Opinión

Dos salidas de escena

Abdelaziz Bouteflika

En una semana habrán desaparecido de la escena política dos personalidades muy diferentes, pero que se parecen en que ambos nacieron fuera del país que iban a gobernar, en que ambos han tenido gran influencia en los asuntos mundiales durante muchos años, y en que ambos han coincidido en el momento de hacer mutis por el foro: Angela Merkel y Abdelaziz Bouteflika. La primera se retira tras dirigir democráticamente Alemania durante 16 años, y el segundo acaba de fallecer a los 84 años, dos años después de haber sido expulsado de la Presidencia por los militares.

Nacido de padres argelinos en Uxda, Marruecos, cosa de la que no presumía e incluso ocultaba, Bouteflika fue un temprano combatiente en la guerra de independencia contra el colonialismo francés y Ben Bella le hizo ministro de Juventudes a muy temprana edad, tan temprana que a los 26 años ya había ascendido a ministro de Asuntos Exteriores, cargo que desempeñó durante muchos años tras apoyar el golpe de Estado del coronel Houari Boumedienne. Durante esa época iba de progre convencido, fue un ardiente defensor de los pueblos oprimidos e hizo jugar a Argelia un papel predominante en el Movimiento de Países No Alineados. Fueron también años de apoyo al Frente Polisario contra a Marruecos (aunque luego quiso llegar a un acuerdo con Hasán II que frustraron sus propios militares) y de complicidad más o menos abierta con ETA y con el MPAIAC de Antonio Cubillo. Luego fue acusado de corrupción y de desviar en beneficio propio fondos del Ministerio que dirigía y tuvo que exiliarse unos años y pasar otros procurando no llamar la atención. Fue un tiempo que coincidió con la guerra civil de Argelia que costó 200.000 muertos y que para él terminó en 1999 cuando se presentó a las elecciones presidenciales aprovechando la renuncia de otros candidatos que las consideraban poco limpias. Bouteflika enarboló entonces un programa de reconciliación y amnistía para los abusos de derechos humanos -que fueron muchos- cometidos por ambos bandos durante la guerra, ganó las elecciones y se quedó 20 años en la presidencia, “ganando” luego todas las citas electorales que se le pusieron por delante, incluso después de sufrir un ictus que le dejó muy disminuido y en silla de ruedas y le forzó a abandonar de hecho el poder en manos de un círculo íntimo de familiares y amigos muy corruptos. Cuando quiso presentarse en estas condiciones a un quinto mandato presidencial, la indignación popular -en forma de masivas manifestaciones semanales- forzó su retirada a manos de los militares y de los servicios de Inteligencia que son los que en realidad han gobernado Argelia desde los mismos tiempos de la independencia. Y eso no ha cambiado hoy. Su muerte no ha sorprendido a nadie y los argelinos se enfrentan ahora al dilema de cómo enterrarlo, como agudamente ha observado Pedro Canales en estas mismas páginas: si hacerlo discretamente o con honores de exjefe de Estado mientras Argelia sigue buscando un futuro que no acaba de llegarle nunca.

El caso de Angela Merkel es muy diferente. Nacida en lo que era la República Democrática de Alemania, de estilo austero visible incluso en el vestuario, sus críticos la han acusado de indecisión y de aceptar muy a regañadientes el papel director de Alemania en el seno de la Unión Europea, consecuencia de ser el país más poblado del continente y la tercera economía mundial. También ha recibido críticas por poner los negocios por encima de los valores y, así, mientras criticaba a Putin por el trato que da a Navalny o por la anexión de Crimea, no dudaba luego en construir el gasoducto Nordstream 2 que hace a su país más dependiente de Rusia. O que mientras criticaba a China por ahogar las libertades de Hong- Kong y meter en campos de reeducación a dos millones de uigures, al mismo tiempo empujaba a la Unión Europea a un Tratado de Inversiones con Pekín que luego ha sido puesto en el congelador por el Parlamento Europeo precisamente por problemas de derechos humanos.

En su favor caben de ir muchas cosas, comenzando porque ha sido una canciller decente y predecible que ha dado años de estabilidad y crecimiento a su país, que no es poco, en un mundo donde proliferan líderes tan erráticos y populistas como Trump, Johnson, Erdogan, Duterte o Bolsonaro. Merkel ha enfrentado con mano firme tres crisis durante su mandato: en la de 2008 impuso drásticas medidas de austeridad a los países del sur de Europa, aunque al final acudiera al rescate de Grecia... para ayudar a su propio sector bancario; en la crisis de la COVID ha impulsado un formidable paquete de ayuda financiado con bonos emitidos por la Comisión Europea; y en la crisis de los refugiados sirios dio ejemplo de defensa de nuestros valores frente al egoísmo de otros países europeos.

Die Welt dice que la elección del próximo domingo es la más aburrida en décadas porque la disputan candidatos sin carisma, cosa que gusta en un país al que le fue realmente mal con el ultimo líder carismático que tuvo. El socialdemócrata Olaf Scholz (actual ministro de Finanzas), se presenta como continuador de Merkel hasta en los gestos y va por delante en los debates y en las encuestas (25%) a pesar de que enfrenta estos mismos días a un escándalo financiero que podría implicarle indirectamente. Le sigue el cristianodemócrata Armin Laschet, un hombre gris como pocos (20%), y pierden fuelle los Verdes de Annalena Baerbock (17%) que son los únicos que supondrían un cambio político importante. Suceda lo que al final suceda, porque el porcentaje de indecisos es aún muy alto, es seguro que el vencedor será una persona sin carisma como quieren los alemanes, y que necesitará hacer una coalición con otros dos o tres partidos para poder gobernar como el líder más poderoso de Europa.

Jorge Dezcallar, embajador de España