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Opinión

Donald Trump irreductible

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Nada frena las ansias de recuperar el histriónico poder perdido por Donald Trump, el presidente que abandonó la Casa Blanca con mayores recuerdos de desquiciamiento mental y político que se recuerda. Como estaba medio anunciado, confirmó que se presentará a las elecciones presidenciales de 2024 y, hoy mismo, comenzará la campaña de las primarias para ser de nuevo el candidato del Partido Republicano. 

Cuando las ansias de seguir creyéndose el dueño del mundo no se superan, no hay freno que lo impida. Donald Trump, el gran error de la complejidad del voto en los Estados Unidos unido al efecto de la demagogia de corte fascista, gobernó la primera potencia mundial sin molestarse ni un solo día en ocultar su desquiciamiento. Es difícil asumir que los destrozos que dejó en la sociedad norteamericana, dividida en dos como nunca lo había estado, aún le proporcionen seguidores fanatizados. 

Intentó continuar en el cargo alegando, sin fundamento como se confirmaría, que era el ganador de las elecciones hace dos años bajo la acusación de que se había cometido fraude en el recuento de los votos en varios estados y se desgañitó presentando denuncias que originaron investigaciones a fondo que invariablemente demostraron que sus reivindicaciones carecían de razones. Pero aquel rechazo no le inhibió de seguir intentando quedarse en el Despacho Oval. 

La segunda vez fue promoviendo desde la sombra nada menos que un golpe de Estado, incluso con algún muerto, en el hasta entonces inimaginable asalto al Capitolio, sede de las Cámaras parlamentarias. No conforme con aquel escándalo que causó el asombro del mundo y del que todavía colean acusaciones, siguió conspirando contra su sucesor, al que nunca reconoció como tal, Joe Biden, a quien no cesó en hacerle la vida imposible desde entonces con críticas y acusaciones infundadas. 

Bien respaldado por sus adláteres, entre ellos muchos de los que tuvieron que ingresar en el paro después de la derrota electoral, se volcó durante varios meses en prepararse para una victoria de sus candidatos a senadores y representantes en las elecciones intermedias con el objetivo de que le sirviesen de prueba del pucherazo que había sufrido y de punto de arranque para la campaña a la reelección. 

Tampoco fue así, sus candidatos sufrieron un verdadero descalabro colectivo, como tampoco consiguió terminar con las reticencias que sus pretensiones despiertan en el Partido Republicano que, sin mucho sigilo, busca a otro candidato. El registro que el FBI acabó haciendo hace unas semanas en su residencia, donde se sospechaba que tenía escondidos documentos de alto secreto robados de los archivos oficiales, desencadenaron otro fuerte escándalo ante el que tampoco se inmutó. 

Trump continúa adelante, erre que erre, dispuesto, no a jugarse su prestigio, que ya no le queda, pero si sus riquezas, que son cuantiosas a pesar de que una buena parte de ellas esperan que las aclare la Justicia. Competirá en unas primarias republicanas bajo la sombra de varios delitos, en espera de juicio, pero eso ni le disuade a él ni desanima a sus “hooligans” que sueñan con tenerle de nuevo respaldando la discriminación, frenando a la emigración, empeñado que los pobres sean cada día más pobres y promoviendo la discordia.

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