dubái―, el impacto de la COVID-19 será mucho menor que en países árabes más pobres como Egipto o sumidos en conflictos, como Yemen, Siria o Libia. Los principales desafíos serán la falta de mano de obra, pues muchos trabajadores inmigrantes han vuelto a sus países, y cierto descontento social si se adoptan medidas de austeridad.