Opinión

Donald Trump, el ocaso de un personaje anómalo

Donald Trump

Aunque desde hace tiempo la polarización en Estados Unidos era muy evidente y el riesgo de confrontación muy elevado, los acontecimientos ocurridos en la primera semana de 2021 nos han sorprendido a todos: legisladores, ciudadanos norteamericanos y de todo el mundo, a analistas y a aliados y enemigos por igual. Las imágenes y las investigaciones que aún tienen lugar sobre la marcha de los patriotas a Washington - para protestar por la aprobación de los resultados oficiales de unas elecciones que consideran robadas - y el posterior asalto al Capitolio del pasado 6 de enero siguen generando profundos debates ideológicos y, sobre todo, numerosas dudas e incógnitas acerca de la seguridad de la primera democracia del mundo. Por otro lado, las implicaciones geopolíticas sobre la brecha de seguridad que el libre acceso de una multitud variopinta a la sede de la soberanía nacional traslada a sus oponentes es, a su vez, un factor de riesgo añadido, en cuanto que abre una ventana de oportunidad que no van a dejar pasar actores con interés en desestabilizar los intereses de la primera potencia mundial, distraída con el traspaso de poderes a la nueva Administración demócrata, encabezada por Joe Biden, y en evitar que el 20 de enero, fecha prevista para la inauguración oficial y la jura del cargo, se vuelvan a repetir los enfrentamientos y disturbios que vienen teniendo lugar desde hace meses a lo largo y ancho del país. 

Más allá del disparate de unas imágenes folklóricas que mostraban a un grupo de sujetos, ataviados con disfraces surrealistas, paseando por los pasillos del Congreso como si se tratara de una visita guiada a un museo, tomando fotografías de recuerdo, publicando  historias en sus redes sociales o, incluso, llevándose objetos – como un atril -, y los posteriores momentos de tensión y violencia que dejaron un saldo de cinco fallecidos y varios heridos, las preguntas que debemos hacernos es si hubo realmente una falla en la seguridad y si la intención de los manifestantes era sólo llamar la atención o subvertir el orden constitucional, o lo que es lo mismo, provocar un golpe de Estado. La precaución es necesaria, teniendo en cuenta que los acontecimientos, por muy grotescos e inaceptables que nos parezcan, no son tan sencillos de explicar, al menos, no con la certeza con la que cada uno de los extremos se pronuncia: ni el presidente saliente, Donald  Trump es un peligroso psicópata que ha perdido el juicio y amenaza con poner al mundo al borde de una crisis nuclear, ni las identidades y las historias de los arrestados que han trascendido dan a entender que el asalto fuera producto de una operación de falsa bandera que contó con la complicidad de los elementos más corruptos del Estado profundo. Sobre el trasfondo de una legislatura atípica y muy cuestionada desde sus inicios en 2016, marcada por un proceso de impeachment en 2019 y por la posterior sospecha de fraude electoral del pasado noviembre, que los abogados del Estado no han podido probar a pesar de algunas evidencias que parecen sólidas, la respuesta a estas cuestiones, en uno u otro sentido, determinará la responsabilidad en los sucesos de Donald Trump y sellará el futuro de la reconciliación o el abismo entre las dos sensibilidades que enfrentan a la sociedad norteamericana. Analizar las causas que han llevado a la degradación de las instituciones de la primera democracia del mundo y al nivel de polarización de su población es más complejo que la simplicidad con la que la mayoría del mainstream se ha apresurado a calificar de fascistas, frikis, chusma o analfabetos a los más de 70 millones de ciudadanos que optaron en 2016 por elegir a un outsider de la política porque no se sentían representados por la élite tradicional dominante.

Del mismo modo, la rapidez con la que la Cámara de Representantes se ha apresurado a cerrar el caso mediante el inicio de un segundo proceso de impeachment o juicio político en contra del saliente presidente Trump a pocos días de abandonar el cargo, y la censura en los medios de comunicación y redes sociales, con el bloqueo de las cuentas y mensajes del propio Trump y sus seguidores, deja pocas dudas respecto de la intención de reconducir el equilibrio político al status quo tradicional y cercenar la posibilidad de que el Partido Republicano, descabezado de liderazgo, sea una opción viable de cara a los comicios de 2024. Es más, la influencia que tenga el partido republicano en el Senado dependerá de la capacidad de su líder, Mitch McConnell – quien siempre vio en Trump un fenómeno pasajero - de aglutinar las dos sensibilidades ahora enfrentadas. A pesar de su debilidad, Trump cuenta aún con suficientes apoyos, que serán más o menos consistentes en función de cual sea su destino político y judicial – se le acusa de rebelión e incitación contra el Gobierno de Estados Unidos - tras su salida de la Casa Blanca. 

Los disturbios han cambiado por completo la escasa percepción favorable que, desde el exterior, incluso entre las filas republicanas, se tenía del presidente Donald Trump. Para sus detractores, lo acontecido es la confirmación de su falta de compromiso con los valores de la democracia y la libertad; para sus partidarios, tristemente decepcionados, una línea roja que invalida grandes logros en los campos económico, social y diplomático. Este personaje anómalo e incómodo, que no encajaba con la disciplina de Washington y de la diplomacia convencional, representa el ejemplo más claro de cómo perder la reputación en un instante. El relato mediático ha ganado. Aislado y herido tras comandar una insurrección cuyos efectos probablemente no calibró y que no supo controlar, el hombre que ha tenido en sus manos el destino del mundo y que le ha echado el pulso al globalismo más feroz, vive su ocaso en un Washington sitiado, como la metáfora en la que se ha convertido su propia vida política y personal.    

Marta González Isidoro, periodista y analista política.