Opinión

Disuasión, propaganda y Orden Internacional

Marina de EEUU

Estados Unidos ha movilizado parte de su IV Flota en abril para vigilar el tráfico de drogas en el Caribe y amenazar a Nicolás Maduro, imputado por este delito criminal contra la salud pública norteamericana. La decisión ha sido calificada por el régimen venezolano como una maniobra de distracción ante la crisis del coronavirus, pero la visión estratégica desborda esta consideración. En pleno debate sobre las consecuencias que la crisis de la pandemia puede tener sobre el Orden Internacional, Estados Unidos pone sobre las aguas caribeñas uno de los elementos sobre los que la potencia soporta su liderazgo en el mundo: el poder naval. 

Los 11 portaviones norteamericanos, más dos en construcción, superan el número total de naves similares del resto de potencias marítimas. Rivales o aliadas, porque India, Italia y Australia poseen dos portaviones cada una. La II Flota se despliega en el Atlántico Norte, la tercera en el Pacífico con el apoyo logístico de las bases americanas en Pearl Harbor, Guam y Japón. La V Flota vigila los flujos comerciales y la seguridad de las aguas de Oriente Medio y el Mar Rojo. Junto a la séptima, en el Índico y el Pacífico Sur, controla los flujos y riesgos entre los estrechos de Ormuz y de Malaca. Finalmente la VI Flota, con bases en Rota e Italia, navega por el Mediterráneo y África. “Our navy will protect America from attack, and preserve America,s strategic influence in key regions of the world”, aseguraba el Almirante John M. Richardson, Jefe de Operaciones Navales en un informe de la Heritage Foundation en 2019.

La portada del The Economist de esta semana se pregunta si China está ganando posiciones en el tablero geopolítico mundial. Pero en el dominio marítimo del tablero, la superioridad norteamericana está fuera de cualquier debate. Y eso ha puesto también de manifiesto la estrategia de despliegue naval frente a Venezuela, que fuerza al mismo tiempo a Maduro a iniciar un proceso de negociación interna y anticipa una reacción ante cualquier riesgo de desestabilización en un territorio como el americano sobre el cual ya dijo hace décadas el presidente Monroe que “era para los americanos”. La estrategia disuade, además, a otros rivales más lejanos sobre cualquier acción que pudiera alterar la estabilidad internacional, algo en lo que pocos líderes políticos piensan en este momento. Por último, refuerza y exterioriza el poder y las capacidades de Estados Unidos en esa hipotética revisión del Orden Mundial. 

Pocos días después, el presidente Trump anunció la retirada de los fondos a la Organización Mundial de la Salud (OMS), como medida frente a los posibles errores cometidos en la expansión de la pandemia. Pero también como castigo a la connivencia de la organización con la política informativa de China en los inicios de la crisis. Decisión criticada con dureza por los aliados norteamericanos y que certifica que Donald Trump vive como pez en el agua en un orden de Competencia entre Potencias y como un pez fuera del agua en el Orden Liberal tradicional, en el que nació la OMS. 

Incertidumbres, decisiones e informaciones se van sobreponiendo en el mundo en crisis que vivimos. La última, la del The Washington Post, en torno a la existencia de un laboratorio en Wuhan donde pudo experimentarse con el virus y luego, por error, expandirse. Un hecho de la máxima trascendencia, pero que a día de hoy aún permanece como incierto. Poco importa la verdad en el mundo de la COVID-19. Lo realmente importante es la gestión de la narrativa que la explica, es decir, lo verosímil. Para construir esa narrativa hacen falta medios fuertes y fiables y sobran fake news. En la comunicación internacional, los americanos llevan una considerable ventaja. Pero en el dominio del ciberespacio, el equilibrio es mayor.