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Opinión

Desmitificación de Bolívar y el manoseo de la historia

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Es de aceptación general que quién controla la historia del pasado se garantiza el poder del presente y del inmediato futuro. En virtud de tal principio puede decirse que nunca como ahora ha sido tan manoseada y manipulada la historia en la mayor parte del mundo, especialmente por parte de las grandes potencias. España lo fue, rigió los destinos del planeta durante casi tres siglos, antes de perder su imperio, una epopeya de la que, al igual que los que han pasado por experiencia similar no cesan de reivindicar en sus aspectos y realizaciones más positivos, sean Egipto, Grecia y Roma, o Francia, Holanda y Reino Unido como experiencias más recientes. 

En la transmisión de la historia a las nuevas generaciones España ha querido no solo reivindicar con justicia un saldo abrumadoramente positivo para los pueblos que descubrió, conquistó y administró, sino que también ha deseado compartir un legado común, en los que la lengua, creencias y conductas, forjados a lo largo de aquellos tres siglos, se distinguieran de los demás pueblos o regiones del mundo. 

Numerosos documentos, relatos y testimonios históricos, si se consultan con distancia y sin apasionamiento, contribuyen a fijar los verdaderos contornos de los personajes que fijaron sus gestas en las mentes de los ciudadanos. Simón Bolívar, el militar sublevado contra España, que liderara los procesos de independencia de los actuales países soberanos Venezuela, Colombia, Ecuador, Panamá, Perú y Bolivia, ha sido y es ensalzado y venerado por sus nacionales, así como por los de la práctica totalidad de América. Pero, también por España y los españoles, cuyo aprendizaje a través de los libros de texto y la conmemoración de señaladas fiestas de independencia, presentaban a un “libertador”, o sea a un incansable luchador por la liberación de los pueblos. Especialmente durante las dictaduras de los generales Primo de Rivera (1923-1929) y Franco (1939-1975), se realizaron los mayores homenajes y la más amplia proliferación de estatuas y monumentos en honor de Bolívar. Ciudades como Madrid, Cádiz o Sevilla exhiben en lugares destacados la efigie del hombre que aceleró la decadencia de España. 

El viraje de la historia

Ha bastado ahora un gesto del rey Felipe VI –permanecer sentado al paso de una supuesta espada de Bolívar durante la entronización del presidente colombiano Gustavo Petro- para que se haya venido abajo la monumental leyenda hagiográfica de Bolívar. Lo que eran documentos si no clandestinos, sí bastante desconocidos del gran público, han saltado a la vista de todos, con proliferación de citas y multiplicación de los hechos y dichos más oscuros y siniestros del libertador. 

Ese gran público ha descubierto la mayor afrenta infligida a España, el Decreto de Guerra a Muerte, dictado por Bolívar el 15 de junio de 1813 en Trujillo (Venezuela), por el que se condenaba a la pena capital a todo español que no se uniera a la rebelión contra España. O sea, un traidor pasando por las armas a quienes permanecieran fieles a su estirpe, procedencia o juramento. 

Bolívar, criollo de familia acomodada e instruido y casado en Madrid, que también goza de reconocimiento en Francia y muchos otros países, se alzó en armas contra España aprovechando la invasión napoleónica. Y, al igual que el autoerigido emperador de los franceses, mostró el mismo grado de desprecio y sadismo hacia los prisioneros de guerra, éste reduciendo España a cenizas, y aquel aniquilando a todo lo que oliera a español. Así, no dudó en decapitar a todos los prisioneros españoles y canarios –el propio Bolívar escribe de su puño y letra esa distinción-, y en iniciar una verdadera guerra de exterminio, en la que las atrocidades llegaron a ser moneda corriente, incluidas las muertes a cuchilladas “para ahorrar munición”. Señala el profesor Daniel Emilio Rojas Castro, en el número 35 de la Revista Colombiana de Estudios Militares y Estratégicos, que “la violencia dejó de ser uno de los resultados del proceso revolucionario para convertirse en uno de los factores que configuraron todo el contexto político y militar de los enfrentamientos entre patriotas (bolivarianos seguidores del caudillo Bolívar)) y monárquicos (partidarios de seguir bajo la protección de España)”.

En la actual explosión antibolivariana en España, hay analistas y copistas que resumen la vida de Bolívar en rasgos como los de “personaje sanguinario, mal estratega militar, sádico con sus enemigos y mujeriego hasta el final de su vida”. 

Tanto el descrédito emergente como el blanqueamiento de leyenda anterior son los extremos exagerados de un mito, que llega a compararse con los similares de Napoleón Bonaparte o George Washington. La única conclusión es que el curso de la historia presente ha cambiado, de manera que se ha hecho necesario reconfigurar al pasado. Por cierto, lo mismo están haciendo Vladímir Putin y Xi Jinping en Rusia y China, respectivamente.