Opinión

Draghi, la recuperación económica y el problema de los plazos

Mario Draghi

Esta semana pasada, el presidente del Consejo de Ministros italiano, Mario Draghi, ha presentado en el Parlamento el Plan de Recuperación Económica que su Gobierno pretende poner en marcha en los meses venideros. La cifra que pretende invertirse en la modernización del país ya se conoce: 248.000 millones, de los que 191.500 procederán de la Comisión Europea hasta el año 2026, más un fondo que saldrá de las arcas italianas y que se añade al montante total. Como era de esperar, ya que estas eran las condiciones del Fondo de Reconstrucción Europeo aprobado en julio del año pasado, la prioridad de gasto se dirigirá hacia la transición ecológica (68.600 millones) y hacia la transición digital (50.000 millones). La educación, por su parte, se llevará unos 32.000 millones; 26.000 millones se destinarán a mejorar la comunicación entre la zona más septentrional y la más meridional del país; y, finalmente, 22.400 millones para políticas de inclusión y 18.500 millones para la sanidad territorial. Además, no falta una amplia reforma de la Justicia, otra destinada al sistema tributario (Draghi pretende hacer todo esto sin necesidad de subir impuestos, a diferencia de la vecina España) y otra para modernizar la cada vez más anquilosada Administración.

La Comisión Europea dio “luz verde” a la petición de Draghi porque le convenció el informe de más de cuarenta páginas donde se detallaba al máximo la razón de cada partida económica que se demandaba. Lo que contrastaba por lo enviado, unos meses antes, por el segundo Gobierno Conte, que se limitaba a una sola hoja plagada de vaguedades. Una cuestión que había sido determinante para que un Matteo Renzi vilipendiado hasta la extenuación hiciera caer el anterior Gobierno: no quería ser copartícipe del despilfarro de unos fondos únicos, por su cuantía, para el país. Opinión que compartía el presidente de la República, Sergio Mattarella, y que le llevó a pedir a Mario Draghi que se pusiera al frente del Ejecutivo italiano al tiempo que apelaba a todas las fuerzas parlamentarias para que apoyaran este nuevo Gobierno. 

Una vez obtenido el dinero demandado, el problema de Draghi es básicamente de plazos. Porque la realidad es que a la actual legislatura (la XVIII en la Historia de la República italiana) le quedan ya menos de dos años de vida, y el banquero y economista romano precisa de más de un lustro para poder ejecutar en su integridad todo el plan presentado. De ahí que deba recibirse con cierto escepticismo la viabilidad de lo que el “premier” Draghi ha llevado al Parlamento, donde solo se ha encontrado con la oposición de los Hermanos de Italia de la también romana Meloni y de los parlamentarios de Cinque Stelle que decidieron escindirse hace ahora dos meses y medio del que había sido su partido.

En relación con ello, Draghi tiene asegurados solo nueve meses: en concreto, hasta finales de enero de 2022. En ese momento es cuando expira el mandato presidencial de Sergio Mattarella, y la cuestión es si las fuerzas políticas van a decidir que el sucesor de Mattarella sea precisamente Draghi, con lo que este pasaría de jefe de Gobierno y a jefe de Estado. O, en otras palabras, pasaría de gobernar a asegurar la viabilidad y buen funcionamiento de las instituciones, una cuestión bien diferente a lo que está haciendo en este momento. 

Si Draghi fuera finalmente elegido presidente de la República, entonces parece claro a quién encargaría él formar Gobierno: a Daniele Franco, actual ministro de Economía y Finanzas. Franco es un viejo conocido de Draghi: ambos trabajaron codo con codo cuando Mario Draghi era gobernador del Banco de Italia, y, en el momento de convertirse este en el nuevo primer ministro, Franco ya era para ese momento director general precisamente del Banco de Italia. Así que todo consistiría en pasar de un economista al servicio del Estado a otro economista del mismo tipo, con lo que quedaría garantizada la continuidad en la política económica y en la gestión de los fondos.

El problema de Franco, como también lo tiene Draghi, es que es un independiente, y precisa del apoyo de una “maggioranza” de partidos políticos ajenos a su persona. Siendo clave, en ese sentido, tanto el voto de la Lega de Matteo Salvini como del Movimiento Cinque Stelle: solo entre ambos suman más de 140 votos en el Senado, a sólo 21 de la mayoría absoluta (fijada en 161). Y, claro está, si bien el apoyo de Cinque Stelle parece bastante asegurado porque es un partido visto para sentencia y sus parlamentarios querrán agotar la legislatura porque la mayoría de ellos no podrán revalidar escaño, muy diferente es la situación de Salvini y los suyos. Debe recordarse que la formación encabezada por el político lombardo lidera la intención de voto desde septiembre de 2018, y a Salvini, que ya sabe lo que es ser viceprimer ministro, titular de la cartera de Interior, diputado, senador, eurodiputado y hasta concejal (comenzó su carrera en 1993 como miembro del consistorio de la capital de Lombardía), sólo le falta en su amplia trayectoria política presidir el Consejo de Ministros. Y, como es de esperar, hará todo lo que pueda para convertir este objetivo en una realidad.

