PUBLICIDAD

Iberdrola

Opinión

Don Santiago Grisolía, el científico humanista

Santiago Grisolía

En enero, el día de los Reyes Magos, iba a cumplir un siglo de vida. Estaba ilusionado con esta celebración. Cien años da para mucho, pero don Santiago Grisolía aún tenía ganas de seguir llenando su tiempo de interesantes cosas. Era un gran científico, pero también era grande su humanismo y su caballerosidad. Su inteligencia era tan exquisita como su educación. Sus palabras tan sabias como su mirada.

Todos sabemos de sus andanzas profesionales en la Universidad de Nueva York de la mano del Nobel español de Medicina Severo Ochoa, con quien estudió la enzima málica. Corría el año 1946 y, aunque en principio iba con una beca anual, allí se quedó. En Estados Unidos fue donde vivió y desarrolló este bioquímico gran parte de sus investigaciones, entre otras, el ciclo metabólico de la urea; donde conoció también a su esposa, Francis, investigadora como él, que nos dejaba en el 2017, a la misma edad: 99 años; y donde siguen sus hijos y nietos. 

Regresaron a su Valencia natal a finales de los 70, cuando en España ya se disfrutaba de la democracia, y aquí siguió su destacada andadura con su apoyo a la investigación y a los investigadores; con una intensa actividad científica y social, en la que demostró también sus dotes de gestión y su trabajo incansable ante la necesidad de colocar a la ciencia en el lugar que se merece. Quizá por eso fundó y presidió la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados e impulsó los prestigiosos Premios Jaume I. Muchos de estos profesores y científicos merecedores de este galardón pasaron por El Escorial para participar en los cursos que dirigía don Santiago, encuentros de muy alto nivel que organizaba junto con la profesora Elena Bendala. Ella ha sido una de las personas más cercana a don Santiago en los últimos años, cuya admiración y desvelos por su maestro han sido inagotables. Tuve la suerte de coordinar algunos de estos cursos. Y ahí estaba siempre don Santiago, haciendo las cosas fáciles, y enseñándonos como la humildad no está reñida con la grandeza. 

Hay imágenes grabadas en la memoria de esos años, cuando era rector Carlos Berzosa, que no se olvidan. Anécdotas maravillosas que encogen el corazón y forman un nudo en la garganta a la vez que provocan una gran sonrisa. De don Santiago, que ya había recibido también el Premio Príncipe de Asturias a la Investigación Científica y Técnica, aprendimos mucho.  No sé si era consciente de la huella que estaba dejando en un grupo de jóvenes periodistas a los que sin querer nos estaba dando clases de la vida. No solo paseaba por los pasillos del Felipe II o el Infantes sus conocimientos ilimitados, sino que su elegancia y la existencia del amor y la ternura quedaban patentes cuando de espaldas se le veía caminar de la mano de Francis.

Recuerdos que me llevan también a Cuenca, ciudad en la que vivió seis años, hasta los 16, y de la que hablaba con gran cariño. Allí fue nombrado Hijo Adoptivo en 1991, e investido doctor honoris causa por la Universidad de Castilla-La Mancha. Era el mes de abril de 2003, bajo el rectorado de Luis Arroyo, y aunque don Santiago ya había sido reconocido en distintas universidades, era la primera vez que recibía este nombramiento por Humanidades. El acto se celebró en la Facultad de Bellas Artes.

Hablaba con una serenidad enorme de sus vivencias, de su niñez en otras ciudades como Madrid y sus juegos en la calle García Paredes; de su aprendizaje como discípulo de Severo Ochoa; de su papel como presidente del Comité de Coordinación Científica de la UNESCO para el Proyecto Genoma Humana; de la novela histórica que había escrito; de la belleza de su tierra… Solía decir que “ciencia y cultura son parte de la misma cosa.” A veces, se tenía la sensación de estar delante de un hombre que no había tomado conciencia de todo lo que estaba aportando a la sociedad. Creo no equivocarme si afirmo que su modestia era tan real como su carisma.

Iba a cumplir cien años y le hacía ilusión. Desde la Fundación Valenciana de Estudios Avanzados ya estaban preparando algunas actividades. La profesora Bendala estaba feliz con ese centenario. Don Santiago seguía trabajando en el Consell Valencíà de Cultura, organismo que presidía, con la misma energía y fuerza que cuando era joven. Creo no equivocarme si afirmo que el ejercer esa actividad, su responsabilidad con los demás, era lo que mantenía sus increíbles ganas de vivir.

No sé si en su sencillez él llegó a imaginárselo, pero, aunque se ha ido, siempre será eterno. Buen viaje, querido profesor.

PHOTO: Nacho Calonge

Contenido relacionado