Salvini apoya en este momento al Gobierno Draghi, donde tiene a tres de los suyos como ministros, y ha votado a favor en todo lo que ha querido el “premier” salvo en el decreto sobre horarios de establecimientos y demás actividades por discrepar en cuanto a la gravedad de la llamada “emergencia sanitaria”. Ahora le toca concentrarse en las elecciones municipales (“administrativas” es como le llaman allí), estando en juego la Alcaldía de las tres principales ciudades del país: Milán, en el norte; Roma, en el centro; y Nápoles, en la parte más meridional. Unas elecciones que tendrán lugar en septiembre-octubre de este año, y que en nada deberían afectar a la estabilidad del Gobierno Draghi porque la política municipal es un mundo aparte. Sin embargo, cuando comience el año 2022, lo que pasará a estar en juego serán las elecciones generales, que deben celebrarse, a lo más tardar, en marzo de 2023. Y ahí es donde Salvini se le juega realmente: secretario general de la Lega desde diciembre de 2013, ya ha sido cabeza de cartel en 2018, así que la siguiente ocasión seguramente será su última oportunidad para convertirse en el nuevo primer ministro.

Matteo Salvini
AP/ANTONIO CALANNI - Matteo Salvini

El problema es que la buena gestión de Draghi puede ir en contra de los intereses de Salvini, porque este ha cimentado su popularidad en el malestar existente en la sociedad, al tiempo que ha centrado todos sus ataques en la Unión Europea: si el país comienza a remontar con fuerza gracias a las ayudas europeas, entonces Salvini puede ver cómo baja su intención de voto, lo que le obligaría a precipitar la caída del Gobierno existente, ya esté presidido en ese momento por Draghi, por Franco o por otra persona. Aunque cierto es que los dos únicos partidos que realmente quieren ir ya a elecciones (el de la Salvini y el de Meloni) no suman juntos los votos suficientes para dejar al Ejecutivo en minoría: necesitarían también que Cinque Stelle abandonara la “maggioranza”. Lo que no resulta tampoco ninguna quimera, ya que Salvini podría dar acomodo a unos cuantos en su partido y eso es no poca cosa, así que todo puede suceder.

La cuestión es si Draghi, suponiendo que no fuera elegido presidente de la República y viendo que su plan comienza a cosechar los frutos anhelados, puede pensar en hacer lo mismo que dos “premiers” que, como él, también eran independientes y decidieron fundar su partido para ir a las siguientes elecciones: eso fue precisamente lo que hizo Lamberto Dini en 1996, tras haber sido primer ministro entre desde 1995 hasta el momento de las elecciones; y Mario Monti en 2013 tras haber sido igualmente presidente del Consejo de Ministros entre noviembre de 2011 y febrero de 2013. A ninguno de los dos les fue bien: Dini no logró seguir como primer ministro, dando paso a una coalición de centroizquierda gobernada por Romano Prodi, y Mario Monti, tampoco, posibilitando el acceso de nuevo del centroizquierda al poder de la mano del toscano (de Pisa, en concreto) Letta, y con él de hasta tres Gobiernos de centroizquierda (al citado de Letta se añadirían el de Renzi entre 2014 y 2016 y el de Gentiloni entre 2016 y 2018).

Seguramente a Draghi ni se le pase por la cabeza ser candidato en las siguientes elecciones, entre otras cosas por la edad y la trayectoria que lleva tras de sí. Dini tenía 65 años cuando se presentó a las elecciones de 1996, y Monti cinco más (70) cuando lo hizo en 2013, pero es que Draghi, en el caso de celebrarse éstas en marzo de 2023, estará a solo unos meses de cumplir 76 años (nació en septiembre de 1947). Y esa es mucha edad para una política italiana que en este momento se encuentra muy rejuvenecida; Conte nació en los años sesenta; Salvini, Renzi y Meloni, en los setenta; y Di Maio y otros ya en los ochenta. Y más aún para un hombre que ya ha sido, de manera consecutiva, gobernador del Banco de Italia, presidente del Banco Central Europeo y, finalmente, primer ministro. El más cercano a Draghi es el expresidente del Parlamento europeo, Antonio Tajani, pero veremos si no prefiere dejar paso a la actual ministra Mara Carfagna.

La realidad es que Draghi, por plazos, solo tiene asegurado el haber vacunado a toda la población, pero la recuperación económica no habrá más que comenzado. Y, claro está, quien la suceda al frente del Consejo de Ministros, sobre todo si es un político, tendrá su propia idea de qué hacer con los fondos que se seguirán recibiendo para ese momento. Eso sí, Draghi ha logrado algo único, y es el apoyo de unas instituciones europeas normalmente reticentes a dar dinero a la tercera economía europea por lo mal que se ha gestionado el dinero comunitario en no pocas ocasiones (el temor a que acabe en manos de la Mafia es una constante, aunque esto solo sea parcialmente real). A partir de ahí, veremos qué sorpresas nos depara esta más que enrevesada situación. Ya lo advirtió Draghi: “Estaré al frente del Ejecutivo mientras el Parlamento así lo quiera”. Pero ¿hasta cuándo lo querrá? El tiempo lo dirá.

Pablo Martín de Santa Olalla Saludes es profesor de Historia de la Integración Europea en el Centro Universitario ESERP y autor del libro 'Italia, 2013-2018. Del caos a la esperanza' (Liber Factory, 2018).